03/04/2007

La verdad de Jesús ante Pilatos

 

La verdad de Jesús ante Pilatos

Permalink 03.04.07 @ 20:17:00. Archivado en Universidades, Sociogenética, Ética, Religiones, Pro justitia et libertate

¿Por qué se le tiene tanto miedo al Reino de Dios, que fue la obsesión, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús?

Pedro Casaldáliga le ha escrito a Jon Sobrino, recordándole que somos millones los que lo acompañamos y es, sobre todo, Jesús de Nazaret quien lo acompaña. Le recordaba a Jon aquella décima que escribió a raíz del martirio de sus compañeros de la UCA:

“Ya sois la verdad en cruz / y la ciencia en profecía, / y es total la compañía, / compañeros de Jesús”.

Por tu santa culpa, le decía Pedro Casaldáliga a Jon, muchos estamos oyendo, traspasada de actualidad, la pregunta decisiva de Jesús: “Y vosotros ¿quién decís que soy?” Porque es al verdadero Jesús a quien queremos seguir.

LA VERDAD, PILATO, ES (1)
por Pedro Casaldáliga, obispo emérito de la Prelatura de São Félix do Araguaia

En fraterna comunión total con Jon Sobrino, teólogo del Dios de los pobres, compañero fiel de Jesús de Nazaret, testigo de nuestros mártires.

¿Qué es la verdad? ¿Quién tiene la verdad? ¿Cuál es la política verdadera? ¿Cuál es la verdadera religión?

Esas preguntas, con diverso tono y a veces provocando desconcierto e indignación, son preguntas universales y de cada día y no las podemos rehuir, ni en la política, ni en la religión. La globalización, si por un lado nos amarra al lucro desalmado, por otro lado nos proporciona espacios nuevos de diálogo y de convivencia, en la verdad compartida.

Nuestra Agenda Latinoamericana Mundial, en estos años de 2007 y 2008, pregunta por la verdadera democracia y denuncia la falsa política. En 2007, “Exigimos y hacemos otra democracia”; y en 2008, “La política ha muerto, viva la política”.

Aquí, en América, en medio de ambigüedades, crispaciones y desencantos, se está dando un viraje hacia la izquierda. Pero, en congresos y en publicaciones, se hacen las preguntas inevitables: ¿qué es la izquierda, qué es la democracia, cuál es la verdadera política, cuál es la verdadera religión, cuál es la verdadera iglesia?

No hay duda que caminamos, a pesar de las dramáticas estadísticas que el PNUD y otras instituciones de opinión nos dan. Son 834 millones de personas las que pasan hambre en el mundo y cada año son 4 millones más. Un 40% de la población mundial vive en la pobreza extrema. En América Latina son unos 205 millones de personas en la pobreza. En África Subsahariana son 47 millones. El economista Luís de Sebastián recuerda que “África es un pecado de Europa”, la mayor deuda actual de la Humanidad.

El mundo emplea anualmente un billón de dólares en armas, cantidad 15 veces superior a la cantidad destinada a la ayuda internacional… La desigualdad en nuestra aldea global es una verdadera blasfemia contra la fraternidad universal. Un ejemplo: la media de la renta anual de las personas más ricas de EE UU es de 118.000 dólares; y la media de la renta anual de las personas más pobres de Sierra Leona es de 28 dólares.

Camina el diálogo ecuménico e interreligioso, todavía en las márgenes, y minoritario aún. El fenómeno grave y mundial de la migración está exigiendo respuestas y decisiones que afectan ya a los diferentes pueblos y culturas y religiones. ¿De quién es la verdad?, ¿de quién no es?

La Iglesia, la Iglesia católica, celebra, en Aparecida (Brasil), en este mes de mayo, la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño. Y ya se han levantado voces, sinceras y dignas de toda participación, reclamando “lo que no puede faltar en Aparecida”: la opción por lo pobres, el ecumenismo y el macroecumenismo, la vinculación de fe y política, el cuidado de la naturaleza, la contestación profética al capitalismo neoliberal, el derecho de los pueblos indígenas y afroamericanos, el protagonismo del laicado, el reconocimiento efectivo de la participación de la mujer en todas las instancias eclesiales, la corresponsabilidad y la subsidiaridad de toda la Iglesia, el estímulo a las CEBs, la memoria comprometedora de nuestros mártires, la inculturación sincera del Evangelio en la teología, en la liturgia, en la pastoral, en el derecho canónico.

En fin, la continuidad, actualizada, de nuestra “irrenunciable tradición latinoamericana” que arranca, sobre todo, de Medellín.

El tema del V CELAM es: “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que en Él nuestros pueblos tengan vida. Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Las discípulas y misioneras, ya que no entran en el enunciado, esperamos que entren en las decisiones de la Conferencia…).

El discipulado y la misión son la vivencia concreta y apasionada del seguimiento de Jesús, “al acecho del Reino”. El teólogo A. Brighenti señala que el déficit eclesiológico del Documento de Participación se expresa, sobre todo, en el eclipse del Reino de Dios, citado sólo dos veces en todo el documento. ¿Por qué se le tiene tanto miedo al Reino de Dios, que fue la obsesión, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús?

No está todo tranquilo en esa Conferencia del CELAM. Con muy mala sombra, como dirían los castizos, ahora, en vísperas de la Conferencia, ha estallado el proceso de nuestro querido Jon Sobrino. Muy sintomático, porque un cardenal de la Curia romana ya ha declarado que antes de Aparecida estará liquidada la Teología de la Liberación. Ese ilustre purpurado habrá de aceptar, supongo, que después de Aparecida continuará vivo y activo el Dios de los pobres, y continuará subversivo el Evangelio de la liberación; y que desgraciadamente el hambre, la guerra, la injusticia, la marginación, la corrupción, la codicia, continuarán exigiendo de nuestra Iglesia el compromiso real al servicio de los pobres de Dios.

Yo le he escrito a Jon Sobrino, recordándole que somos millones los que lo acompañamos y es, sobre todo, Jesús de Nazaret quien lo acompaña. Le recordaba a Jon aquella décima que escribí a raíz del martirio de sus compañeros de la UCA:

“Ya sois la verdad en cruz / y la ciencia en profecía, / y es total la compañía, / compañeros de Jesús”.

Por tu santa culpa, le decía a Jon, muchos estamos oyendo, traspasada de actualidad, la pregunta decisiva de Jesús: “Y vosotros ¿quién decís que soy?” Porque es al verdadero Jesús a quien queremos seguir.

Despectivamente Pilato le pregunta a Jesús qué es la verdad y no se para a oír la respuesta y además lo entrega a la muerte y se lava las manos. Maxence van der Meersch le responde a Pilato y nos responde a todos: “La verdad, Pilato, es estar del lado de los pobres”.

La religión y la política han de acoger esa respuesta hasta las últimas consecuencias.

Toda la vida de Jesús, además, es esa misma respuesta. La opción por los pobres define toda política y toda religión. Antes era “fuera de la Iglesia no hay salvación”; después, “fuera del Mundo no hay salvación”. Jon Sobrino nos recuerda, una vez más, que “fuera de los pobres no hay salvación”. Juan XXIII abogaba por “una Iglesia de los pobres, para que fuese la Iglesia de todos”.

Lo cierto es que los pobres definen, con su vida prohibida y con su muerte “antes de tiempo”, la verdad o la mentira de una Sociedad, de una Iglesia. Dice nuestro Jon Sobrino: “Quien no sepa explícitamente de Dios, lo ha encontrado si ha amado al pobre”; y el Evangelio lo dice repetidamente en la palabra y en la vida de Jesús, en su pesebre y en su calvario, en las bienaventuranzas, en las parábolas, en el juicio final…

Hermanos, hermanas, gente querida y tan próxima en el mismo desvelo y en la misma esperanza, sigamos. Intentando “hacer la verdad en el amor”, como dice el Nuevo Testamento, en comunión fraterna y en la praxis liberadora. “Con los Pobres de la Tierra”.

Siendo “vidas por el Reino de la Vida”, como pregonábamos en la Romería de los Mártires de la Caminada”.
Sea esta pequeña circular un grande abrazo de compromiso, de gratitud, de esperanza invencible, Reino adentro.

Pedro Casaldáliga
Circular 2007
24 de marzo, Pascua de San Romero

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(1) Poncio Pilato, también conocido como Pilatos (en latín, Pontius Pilatus) Procurador de la provincia romana de Judea entre los años 26 y 36 de nuestra era.

Pilatos habría pasado desapercibido por la historia de no haber sido actor de primera línea en un hecho histórico-religioso.

Pilatos era un gobernador romano que actuaba con un cierto grado de dureza respecto de los grupos disidentes de Roma, era además obligadamente respetado por la autoridad judía, pero aunque tenía contacto con Herodes, procuraba rehuirlo.

El hecho que hace histórico a Pilatos es el ajusticiamiento de Jesús de Nazaret que es presentado a Pilatos como un enemigo de los judíos por parte del Sanedrín y que intenta además abolir la figura de César.

Pilatos al interrogarlo declara que no halla culpabilidad en él, sin embargo, los fariseos y saduceos obligan a Pilatos a ejecutarlo aduciendo que se eleva por sobre la figura del César, a lo que Pilatos al final cede.

Fuente: Wikipedia.

01/04/2007

Semana santa con Jon Sobrino

 

Semana santa con Jon Sobrino

Permalink 01.04.07 @ 17:36:00. Archivado en Universidades, Sociogenética, Religiones, Pro justitia et libertate

Querido amigo creyente, aunque poco practicante, o incrédulo de buena fe, que te dispones a vivir la Semana santa, preguntándote por el sentido auténtico de estas fiestas religiosas:

Por poco que atiendas al relato que se te presenta en las procesiones, sabes que se trata de la conmemoración cristiana de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, vivida por los creyentes no sólo como el recuerdo de los hechos fundacionales de su fe, sino como modelo de lo que ha de ser su propia vida, si pretende vincularse con la del mismo Jesús, que como Dios hecho hombre es su Salvador.

Te invito a que imagines a un creyente que expone cada día su vida por su fe, hablando de Jesús a los pobres como un testigo de su verdad actual e histórica. Éste es el caso de este compañero jesuita, pastor y teólogo, cuyo lenguaje teológico parece sorprendente en dos de sus obras a quienes no viven en su carne propia la condición de pobres.

Jon Sobrino como el propio Jesús de los evangelios auténticos enfatiza en la humildísima humanidad del Salvador, aunque sin olvidar la formidable paradoja de su divinidad encarnada creyente y sufriente, que al tercer día de su muerte ignominiosa le hizo posible no solamente su resurrección gloriosa de entre los muertos, sino el hacernos partícipes de su propia suerte, si nos identificamos con Él.

Jon Sobrino lleva 50 años en El Salvador, identificándose con el Jesús de los evangelios auténticos e intentando con su trabajo de teólogo y apóstol devolver la esperanza a los más desfavorecidos de la tierra, demostrándoles que su vida de creyentes y sufrientes no difiere de la del Jesús histórico, que así se encuentra entre ellos, en la vida de la Iglesia auténtica, no sólo para sufrir con la fe sino también para resucitar con la esperanza.

Para Jon Sobrino como para todos los creyentes cristianos, la resurrección de Jesús, tras su pasión y muerte en la cruz, es el hecho más importante de toda la Historia de la Salvación. La resurrección de Jesús como prueba de su divinidad es, para el cristiano, un asunto fundante y fundamental. En este hecho histórico está fundada su fe: sin la Resurrección de Jesús la fe del cristiano sería absurda y la esperanza de salvación que le inspira no tendría razón de ser. Si Cristo no hubiera resucitado, la Iglesia no podría anunciar ninguna Buena Noticia de salvación para nadie. San Pablo lo afirma claramente: "Si Cristo no fue resucitado, nuestra predicación ya no contiene nada ni queda nada de lo que creen ustedes…. Y… ustedes no pueden esperar nada de su fe…. Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos…" (1Co 15, 14; 17; 20).

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La Congregación para la Doctrina de la Fe publicó el 15 de marzo una Notificación acerca de dos libros del Padre Jon Sobrino, S.J.: Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret, y La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas. "A causa de ciertas imprecisiones y errores en ellos encontrados, la Congregación para la Doctrina de la Fe tomó la decisión, en el mes de octubre de 2001, de emprender un estudio ulterior y más profundo de dichas obras". Después de un largo proceso la Congregación decidió "ofrecer a los fieles un criterio de juicio seguro acerca de los citados libros y otras obras del Autor".

A mediodía del 14 de marzo los periodistas acreditados ante la Santa sede recibieron la Notificación a la que el Padre Federico Lombardi, S.J., Director de la Radio Vaticana y de la Sala de Prensa del Vaticano, añadió una nota ("El Puente") que en traducción española ofrecemos aquí. El Padre Lombardi escribe:

"Para comprender el significado de la Notificación de la Congregación de la Doctrina de la Fe sobre algunas obras del Padre Jon Sobrino, pienso que sea oportuno recordar la importancia de la comprensión de la naturaleza y de la obra de Jesucristo en el corazón mismo de la fe cristiana.

Jesucristo es para la Iglesia el "mediador" entre Dios y el hombre, es el "pontífice" en sentido etimológico, es decir el constructor del puente que permite a los hombres volver a entrar en relación de amistad y unión con Dios, superando la distancia, la imposibilidad de comunicación provocada por una larga historia de pecados.

Para ser mediador y puente, Jesucristo debe apoyarse firmemente tanto sobre la vertiente de la humanidad como sobre la vertiente de la divinidad. Si no, el paso de una vertiente a la otra queda interrumpido, o al menos inseguro. Desde los primeros siglos del cristianismo esta necesidad del puente ha sido afirmada con fuerza y defendida frente a las numerosas teorías que de hecho negaban uno u otro pilar fundamental del puente mismo: o la humanidad o la divinidad. Negando uno u otro aspecto, en realidad se pone en cuestión la misma salvación del hombre, puesto que llega a faltar el camino concreto, real, a través del cual el hombre se puede comunicar con Dios.

La reflexión teológica sobre Jesucristo, por tanto, ha debido tener en cuenta los dos aspectos, ambos esenciales, aunque los diversos contextos históricos y culturales han influido con acentos característicos en las diferentes corrientes teológicas o espirituales.

A menudo, el contexto de la experiencia cristiana lleva a insistir en la solidaridad entre Jesús y los hombres, por lo que se refiere a su participación en las vicisitudes humanas: sus controversias, su pasión, su muerte violenta son cruciales para el anuncio y para la acogida del Evangelio por parte de los pobres, de quienes sufre por la fe y la justicia.

Quien vive su fe participando en las experiencias más dramáticas del pueblo, cultiva naturalmente una sintonía espiritual y profunda con la humanidad de Cristo, y -si es teólogo- se siente llevado a profundizar en una cristología "desde abajo", que fundamenta en profundidad el pilar del puente que se encuentra de parte de la humanidad. Es ciertamente esta la situación del P. Sobrino, en el surco característico de la teología latinoamericana, tan atenta al camino de la liberación humana y espiritual de los pueblos del continente.

No olvidemos que el P. Jon Sobrino pertenecía al grupo de la Universidad Centroamericana de San Salvador, de los cuales seis miembros fueron bárbaramente asesinados en 1989, justamente por su compromiso cultural en solidaridad con el pueblo salvadoreño.

Al mismo tiempo, la insistencia en la solidaridad entre Cristo y el hombre no debe llevarse hasta el punto de ensombrecer o minusvalorar la dimensión que une Cristo a Dios. Porque si Cristo no es al mismo tiempo hombre y Dios, al puente le faltaría el segundo punto de apoyo y se pone radicalmente en cuestión la realidad de nuestra comunicación con Dios.

Este es el problema sobre el cual se desarrolla la argumentación de la "Notificación", que manifiesta respeto por la obra de Sobrino y sus intenciones, pero retiene que no se puede eximir de indicar que, en algunas obras suyas, ciertas afirmaciones, sobre algunos argumentos cruciales, -como la divinidad de Cristo, la Encarnación del Hijo de Dios, la autoconciencia de Jesucristo y el valor salvífico de su muerte-, cuestionan puntos verdaderamente fundamentales de la fe permanente de la Iglesia. En otras palabras, ponen en cuestión la integridad y la estabilidad del puente que permite la comunicación entre los hombres y Dios, incluso la de los pobres de todos los tiempos".

Noticias de la Curia S.J.
20 de marzo de 2007 | Vol. 11, N. 6

20/03/2007

El optimismo solidario de Arrupe

 

El optimismo solidario de Arrupe

Permalink 20.03.07 @ 23:04:00. Archivado en Ética, Religiones, Pro justitia et libertate

Considero a Pedro Arrupe, en cuanto general emblemático de los jesuitas actuales, como el mejor intérprete del espíritu ignaciano, en el contexto del siglo que ha hecho posible la autodestrucción física de la humanidad por la energía nuclear, al mismo tiempo que su mayor envilecimiento, al negar sus derechos más sagrados a las personas y a pueblos enteros. Uno de sus méritos incontestables ha consistido en llevar la obra educativa de los jesuitas a los medios más olvidados y menos favorecidos de la familia humana actual.

La Congregación General XXXII (1974‑1975) animó a los jesuitas a «participar activamente en el gran debate de nuestro tiempo: la promoción de la fe y la lucha por la justicia ». Arrupe estaba convencido de que los jesuitas debían estar en la frontera de este mundo. Que debían estar más comprometidos con la vida y sobre todo caminar con los margina­dos de este mundo, dialogar con los no creyen­tes, insertarse con el mundo obrero, sentarse con los intelectuales, acercarse a los jóvenes.

Arrupe era un hombre crítico con esta sociedad. Viajero por medio mundo, supo relativizar las parti­cularidades culturales para sentir el dolor humano allí donde se manifestaba. Intuyó que la injusticia existente, que la desigualdad en países ricos y países pobres tiene su raíz última en un elemento cultural: en la cultura basada en el dinero, en el poder. Que vivimos en una cultura de la ceguera y del olvido. En una cultura que hace ciegos a los humanos ante la realidad dolorosa de la historia y en una cultura del olvido, que pretende negar la realidad tozuda de los errores del pasado.

El artículo del padre Sequeiros San Román, escrito hace cinco años, con ocasión del décimo aniversario de la muerte del padre Pedro Arrupe, explica con perfecta claridad y humilde franqueza las verdaderas causas de la incomprensión que sufrió el Padre Arrupe de parte de la administración vaticana.

En cierta manera se le echaba en cara el haberse tomado en serio la aplicación del Concilio:

"Del Concilio recibió Arrupe la voluntad, a toda prueba, de llevarlo a la vida. Para él no había otro objetivo, en fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, que alcanzar a un mundo que se cree autosuficiente, que pretendiendo construirse a sí mismo a golpe de ciencia, de técnica y de ideologías, se despeñaba en divisiones profundas, ambiciones generadoras de injusticias, injusticias generadoras de pobrezas de todas clases. Ése fue precisamente el objetivo de Juan XXIII al convocar el Concilio. (José María MARTÍN PATINO)"

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Pedro Arrupe, entre la crisis y la incomprensión,
por José María MARTÍN PATINO

Este año se cumple el centenario del nacimiento de dos insignes españoles que asumieron altas responsabilidades en la Iglesia: Vicente Enrique y Tarancón, que nació en Burriana el 14 de mayo de 1907, y Pedro Arrupe Gondra, en Bilbao el 14 de noviembre del mismo año. A ninguno de los dos se les puede acusar de haber provocado la crisis del cambio religioso. Por el contrario, tuvieron el valor de enfrentarse a fondo con ella, perseverando en una fidelidad que inevitablemente había de resultar conflictiva. Los dos buscaron la reconciliación y ambos fueron mal comprendidos por los bandos contendientes.

Permítame el lector que dedique estas reflexiones al que fue General de los jesuitas durante el periodo 1965-1983. Acabo de leer el libro de más de mil páginas Nuevas aportaciones a la biografía de Pedro Arrupe (Ediciones Mensajero y Editorial Sal Terrae), donde se recogen los trabajos de 24 especialistas. Al final de esta sustanciosa lectura, surge espontáneamente la pregunta: ¿quién fue verdaderamente el padre Arrupe? ¿Un santo que, por fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, abrió la Compañía de Jesús a las demandas del mundo moderno? ¿Cómo explicar su mandato en la Compañía y su influencia en toda la Iglesia? Esta cuestión interesa no solamente a los hijos de Ignacio de Loyola, sino a todos los creyentes cristianos y de otras confesiones sensibles al cambio religioso. Pero también a historiadores y hombres y mujeres del mundo de la cultura, incluso agnósticos, puesto que no se trató sólo de una crisis religiosa sino de humanidad, anterior a él y que aún continúa, y ante la que Arrupe se situó de forma ejemplar.

Llegó al gobierno de una de las órdenes religiosas más controvertidas cuando ésta tocaba el punto más alto de su "restauración". Pío VII rehabilitó el Instituto religioso después de cincuenta años de supresión. Retomaron la historia los supervivientes de aquella afrenta, hombres beneméritos que, a juicio de los historiadores, tenían ya poco de común con el pelotón de jóvenes universitarios ansiosos de grandes empresas y capitaneados por Ignacio de Loyola, que se ofrecieron al papa Pablo III en 1538. Todo sucedió en un momento y de un modo demasiado apremiantes. El historiador jesuita Jean Claude Dhotel hace notar que aquellos padres de 1814 vivían todavía recordando los reinados de Luis XIII y Luis XIV. Seguían ilusionados con poder gozar de la misma protección bajo los Borbones, sin caer en la cuenta de hasta qué punto había cambiado la sociedad francesa después de la Ilustración, la Revolución y su Imperio. El siglo XIX, escribe Andrea Riccardi, "fue el tiempo de la marginación del cristianismo de sus posiciones tradicionales en la sociedad europea..., el régimen de cristiandad, la alianza y la compenetración entre el trono y el altar parecían casi la única condición en que el cristianismo de Roma podía vivir influyente, libre de persecución y capaz de cumplir su misión. De lo contrario sobrevendría el caos".

Sin embargo, en 1965, cuando los jesuitas eligen General a Pedro Arrupe, la Compañía había llegado a su máxima expansión. Eran 36.038, un número jamás alcanzado en la historia, y estaban presentes en más de 100 países articulados en 84 provincias. En el mundo católico y en la sociedad política y civil, la Compañía de Jesús era percibida como un gran cuerpo compacto, compuesto de teólogos, profesores de derecho, directores de casas de retiro, bioquímicos, astrofísicos, educadores, misioneros, confesores de papas, y hasta... un ministro de Estado y algún guerrillero. Aquella homogeneidad era sólo aparente. Por una parte estaban los pensadores, precursores del Concilio, como el antropólogo y científico Teilhard de Chardin, los teólogos Henri de Lubac y Karl Rahner, el escriturista, defensor y promotor del ecumenismo y de la libertad religiosa Agustín Bea y los pioneros del pensamiento social católico y del compromiso por la justicia e igualdad entre las razas John La Farge y Heinrich Pesch, por citar los más famosos. Y muy cerca de ellos todos los que sentían la necesidad de un diálogo sincero y evangelizador con un mundo profundamente transformado. Todo ese torrente caudaloso fue aprovechado por el Concilio.

Del Concilio recibió Arrupe la voluntad, a toda prueba, de llevarlo a la vida. Para él no había otro objetivo, en fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, que alcanzar a un mundo que se cree autosuficiente, que pretendiendo construirse a sí mismo a golpe de ciencia, de técnica y de ideologías, se despeñaba en divisiones profundas, ambiciones generadoras de injusticias, injusticias generadoras de pobrezas de todas clases. Ése fue precisamente el objetivo de Juan XXIII al convocar el Concilio.

Por otra parte, dentro de la misma orden, actuaban los defensores de la "antigua doctrina", la que había predominado en la segunda Compañía nacida el 1814. No es fácil comprender que un verdadero "discernimiento ignaciano" les hubiera llevado a concentrar su lucha contra la filosofía de las Luces. Obsesionados con los errores del marxismo, el evolucionismo y el laicismo, no podían mirar con sosiego el futuro de la Iglesia.

Fue, efectivamente, un problema de "mirada". Una mirada evangélica al mundo es la que situó y mantuvo a Arrupe en el esfuerzo por orientar y lanzar a la Compañía a las "fronteras" de ese mundo. Y no sólo a la Compañía, sino, en cuanto pudo, a la Iglesia y a todo hombre de buena voluntad. Sus mensajes a hombres y mujeres de todas las culturas fueron idénticos. Su insobornable optimismo brotaba de esa contemplación misericordiosa del mundo. "Soy optimista porque creo en Dios y en el hombre... En un hombre, que ha perdido la referencia con su Centro y se ha puesto a dudar de que ese Centro haya jamás existido, o que sea otra cosa para el hombre que el hombre mismo...".

Es ese optimismo el que le hace detectar las "fronteras" donde el ser humano se rompe, se destruye y destruye: motiva a los jesuitas a afrontar el desafío de la increencia. "¿Qué habéis hecho", les pregunta, "en materia de contactos con los no-creyentes? ...He notado que varios mostrabais cierta sorpresa al preguntaros sobre esto... Pues es vital cómo se sitúa la Compañía ante este desafío". O les lleva en masa hasta las fronteras de la injusticia y sus derivados: la pobreza, el racismo. "La acción a favor de la justicia, y la participación en la transformación del mundo, se nos presentan como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva. ¿Puede uno acceder a la mesa de la comunión sin tomar la decisión de actuar a favor de los que tienen hambre?". Una de sus últimas decisiones como General (noviembre 1980) fue movilizar a la Compañía en la "frontera" nueva -y desgraciadamente de hoy-, a nivel mundial, de los refugiados, incluso poniendo a su disposición locales de la propia curia generalicia: "Nuestra opción por los pobres y los sin voz nos lleva a los refugiados, que son los 'más pequeños', según el evangelio".

O clarifica fronteras allí donde un celo no discernido desfigura la acción que un cristianopuede asumir desde el Evangelio. Así, a los Provinciales de América Latina, que se la piden, les ilumina con una certera carta sobre el análisis marxista. O actúa en directo en las fronteras nacidas de una evangelización contaminada de colonización, en África y Asia Oriental, haciendo suyas, y sobre todo haciendo realidad, las palabras históricas de Pablo VI en Uganda: "Vosotros, africanos, sois en adelante vuestros propios misioneros. La Iglesia de Cristo está realmente implantada en esta tierra bendita...". Y hace desembocar toda su propia experiencia misionera en una dinámica de "inculturación", que empieza por la inmersión personal del propio evangelizador en una cultura ajena sacrificando la propia. O, allí donde la debilidad humana ha creado fronteras religiosas, incluso dentro del cristianismo, se volcará y hará que se vuelquen los jesuitas en un diálogo ecuménico e interreligioso que es un camino en exploración.

Nada extraño que éstos y otros numerosos intentos, sembrados por el Concilio y asumidos, de corazón, por Arrupe, se vieran frenados por el desconcierto que producía el mero hecho de plantearlos y por las tendencias aislacionistas, vivas y activas en la Iglesia y en la Compañía desde los años cincuenta. Pero no fue ésta, sin duda, la mayor cruz de Arrupe, que había cargado en su vida con muchas, sino la de la duda o la sospecha sobre él, que había hecho de su fidelidad a Cristo, a la Iglesia y al ser humano, su compromiso más total. Y que nunca puso resistencia en reconocer sus errores y los de la Compañía, al contrario. Eso sí: "No pretendemos", escribió a los Provinciales de América Latina en años muy difíciles, "defender nuestras equivocaciones; pero tampoco queremos cometer la mayor de todas: la de esperar con los brazos cruzados y no hacer nada por miedo a equivocarnos".

José María Martín Patino es presidente de la Fundación Encuentro.

23:13 Écrit par SaGa Bardon dans Religiones | Lien permanent | Commentaires (0) | Tags : religiones, pro justitia et libertate, tica |  Facebook |