08/08/2015

"Sancho Panza se llamaba el escudero"

 

No ha faltado quien observase que no se le ha ocurrido al hidalgo cambiar el nombre al escudero: «Sancho Panza se llamaba el escudero, pero al Caballero no se le ocurrió mudarle el nombre en otro expresivo, altisonante. ¿Estuvo en ello intencionado Cervantes? bien pudo ser» (1)

Menéndez y Pelayo ha estudiado la ascendencia literaria de Sancho. El nombre Sancho era proverbial desde la Edad Media, y figuraba en varios refranes: «Hallado ha Sancho con su roçin» (356), glosado: «La ruyndad entendida: presto es confundida», Marqués de Santillana, (p. 108.); ««Allá va Sancho con su rocino»; dizen que éste era un hombre grazioso que tenía una aca, y dondequiera que entrava la metía consigo; usamos deste proverbio quando dos amigos andan siempre juntos.», Cov. 925.a.48; ««Al buen callar llaman Sancho», conviene a saber sancio y santo.», Cov. 925.a.46, también el Marqués de Santillana, y Corbacho, ed. Castalia. p. 195.

Al finalizar su libro en 1604 Cervantes recalcó la originalidad de su genial creación: «en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles...». I.Pról.15.

«El héroe literario necesita del «otro al lado», que sea su confidente y cooperador. Sin alguien junto a él con quien hablar, las andanzas de un orate por la Mancha hubieran dado poco juego. Tanto en la comedia áurea como en el relato, hacen falta dos conciencias compenetradas, pero en oposición dialéctica, de modo que una rebote en la otra, y permita revelar el pensamiento del personaje principal, dado que, normalmente, las miras del amo han de ser altas, sus hazañas valerosas y sus sentimientos elevados y sutiles… es inicialmente tonto, porque sus pocas luces no deben impedir el desvarío del héroe. Sólo a medida que éste vaya mostrando admirable cordura fuera de lo caballeresco, podrá ir enriqueciendo Sancho su personalidad hasta adquirir volumen comparable a la del caballero. A esto debe atribuirse la famosa quijotización de Sancho, tan notada por la crítica..», F.L. Carreter, en Rico 1998 a, p. XXXVI.

El aspecto físico que le atribuimos es, principalmente, representación mental nuestra como lectores, ya que Cervantes apenas se preocupó de elaborar su prosopografía, limitándose a decirnos de manera impresionista y un poco burlona que tenía «la barriga grande, el talle corto y las zancas largas», I.10.9. «El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos los que lo sabían que eran muchos.», II.45.3. El soneto del burlador académico argamasillesco añade: «Sancho Panza es aquéste, en cuerpo chico, | pero grande en valor, ¡milagro estraño!», II.70.70.

Para imaginarlo nos basamos en algunos rasgos de su etopeya, que nos hacen deducir, en particular poniendo de relieve su comportamiento de tranquilo, bebedor y glotón, que era pequeño y gordo:

«Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido.», I.7.22. Enseguida sabemos que era «hombre de bien..., pero de muy poca sal en la mollera», I.7.20.

Con ocasión del embuste de Sancho, para hacer creer al cabrero que no ha tocado la maleta del loco de Sierra Morena (I.23.50), comenta Clemencín:

«Júntese este rasgo de bellaquería de Sancho con los otros de codicia, y de miedo que notamos arriba, y se irá formando idea del carácter que dió Cervantes a este personaje, en quien reunió los deseos ordinarios del pobre, las precauciones del ignorante, la cobardía del villano, y la malicia mal disimulada de la aldea. Si agrega el apetito perpetuo de hablar, y de ensartar refranes más o menos a propósito, resultará el Sancho Panza de Cervantes.», Clem. 1233.a.

El mismo Clemencín completa esta etopeya al final de su comentario:

«Esta especie de codicia desconfiada y rústica es el rasgo principal del carácter de Sancho, según ya observó Ríos. Cervantes siempre le tiene suspenso con alguna esperanza, o cebado con algún interés, como por ejemplo, con los escudos de Sierra Morena, los del Duque, la paga del desencanto de Dulcinea y el gobierno de la ínsula. Con el propio fin hace que Sancho desprecie la honra de comer al lado de su amo, pidiéndole la conmute en otra cosa de más provecho y comodidad, y con el mismo finge también que salió de la venta contento y alegre por haberse excusado de pagar la posada a costa del manteamiento (Análisis, número 64).», Clem. 1909.b.

Sancho Panza, amalgama cómica de tradiciones literarias y tipos populares, no resulta unidimensional porque su rusticidad alterna con la ternura y la astucia, sin ofrecer exactamente una evolución psicológica gradual y coherente, sorprendiendo al lector con los variables matices de su personalidad (A. Rey).

Aunque nunca se declara la edad de Sancho, cabe inducir que era más joven que don Quijote, ya que éste le dice: «está muy puesto en razón natural que primero llegue el día de mi muerte que el de la tuya», II.20.56.

Afortunadamente Cervantes prefirió seguir adelante con el capítulo I.7 más bien que poner fin a su obra con el escrutinio. En este capítulo, tras concluir rápidamente su crítica literaria, hace aparecer la figura de Sancho Panza, con lo cual crea la inmortal pareja y con ella el constante y sabroso diálogo, uno de los mayores aciertos del escritor (MdeRiquer).

«Con Sancho el dialogismo puede ir convirtiéndose en el principio estructural constante de la novela, al que se sumarán otras no sólo personas sino mentes humanas independientes: contrastes dialécticos entre pareceres, que van superponiéndose y -en última instancia-, puesto que el narrador no nos da el código o clave de los mensajes, sólo pueden resolverse en la mente, abierta en potencia a todos estos, del lector.», Claudio Guillén, en Rico 1998 b, p. 32.

Este recurso evita el tener que utilizar a cada paso un narrador omnisciente.

Si en un plano puramente formal observamos la frecuencia de las principales fórmulas narrativas que introducen las réplicas dialogísticas de cada uno de los dos personajes, notamos que don Quijote pregunta y replica (2) más que Sancho, mientras que las razones dialogísticas de ambos se equilibran:

preguntó Sancho: 18;
preguntó don Quijote: 27;
razones de Sancho: 8
razones de don Quijote: 8;
replicó Sancho: 58;
replicó don Quijote: 71.

Sin embargo, las respuestas (3) de Sancho Panza parecen ser más frecuentes que las de don Quijote, lo cual parece indicarnos que el escudero dialoga más que su señor, cuya tendencia al monólogo está condicionada por su manía discursiva:

respondió Sancho: 304
respondió don Quijote: 254.

La entrada de Sancho en el relato coincide con el fin de las alucinaciones de impersonalismo de Don Quijote:

«En el mismo capítulo VII [«De la segunda salida…»], en que acaban estas alucinaciones de impersonalismo (DQ se toma todavía por Reinaldos de Montalbán), entra en escena Sancho: «En este tiempo solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo…», I.7.20.

[La figura de Sancho] Viene también de la literatura popular; un refrán decía:

"Allá va Sancho con su rocino": y allá entró en su rucio el villano, decidor inagotable de refranes, como un tipo escuderil arcaico, que aparece en el siglo XIV en el más antiguo libro de caballerías conocido, El caballero Cifar… El amo y el escudero irán progresivamente completándose el uno al otro, de tal modo, "que las locuras del señor sin las necedades del criado no valdrían un ardite"» (4)

Esa combinación genial de agudeza y estupidez, malicia y bondad, ingenio e ignorancia, con que Cervantes traza el perfil de su personaje (Sancho Panza), es el fruto de un ambiente social que obliga al hombre a recubrirse de un caparazón de recelo, bellaquería y agresividad para poder subsistir. El labriego está condenado a sufrir la pobreza, la arbitrariedad de propietarios y señores, y el menosprecio de las demás categorías sociales; no es capaz de analizar y comprender su situación dentro del conjunto social, y carece de medios para defenderse en este mundo hostil. La socarronería, la malicia y el recelo son su único escudo protector frente a un orden social injusto, el fruto de un resentimiento acumulado durante toda una vida de esclavitud y de resignada sumisión. (5)

Esa mezcla de bobería y agudeza, que da a Sancho su verosimilitud y originalidad, procede de una imagen colectiva del campesino comúnmente aceptada por las gentes y fijada en una tradición oral (6) .

La situación socio-económica de Sancho es conocida por sus convecinos, muy en particular por el morisco Ricote, su tendero y amigo, que le propondrá parte de su tesoro enterrado, si le ayuda a recuperarlo:

«si tú, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y a encubrirlo, yo te daré docientos escudos, con que podrás remediar tus necesidades, que ya sabes que sé yo que las tienes muchas.», II.54.25.

Es un Antiguo servidor del padre del Bachiller Sansón Carrasco, lo cual explica tanto que se refiera a lo que ganaba en aquél trabajo a la hora de acordar un salario con don Quijote como que introduzca a Sansón en la intimidad de don Quijote, tema este capital para la composición de la segunda parte:

1) Salario «—Cuando yo servía -respondió Sancho- a Tomé Carrasco, el padre del Bachiller Sansón Carrasco, que vuesa merced bien conoce, dos ducados ganaba cada mes, amén de la comida; con vuesa merced no sé lo que puedo ganar, puesto que sé que tiene más trabajo el escudero andante que el que sirve a un labrador; que, en resolución, los que servimos a labradores, por mucho que trabajemos de día, por mal que suceda, a la noche cenamos olla y dormimos en cama, en la cual no he dormido después que ha que sirvo a vuestra merced.», II.28.9.

2) Intoducción de Sansón: «mas si vuestra merced gusta que yo le haga venir aquí, iré por él en volandas.», II.2.36.

Notas:

1. Pi y Molist, Cortejón; ver Murillo, I, p. 125-126.
2. «REPLICAR. Comúnmente significa argüir segunda vez contra la respuesta del argumento, latine replico, as, quod interdum significat saepius in culco; y de allí réplica», Cov. 905.a.50.
3. «RESPONDER. Dar satisfacción de palabra al que nos ha preguntado alguna cosa… De allí, respuesta, lo que se responde», Cov. 907.b.1.
4. Ramón Menéndez Pidal, De Cervantes y Lope de Vega,Espasa-Calpe, Madrid, 1940, 29-30.
5. J. Salazar Rincón, El mundo social del Quijote, p. 181, Gredos, Madrid, 1986.
6. Maxime Chevalier, «Literatura oral y ficción cervantina», página 195; y Mauricio Molho, op. cit., pags. 217 y sigs, Ibíd, nota 70, p. 181

-oOo-

Fuentes:

Imagen: QGDSGB.I.047.A Detalle
Acción de los paisanos de Don Quijote II: → Don Quijote encantado es enjaulado y llevado a su aldea. ←
Don Quijote en conversación con Sancho: " jamás he leído, ni visto, ni oído, que a los caballeros encantados los lleven desta manera", El Q. I.47.2.
en ◊ Los textos de "El Quijote" que inspiraron a Gustave Doré" ◊
Edición electrónica: 2008. Nueva edición: 2015.

Texto: Salvador García Bardón: "Taller cervantino del Quijote", que se compone de una edición de los textos originales de 1605 y de 1615, bajo el título: "El Quijote para citarlo", edición crítica acompañada de un "Diccionario enciclopédico", Edición electrónica: 2005.

 

Esta edición electrónica, preparada al abrigo de los ideales humanistas de la AEU, representa una nueva lectura crítica de los textos cervantinos, dotada de un sistema simple, preciso y rápido de referencias textuales. Se trata de la realización concreta de la edición de los Textos originales de 1605 y 1615 del Taller cervantino del “Quijote”, a los cuales me fui refiriendo en mis blogs conmemorativos durante todo el año cervantino 2005. La mayor originalidad de este taller consiste en haber reunido en un "Diccionario enciclopédico" la justificación precisa de todos los detalles de mi lectura crítica.

-oOo-

08.08.15 | 16:30. Archivado en El QuijoteSemánticaPragmáticaNovelaLiteraturaCervantes
 

18:39 Écrit par SaGa Bardon dans El Quijote, Novela | Lien permanent | Commentaires (0) |  Facebook |

08/10/2010

Vargas Llosa en El Fuerte de Marbella

Hace muchos años, tantos, que no sé decir cuántos, coincidí con Mario Vargas Llosa en los jardines del hotel  "El Fuerte de Marbella". Ni para él ni para mí fue aquel encuentro una pura casualidad, sino más bien una casualidad feliz. Para él, porque tenía confiada al hotel "El Fuerte" su familia durante su retiro anual de ayuno dietético en un centro especializado de Marbella. Para mí, porque pasaba una temporada en familia cerca de mi hermana y de mis sobrinos, visitándoles diariamente en su residencia de "El Fuerte". 

La anécdota que cuento a continuación la saco de la sala de prensa del hotel "El Fuerte". Muy a pesar mío no la viví personalmente porque por aquellas fechas, de agosto del 2007, yo no estaba en Marbella.

Foto: Mario Vargas Llosa en El Fuerte de Marbella con mi hermana Isabel-María y mi sobrina Isabel.

El Hotel Fuerte de Marbella escenario de la charla entre Mario Vargas Llosa y Alfredo Montagne

El escritor y el arquitecto hablaron sobre 'La arquitectura y la vida'.

El pasado viernes, 3 de agosto de 2007, Mario Vargas Llosa y Alfredo Montagne charlaron sobre 'La arquitectura y la vida' en el Hotel Fuerte Marbella dentro de las actividades culturales que organiza la Extensión Marbella del Ateneo de Málaga.

Desde su creación hace año y medio, el Ateneo de Marbella realiza cada mes una exposición, conferencia, concierto o cualquier otro tipo de evento, abierto al público, cuyo objetivo sea el fomento de la cultura y el conocimiento en todas sus manifestaciones, sin limitación de ámbitos ni de nacionalidades.

En esta ocasión, dos grandes amigos como son el escritor Mario Vargas Llosa y el arquitecto Alfredo Montagne, charlaron sobre la relación entre la arquitectura, representada por Montagne, y la vida, representada por Vargas Llosa. El maestro de ceremonias fué el periodista marbellí Miguel Nieto y además Mario Vargas Llosa presentó el libro 'La arquitectura' de Montagne.

El Hotel Fuerte Marbella es la sede habitual para los conciertos o conferencias que desde la Extensión Marbella del Ateneo de Málaga se realizan. Desde su creación, la relación entre ambas entidades es excelente, los amigos del Ateneo consideran a El Fuerte 'su casa'.

08.10.10 @ 16:22:54. Archivado en Hoteles cervantinos, Amistad Europea Universitaria, Convivencias europeas, Turismo cultural, Arte, Turismo universitario, Arquitectura y urbanismo, Turismo convivencial

27/03/2007

Gabriel y Mario, dos amigos

Gabriel y Mario, dos amigos

Permalink 27.03.07 @ 16:45:00. Archivado en Las Américas, Poética, Novela

Con ocasión del homenaje a Gabriel García Márquez, por su ochenta cumpleaños y por el cuarenta aniversario de Cien años de soledad, Antonio Muñoz Molina presentó la literatura como motor de la unidad hispanoamericana, en contraste con la economía como seña de fraternidad europea. Tanto el paralelismo como el contraste dan mucho que pensar, porque en los dos extremos de la explosiva comparación nos encontramos nosotros, los españoles:

«nos sobran palabras y nos faltan hechos. Celebramos con euforia estadística los millones de hablantes, pero el porvenir del español no puede estar en la demografía sino en el progreso, en la justicia social y en la educación, que mejorarán la vida y por lo tanto las capacidades expresivas de quienes lo hablan. El enemigo del español no es el inglés, sino la pobreza; lo que amenaza la literatura y los libros es la ignorancia y el abandono de la educación, no internet. Necesitamos bibliotecas, pero también tejidos editoriales para establecer un mercado común de los libros. Y que ni la tiranía ni la violencia amenacen la libertad de expresión».

Me ha parecido que la mejor manera de participar en el homenaje que se rinde a Gabo García Márquez, durante el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, que arrancó ayer en el Centro de Convenciones Getsemaní de Cartagena de Indias, es recordar un fragmento de su biografía, escrita por el periodista colombiano Dasso Saldívar El viaje a la semilla , Alfaguara, Madrid, 1997, págs. 460-64. He elegido el pasaje que explica su amistad con Mario Vargas Llosa, porque a mi modo de ver la fidelidad en amistad, siendo una gran virtud humana, es al mismo tiempo una de las claves que explican la vida de Gabo. Ya lo hice notar cuando hace algún tiempo me ocupé de su relación con Fidel Castro, en una serie de artículos que publiqué bajo el título: Gabo, amigo fiel de Fidel.

-oOo-

Gabriel y Mario, dos amigos

Imagen: En parranda setentera. En Barcelona, Mario Vargas Llosa, José Donoso y Gabriel García Márquez con sus respectivas esposas (de izq. a der.): Patricia Vargas Llosa, Mercedes García Márquez y María Pilar Donoso. FOTO: Archivo Max Silva Tuesta.

Mientras Mercedes viajaba con Rodrigo y Gonzalo [esposa e hijos de García Márquez] a Barranquilla y Cartagena a finales de julio, García Márquez apuraba los últimos días de este primer periodo mexicano en un apartamento de la Plaza Washington, propiedad de Luis Vicens (pues la casa de San Ángel Inn la habían entregado a mediados de mes), para partir el 1 de agosto hacia Caracas, donde asistió al XIII Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana y a la entrega del Premio Rómulo Gallegos. Pero, antes que esta doble fiesta de las letras, lo que le interesaba era reencontrarse con sus viejos amigos y conocer personalmente a Mario Vargas Llosa, el escritor peruano que acababa de ser galardonado con la primera entrega del Rómulo Gallegos por su novela La Casa Verde.

Como recordaría éste, los dos se conocieron en el aeropuerto de Maiquetía la misma noche de su llegada, ya que los aviones de Londres y México aterrizaron casi al mismo tiempo, y estuvieron junstos los primeros quince días de agosto entre Caracas (que acababa de padecer un trágico terremoto), Mérida y Bogotá, volviéndose a encontrar en Lima los primeros días de septiembre.

Aunque ésta era la primera vez que se veían las caras, previamente habían mantenido una larga y bien cultivada amistad epistolar, que los había llevado incluso a contemplar el proyecto de escribir algún día una novela a cuatro manos sobre la guerra tragicómica que habían padecido sus países en los años treinta. Por supuesro, los dos se habían leído con esmero, y la admiracidn mutua era el acento que presidía sus largas epístolas entre París, Londres y México. Viejos adictos de la novela de caballerías, para el colombiano, Vargas llosa era "el último caballero andante de la literatura", mientras que para el peruano, García Márquez era «el Amadís de América». Éste había trasvasado el carácter de algún personaje de La Casa Verde a otro de Cien años de soledad (como lo había hecho con otros personajes de Fuentes, Cortázar y Carpentier), y Vargas Llosa acababa de escribir un artículo de exaltación y rendido homenaje a las excelencias de esta novela «un libro admirable» que le hubiera gustado escribir a él, como lo confesaría después, porque es una novela donde su autor "manda a paseo cuatro siglos de pudor narrativo", compite "con la realidad de igual a igual" y hace de «la narración un objeto verbal que refleja el mundo tal como es: múltiple y oceánico».

Esta admiración mutua tenía su origen no sólo en el hecho evidente de ser ambos dos grandes de la novela latinoamericana, sino tal vez en el hecho mágico del soterrado paralelismo de sus vidas, un paralelismo que parece sacado de las páginas del divino Plutarco. Ambos habían sido criados por sus abuelos maternos con todas las complacencias y habían sido dos niños mimados y caprichosos que perdieron el paraíso de su infancia a los diez años; ambos conocieron tarde a sus padres y su relación con ellos sería una relación de desencuentro, entre otras razones, porque éstos expresaron su reserva o su oposición a la vocación de sus hijos; ambos estudiaron en colegios religiosos y cursaron el bachillerato como internos en centros de régimen monacal o castrense, abrazando la literatura como refugio y como afirmación de su identidad frente a un ambiente que les es hostil o repugnante; ambos encontraron en el teatro y la poesía los pilares iniciales de su formación literaria y escribieron versos en su adolescencia y publicaron su primer cuento casi a la misma edad; ambos leyeron con fervor a Alejandro Dumas y a Tolstoi, a Rubén Darío y a Faulkner, a Borges y a Neruda; ambos empezaron a ganarse la vida en periódicos de provincia en condiciones muy precarias y llegaron muy jóvenes a Europa atraídos por el mito literario de París, donde siguieron viviendo del periodismo, padeciendo en la Ciudad Luz los días tal vez más oscuros de sus vidas; ambos pudieron seguir escribiendo sus libros gracias a las buhardillas que los mismos esposos M. y Mme. Lacroix les fiaron durante meses en dos hoteles del Barrio Latino y ambos vieron rechazadas sus primeras novelas por editoriales de la misma ciudad de Buenos Aires; de orientación marxista, los dos eludieron siempre la militancia política en partidos de izquierda y eran defensores confesos de la revolución cubana; ambos serían amigos y delfines del gran poeta de las Américas, Pablo Neruda, y terminarían siendo los «hijos» predilectos de la misma Mamá Grande, Carmen Balcells; y, como punto de convergencia, los dos llegarían a ser las estrellas más rutilantes del firmamento de la nueva novela latinoamericana, del impropia y tópicamente llamado Boom.

Pero eran dos hombres y dos escritores muy distintos y hasta opuestos en muchas cosas, desde el talante personal al carácter de sus obras, exceptuando el fervor por la amistad, la disciplina del trabajo y el compromiso irreductible y excluyente con la literatura. Sin embargo, hasta que las contingencias de la vida, la amistad y la política los separó, colocándolos en caminos diferentes e incluso opuestos, los dos harían honor al soterrado paralelismo de sus vidas cultivando una amistad intensa y extensa como pocas veces se había visto en la historia de las letras latinoamericanas. Así que no parece meramente fortuito que las dos primeras entregas del Premio Rómulo Gallegos, el más prestigioso entonces de la lengua castellana, recayera en las mejores novelas de estos autores: La Casa Verde y Cien años de soledad, y que los discursos y las actitudes politicas asumidos por ambos durante la entrega de aquéllos constituyeran dos de los mayores escándalos político-literarios de América Latina de los años sesenta y setenta.

En su discurso del 4 de agosto, Vargas Llosa dio una lección magistral sobre las verdaderas razones que mueven y alimentan al escritor y sobre la condición artística y los cometidos éticos de la novela. Advirtió que "la literatura es fuego" porque significa "inconformismo y rebelión", que "la razón de ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica". Pero cuando pasó del fuego literario al fuego real, al revolucionario que habría de acabar con el oprobio, la tiranía y la injusticia en América Latina, como, según él, había ocurrido en Cuba hacía ocho años, aquello fue Troya en plena Caracas, en "la infeliz Caracas". Es posible que hasta su flamante amigo y colega colombiano se revolviera en su asiento mientras lo escuchaba, no porque no fuera de la misma convicción, que, por supuesto, lo era y lo seguiría siendo cuando Vargas Llosa defeccionara del campo socialista, sino porque García Márquez llevaba guardando un prudente silencio público sobre la revolución cubana desde que él y sus amigos habían sido defenestrados (o autodefenestrados) de Prensa Latina en 1961. Sin embargo, y a pesar de que la llevaría siempre atragantada como una mala espina, ésta no era la razón mayor de su silencio, sino el hecho de que el escritor veía entonces con profundo desagrado el creciente proceso de enajenación soviética de la revolución cubana. Como vimos, él había viajado durante varios meses a la URSS y sus países satélites del Este Europeo, había conocido in situ el desastre macondiano que se cernía sobre estos países y había escrito unos excelentes reportajes visionarios que la historia terminaría por corroborar treinta años después. También había militado dos años en Prensa Latina: en Bogotá, La Habana y Nueva York, llegando a conocer las palpitaciones más íntimas de la revolución cubana y sus dirigentes. De modo que su silencio no sólo era el del reposo del guerrero, sino el de un hombre que conocía de primera mano el rumbo desviacionista de una revolución a la que, como Masetti, Rodolfo Walsh y tantos intelectuales latinoamericanos, se había entregado sin reservas. Vargas Llosa, igualmente entregado, pero más joven, fogoso y con menos información directa sobre la entelequia del "socialismo real", se daba el lujo, en cambio, de lanzar soflamas revolucionarias que les pusieron los pelos de punta a las mismas burguesías y oligarquías que ahora, en presencia del propio Rómulo Gallegos, lo adulaban y premiaban en el Salón Abierto del Museo de Bellas Artes de Caracas. El colombiano y el peruano eran, pues, dos escritores, dos intelectuales, tan distintos, que incluso eran diferentes en la afinidad (luego, como se sabe, Vargas Llosa haría de Fidel Castro la gran bestia negra a combatir, mientras García Márquez se convertía en un adolescente revolucionario de una lealtad sin término hacia el dirigente cubano), y esta identidad de lo antitético, junto al paradójico paralelismo de sus vidas, es lo que, entre otras cosas, le iba a conferir una intensidad insospechada a su amistad.

Sonriente, cordial y solícito, Vargas Llosa tenía entre confundido y seducido al público caraqueño con su estampa y su manera de vestir a lo Hollywood y sus intervenciones brillantes y sesudas. Huraño, tímido y fastidiado por el escándalo de su popularidad reciente, García Márquez, con sus pelos hirsutos y sus camisas policromadas de caribe, se negaba a dar la imagen "seria", académica, que todos esperaban del creador de Macondo. Era una estrella emergente, muy feliz con su suerte literaria, pero empezaba a sentirse incómodo con los reflectores de la fama: en una fiesta que le hicieron sus viejos amigos de Caracas había hecho colocar un letrero que decía: "Prohibido hablar de Cien años de soledad". Por eso cuando hablaba lo hacía casi siempre para divertirse a sus anchas "mamando gallo", pues, como recordaría Vargas Llosa, "a los periodistas les confesaba, con la cara de palo de su tía Petra, que sus novelas las escribía su mujer pero que él las firmaba porque eran muy malas y Mercedes no quería cargar con la responsabilidad; interrogado en la televisión sobre si Rómulo Gallegos era un gran novelista, medita y responde: "En Canaima hay una descripción de un gallo que está muy bien"..."

-oOo-

17:00 Écrit par SaGa Bardon dans Novela | Lien permanent | Commentaires (0) | Tags : las americas, poetica, novela |  Facebook |