15/10/2011

‎15 de octubre: Unidos por un cambio global

 

 

Para este 15 de Octubre (15-O) está convocada una protesta no violenta a escala global. Gentes de todos los continentes llenarán las calles en lo que ya constituye una experiencia pionera de movilización de alcance planetario, para “pedir una auténtica democracia” y “para poner en marcha un cambio global”:

Unidos reinventaremos el mundo

Este 15 de octubre personas de todo el mundo tomarán las calles y las plazas. Desde América a Asia, desde África a Europa, la gente se está levantando para reclamar sus derechos y pedir una auténtica democracia. Ahora ha llegado el momento de unirnos todos en una protesta no violenta a escala global.

Los poderes establecidos actúan en beneficio de unos pocos, desoyendo la voluntad de la gran mayoría, sin importarles los costes humanos o ecológicos que tengamos que pagar. Hay que poner fin a esta intolerable situación.

Unidos en una sola voz, haremos saber a los políticos, y a las élites financieras a las que sirven, que ahora somos nosotros, la gente, quienes decidiremos nuestro futuro. No somos mercancía en manos de políticos y banqueros que no nos representan.

Este 15 de octubre nos encontraremos en las calles para poner en marcha el cambio global que queremos. Nos manifestaremos pacíficamente, debatiremos y nos organizaremos hasta lograrlo.

Es hora de que nos unamos. Es hora de que nos escuchen.

¡Tomemos las calles del mundo este 15 de octubre!

15 de octobre 2011: Unidos reinventaremos el mundo

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Levantémonos, gente del mundo
Koldo Aldai, 12-Octubre-2011

“Es el momento de unirnos. Es el momento de que oigan. ¡Levantaros, gente del mundo…!”, reza la convocatoria. Sí, atendamos la invitación mundial, unámonos gentes de todas las razas y colores, levantémonos, llenemos las avenidas el próximo sábado, en esta cita sin precedentes. Colmemos los asfaltos en las 60 ciudades del Estado, en los 45 países de todos los continentes donde ya hay llamamiento, pero con los corazones desarmados de rencor y de ira, conscientes también de nuestra responsabilidad para con una civilización malograda, advertidos de que el cambio somos nosotros/as y nuestro actuar consecuente y nuestras opciones comprometidas.

Sí, tomemos las calles y avenidas, sabedores de que las verdaderas transformaciones arrancan en el kilómetro “0” de cada uno de nosotros/as; conocedores de nuestro inmenso potencial liberador colectivo; percatados de que ni siquiera deberemos tumbar estos bancos, esta democracia, este sistema…, sino emplearnos en la creación de sus alternativas, colmados de fe, armados de generosidad, de precisas herramientas, de manos entusiasmadas.

Hollemos los asfaltos, pero no olvidemos la necesidad de levantar otro mundo, precisamente donde se acaban los asfaltos y florecen los campos y la vida; donde se acaban las duras ciudades, la locura del individualismo, la incomunicación asfixiante, el “sálvese quien pueda”…, precisamente donde se acaban los coches y su avasallo, las consignas y el griterío. Algo del otro mundo comienza también cuando enmudecen las gargantas y las brazos quieren estrechar el árbol y los pies pasear el rocío y las manos por fin emplearse en construir lo nuevo. Algo del otro mundo arranca quizás, cuando culminada la protesta de afuera, de vuelta a uno mismo, hay que hacer acopio de fuerza, ya no para gritar más alto, sino para decir adiós a la hipoteca, a la casa enjambre, al banco codicioso, al trabajo alienante, a la vida sin ideales, a la civilización sin norte…

Graduemos el peso de nuestras propias palabras. No nos quedemos en casa el 15-O, pero tampoco rehuyamos las responsabilidades cercanas que nuestros lemas implican. La reivindicación afuera, bien podría ser la culminación de una exigente reivindicación en lo profundo de nosotros mismos; persuadidos de que el verbo “dar” es anterior al de “pedir”, de que hay páramos suficientes para construir lo nuevo sin necesidad de emplearnos en la demolición de lo caduco. La civilización actual se tambalearía privada de nuestro apoyo, consumo, dinero…, sobre todo privada de nuestros miedos que en definitiva la sostienen.

Saldremos a las calles del mundo a sabiendas del peso y la exigencia de nuestras palabras y postulados. La esperanza puede rebrotar al culminar el desfile, al comenzar a callar una algarada que se antoje algo lejana, algo vacía. Puede florecer en las mentes atrevidas, en las voluntades decididas, en los silencios desnudos ante un porvenir interpelante, ante un destino que pedirá más de nosotros mismos. Tras el griterío puede venir ese silencio cargado de mayúsculos interrogantes, silencio del alma instando a levantar, no sólo a tumbar, silencio coherente por ejemplo invitando a buscar un terreno bajo el sol, un paraje donde construir los sueños, no sólo a llenarse la boca de ellos.

Ya no pelear contra el banco sino construir el propio banco ético, las propias redes de servicios o colaborar con las que ya existen; ya no sólo clamar contra la crisis y los recortes, sino ver florecer la mesa con tus propios productos, ver despuntar tus propias lechugas, enrojecer tus tomates, ver tumbarse por el peso las ramas de tus manzanos. Sí, hay vida en el gran asfalto, pero difícilmente una vida saludable, sostenible, amable y deseable para las generaciones del mañana.

Sí, es preciso sentirse el 15-O protagonistas de un cambio global planetario sin precedentes, pero sin olvidar las implicaciones personales y los sacrificios que comporta esa transformación urgente; sin olvidar el propio compromiso que exigen las palabras paseadas por las calles o echadas al viento. Conjuguemos el verbo compartir a toda hora, en todo lugar. Levantémonos sí, pero ya no contra los de arriba, sino contra nuestras propias limitaciones a la hora de engendrar la nueva tierra.

Otoño es invitación a reinventarnos de nuevo con más esmerados tonos, a recrearnos a nosotros y nuestros bosques interiores. Comienza el festival de colores en los hayedos de Kresmendi. Octubre entrañable allende la ventana y reflexión en la pantalla se disputan la mirada. Perdidos ya no sé dónde los ojos embelesados, siento que algo de esa revolución global que se postula, consiste en que cada vez más seres podamos contemplar el amarillear de los bosques; en que podamos empapar nuestra mirada de una sinfonía y armonía que después habremos de integrar y llevar al mundo.

Koldo Aldai
artegoxo.org

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Koldo Aldai. Nace en San Sebastián en Junio del año 1960. Cursa estudios de Historia y Geografía en la Universidad de Deusto de su propia ciudad. Escribe y publica en diferentes priódicos y publicaciones, allí donde le conceden espacio para sus reportajes, entrevistas, para su prosa poética o misivas de análisis siempre esperanzado. Trabaja en Fundación Ananta que promueve principios espirituales en el mundo de la empresa.

Desde hace dos décadas está comprometido en el fomento de espacios de unión físicos y virtuales en favor del otro mundo posible. Concretamente se dedica a crear y fomentar alianzas en el ámbito de la nueva espiritualidad, y en el ámbito de las comunidades espirituales y religiosas tradicionales, Foro Espiritual de Estella.

Tiene editados varios libros; Poesía: A falta de amaneceres (Diputación de Gipuzkoa); Teatro: Tres teatros para la Tierra (Gobierno de Navarra); y Ensayo: Herencia sagrada y nueva Era en E.H. , Aro sagrado, Guiño al alba (Fundación Ananta 2004), Testigos de un nuevo tiempo (Librería Argentina, 2005) y La gran Comunión (Editorial Nous)

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28/09/2011

Encuentro en el Bundestag de Benedicto XVI con la ética política Alemana

 

En su saludo al Papa y a los parlamentarios alemanes en cuyo nombre habla, el Presidente del Bundestag aboga sin ambigüedad por una nueva adhesión al ecumenismo y por la superación concreta de la escisión eclesiástica, deseando que ambas sean pilotadas por el "Papa alemán":

En Alemania mucha gente, no sólo católicos y protestantes comprometidos, siente la persistencia de la escisión eclesiástica como una contrariedad, también porque duda sinceramente que las diferencias entre las confesiones, las cuales sin duda existen, justifiquen el mantenimiento de la separación entre las Iglesias. Y anhela fervientemente que durante el pontificado de un Papa alemán, el primero desde la Reforma, se produzca no sólo una nueva adhesión al ecumenismo sino un paso claramente perceptible hacia la superación de la escisión eclesiástica.

En el mismo saludo de bienvenida al Papa, en nombre de los parlamentarios, el Presidente del Bundestag evoca sin ambages la tragedia vivida por la democracia parlamentaria alemana con el triunfo electoral del nazismo el 30 de enero de 1933:

El edificio del Reichstag es un lugar emblemático de la historia alemana. Simboliza el ascenso y la caída de una democracia parlamentaria. Una de las causas primordiales del fracaso fue la falta de tolerancia, cuyas víctimas serían, sobre todo, los conciudadanos judíos. Y fueron cristianos quienes apartaron la vista o se sumaron, difamaron, persiguieron, humillaron, mataron.

El presidente del Bundestag conjuga armoniosamente, en su agradecimiento institucional por la visita del Papa, la responsabilidad constitucional de Alemania ante Dios y ante los hombres "de servir a la paz del mundo como miembro con igualdad de derechos de una Europa unida", con su responsabilidad igualmente constitucional de defender la dignidad humana, las libertades religiosas y políticas y la tolerancia frente a convicciones y orientaciones diferentes:

Estamos agradecidos por poder ejercer de anfitriones y decididos a hacer honor a nuestra responsabilidad por la dignidad humana, la libertad de profesión religiosa y de adscripción política y la tolerancia frente a convicciones y orientaciones diferentes, "animado[s] de la voluntad" –como dice el preámbulo de la Ley Fundamental– "de servir a la paz del mundo como miembro con igualdad de derechos de una Europa unida" –"consciente[s] de [nuestra] responsabilidad ante Dios y ante los hombres"–.

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Saludo al Papa en el Bundestag, el 22 de septiembre de 2011, por el Prof. Dr. Norbert Lammert, Presidente del Bundestag Alemán:

Saludo cordialmente a todos ustedes en el Bundestag Alemán, donde no es la primera vez que hemos invitado a un huésped ilustre. Pero nunca a lo largo de la historia un Papa ha hablado ante un Parlamento alemán salido de las urnas. Y rara vez un discurso ante esta Cámara ha despertado, ya antes de ser pronunciado, tanta atención e interés –no solo en Alemania, sino mucho más allá–.

¡Santo Padre, sea usted cordialmente bienvenido a Alemania, su país de origen, y muy especialmente aquí al Bundestag Alemán!

Durante el breve pontificado del último Papa originario de tierras alemanas todavía no existía Alemania como Estado nacional sino, antes bien, el Sacro Imperio Romano Germánico, al que nosotros llamamos comúnmente "Sacro Imperio Romano de la Nación Alemana", un imperio marcado por dinastías cambiantes que tenía tanto y tan poco de romano como de alemán y que a buen seguro no era una nación y menos si cabe sacro. Alemania es un país que en el devenir de los siglos estuvo muy marcado por la religión y las guerras de religión, hasta lo que conocemos como el Kulturkampf en tiempos de la fundación del Imperio alemán. Un país cuyas tradiciones religiosas cristianas también influyeron en nuestra actual Constitución y determinaron de manera esencial la labor de sus artífices: "Consciente de su responsabilidad ante Dios y ante los hombres", según reza el preámbulo de la Ley Fundamental.

Sin embargo, nuestra comprensión actual de los derechos fundamentales, es decir la intangibilidad de la dignidad humana y las libertades públicas, está marcada asimismo por experiencias y conquistas históricas, en particular la Ilustración, a la cual debemos no sólo el reto de la fe por la razón, sino también la separación entre Iglesia y Estado, lo cual constituye uno de los avances irrenunciables de nuestra civilización.

Me gusta recordar el memorable diálogo mantenido entre el Cardenal Ratzinger, a la sazón Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y Jürgen Habermas, quienes caracterizaron y valoraron conjuntamente la fe y la razón como "las grandes culturas de Occidente".

Fe y razón. En tiempos de la globalización, de un mundo sacudido por guerras y crisis, mucha gente busca sostén y guía. La preservación de principios éticos más allá de los mercados y los poderes y el cultivo de valores y convicciones comunes también es un reto formidable precisamente para las sociedades modernas, si no quieren poner en peligro su cohesión interna.

Alemania es el país de la Reforma, iniciada aquí hace casi quinientos años –con múltiples consecuencias para la Iglesia, el Estado y la sociedad–.

En Alemania mucha gente, no sólo católicos y protestantes comprometidos, siente la persistencia de la escisión eclesiástica como una contrariedad, también porque duda sinceramente que las diferencias entre las confesiones, las cuales sin duda existen, justifiquen el mantenimiento de la separación entre las Iglesias. Y anhela fervientemente que durante el pontificado de un Papa alemán, el primero desde la Reforma, se produzca no sólo una nueva adhesión al ecumenismo sino un paso claramente perceptible hacia la superación de la escisión eclesiástica.

Santo Padre, sus conversaciones con representantes de otras religiones son un elemento esencial de la visita a Alemania. Que su encuentro con representantes de la Iglesia Evangélica tenga lugar en Erfurt, no en un sitio cualquiera, sino en el Convento de los Agustinos, es entendido y valorado, no sólo por muchos cristianos, como un gesto demostrativo –y fundamenta la esperanza de que el quinto centenario de la Reforma en 2017 pueda llegar a ser un testimonio común de fe–. Junto a su reunión con representantes de las comunidades islámicas también se reunirá usted con representantes de la comunidad judía.

El edificio del Reichstag es un lugar emblemático de la historia alemana. Simboliza el ascenso y la caída de una democracia parlamentaria. Una de las causas primordiales del fracaso fue la falta de tolerancia, cuyas víctimas serían, sobre todo, los conciudadanos judíos. Y fueron cristianos quienes apartaron la vista o se sumaron, difamaron, persiguieron, humillaron, mataron.

Por eso, Santo Padre, también es una señal especial que su encuentro con los representantes de la creciente comunidad judía en Alemania se celebre hoy a continuación de su discurso en este edificio, la sede de un Parlamento libremente elegido en la Alemania reunificada, que se reconoce parte de una Europa comprometida con valores y convicciones comunes.

Estamos agradecidos por poder ejercer de anfitriones y decididos a hacer honor a nuestra responsabilidad por la dignidad humana, la libertad de profesión religiosa y de adscripción política y la tolerancia frente a convicciones y orientaciones diferentes, "animado[s] de la voluntad" –como dice el preámbulo de la Ley Fundamental– "de servir a la paz del mundo como miembro con igualdad de derechos de una Europa unida" –"consciente[s] de [nuestra] responsabilidad ante Dios y ante los hombres"–.

Fieles a esa conciencia, nos alegramos de su visita y de su discurso.

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Temas sobresalientes del discurso papal.

Los políticos deben guardarse de ceder a la seducción del éxito y aplicarse “a servir el derecho y combatir la soberanía de la injusticia”. Es lo que afirmó Benedicto XVI frente a los diputados del Bundestag de Berlín, en la tarde del 22 de septiembre de 2011.

Para el papa, es un deber especialmente importante actualmente “cuando el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable” y puede destruir el mundo. Sin embargo, en uno de los discursos más importantes del viaje que ha realizado en su tierra natal, Benedicto XVI ha concedido que era cada vez más difícil hoy “reconocer lo que es verdaderamente justo y servir así la justicia en la legislación”.

Los fundamentos del Estado de Derecho liberal
Ante varios centenares de diputados alemanes, y en ausencia de decenas de diputados de izquierda, el papa ha propuesto un amplio discurso sobre “los fundamentos del Estado de Derecho liberal”. A su llegada a la gran sala del Parlamento, el papa fue acogido calurosamente por una mayoría de diputados. En el lado izquierdo del hemiciclo, los diputados de izquierda presentes no aplaudían y se mantenían con los brazos cruzados. Se proponían protestar así contra la llegada de Benedicto XVI al Bundestag.

La política, afirmó Benedicto XVI en su discurso, “debe ser un compromiso por la justicia” y debe “crear así las condiciones de fondo para la paz”. “Naturalmente, concedió el papa, un político buscará el éxito que en sí le abre la posibilidad de la acción política eficaz”, pero “el éxito puede también ser una seducción y así puede abrir el camino a la falsificación del derecho, a la destrucción de la justicia”.

El derecho pisoteado durante el nazismo
Hablando sin ambigüedad de su país, el papa recordó que Alemania “había hecho la experiencia de separar el poder del derecho, de poner el poder contra el derecho, de pisotear el derecho”. En consecuencia, “el Estado se había convertido en una banda de bandoleros muy bien organizada”, añadió el papa citando una expresión de san Agustín (354-430).

“En un momento histórico en que el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable” y en que puede destruir el mundo, es pues urgente, según Benedicto XVI, que los hombres políticos “se apliquen a servir el derecho y combatir la soberanía de la injusticia”

Si es verdad que para una gran parte de las materias que deben controlarse jurídicamente, el criterio de la mayoría puede ser suficiente, el principio mayoritario no basta para “las cuestiones fundamentales del derecho”, advirtió el papa, añadiendo que, “sobre la base de esta convicción, los combatientes de la resistencia actuaron contra el régimen nazi y contra otros regímenes totalitarios”. “Para estas personas, era evidente de manera innegable que el derecho en vigor era, realmente, una injusticia”.

Advertencia contra una soberanía del pensamiento positivista
En la última parte de su discurso en el Bundestag, Benedicto XVI puso en guardia contra los peligros vinculados a una excesiva soberanía del pensamiento positivista en la sociedad europea.

En el Viejo continente, constató Benedicto XVI, “muchos medios jurídicos pretenden reconocer exclusivamente el positivismo como cultura común y como fundamento común para la formación del derecho, mientras que reducen al estado de una subcultura todas las demás convicciones y los otros valores de nuestra cultura”. Benedicto XVI lanzó esta advertencia: “Europa se coloca, ante las otras culturas del mundo, en una condición de falta de cultura” y, al mismo tiempo, “se suscitan corrientes extremistas y radicales”.

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La libertad religiosa, clave para el desarrollo de los demás derechos

Discurso del Papa Benedicto XVI en su visita al Parlamento Federal Alemán, Reichtag de Berlín, 22-9-2011.

Es para mi un honor y una alegría hablar ante está Cámara alta, ante el Parlamento de mi Patria alemana, que se reúne aquí como representación del pueblo, elegida democráticamente, para trabajar por el bien común de la República Federal de Alemania. Agradezco al Señor Presidente del Bundestag su invitación a tener este discurso, así como también sus gentiles palabras de bienvenida y aprecio con las que me ha acogido.

Me dirijo en este momento a ustedes, estimados señores y señoras, ciertamente también como un connacional que está vinculado de por vida, por sus orígenes, y sigue con particular atención los acontecimientos de la Patria alemana. Pero la invitación a tener este discurso se me ha hecho en cuanto Papa, en cuanto Obispo de Roma, que tiene la suprema responsabilidad sobre los cristianos católicos. De este modo, ustedes reconocen el papel que le corresponde a la Santa Sede como miembro dentro de la Comunidad de los Pueblos y de los Estados. Desde mi responsabilidad internacional, quisiera proponerles algunas consideraciones sobre los fundamentos del estado liberal de derecho.

Permítanme que comience mis reflexiones sobre los fundamentos del derecho con un breve relato tomado de la Sagrada Escritura. En el primer Libro de los Reyes, se dice que Dios concedió al joven rey Salomón, con ocasión de su entronización, formular una petición. ¿Qué pedirá el joven soberano en este importante momento? ¿Éxito, riqueza, una larga vida, la eliminación de los enemigos? Nada pide de todo esto. Suplica en cambio: "Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y mal" (1 R 3,9). Con este relato, la Biblia quiere indicarnos lo que debe ser importante en definitiva para un político. Su criterio último y la motivación para su trabajo como político no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material. La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz. Naturalmente, un político buscará el éxito, que de por sí le abre la posibilidad a la actividad política efectiva. Pero el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho y a la comprensión del derecho. El éxito puede ser también una seducción y, de esta forma, abre la puerta a la desvirtuación del derecho, a la destrucción de la justicia. "Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?", dijo en cierta ocasión San Agustín (1.) Nosotros, los alemanes, sabemos por experiencia que estas palabras no son una mera quimera. Hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra el derecho; cómo se ha pisoteado el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y empujarlo hasta el borde del abismo. Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. En un momento histórico, en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo particularmente urgente. El hombre tiene la capacidad de destruir el mundo. Se puede manipular a sí mismo. Puede, por decirlo así, hacer seres humanos y privar de su humanidad a otros seres humanos que sean hombres. ¿Cómo podemos reconocer lo que es justo? ¿Cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente? La petición salomónica sigue siendo la cuestión decisiva ante la que se encuentra también hoy el político y la política misma.

Para gran parte de la materia que se ha de regular jurídicamente, el criterio de la mayoría puede ser un criterio suficiente. Pero es evidente que en las cuestiones fundamentales del derecho, en las cuales está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta: en el proceso de formación del derecho, una persona responsable debe buscar los criterios de su orientación. En el siglo III, el gran teólogo Orígenes justificó así la resistencia de los cristianos a determinados ordenamientos jurídicos en vigor: "Si uno se encontrara entre los escitas, cuyas leyes van contra la ley divina, y se viera obligado a vivir entre ellos…, con razón formaría por amor a la verdad, que, para los escitas, es ilegalidad, alianza con quienes sintieran como él contra lo que aquellos tienen por ley…" (2).

Basados en esta convicción, los combatientes de la resistencia han actuado contra el régimen nazi y contra otros regímenes totalitarios, prestando así un servicio al derecho y a toda la humanidad. Para ellos era evidente, de modo irrefutable, que el derecho vigente era en realidad una injusticia. Pero en las decisiones de un político democrático no es tan evidente la cuestión sobre lo que ahora corresponde a la ley de la verdad, lo que es verdaderamente justo y puede transformarse en ley. Hoy no es de modo alguno evidente de por sí lo que es justo respecto a las cuestiones antropológicas fundamentales y pueda convertirse en derecho vigente. A la pregunta de cómo se puede reconocer lo que es verdaderamente justo, y servir así a la justicia en la legislación, nunca ha sido fácil encontrar la respuesta y hoy, con la abundancia de nuestros conocimientos y de nuestras capacidades, dicha cuestión se ha hecho todavía más difícil.

La historia del derecho siempre ha necesitado a la religión
¿Cómo se reconoce lo que es justo? En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados en modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo entre los hombres. Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio {el cristianismo} se ha referido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios. Así, los teólogos cristianos se sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado en el siglo II a. C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano (3). De este contacto, nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de este vínculo precristiano entre derecho y filosofía inicia el camino que lleva, a través de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico del Iluminismo, hasta la Declaración de los derechos humanos y hasta nuestra Ley Fundamental Alemana, con la que nuestro pueblo reconoció en 1949 "los inviolables e inalienables derechos del hombre como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo".

Para el desarrollo del derecho, y para el desarrollo de la humanidad, ha sido decisivo que los teólogos cristianos hayan tomado posición contra el derecho religioso, requerido de la fe en la divinidad, y se hayan puesto de parte de la filosofía, reconociendo la razón y la naturaleza en su mutua relación como fuente jurídica válida para todos. Esta opción la había tomado ya san Pablo cuando, en su Carta a los Romanos, afirma: "Cuando los paganos, que no tienen ley [la Torá de Israel], cumplen naturalmente las exigencias de la ley, ellos… son ley para sí mismos. Esos tales muestran que tienen escrita en su corazón las exigencias de la ley; contando con el testimonio de su conciencia…" (Rm 2,14s). Aquí aparecen los dos conceptos fundamentales de naturaleza y conciencia, en los que la conciencia no es otra cosa que el "corazón dócil" de Salomón, la razón abierta al lenguaje del ser. Si con esto, hasta la época del Iluminismo, de la Declaración de los Derechos humanos, después de la Segunda Guerra mundial, y hasta la formación de nuestra Ley Fundamental, la cuestión sobre los fundamentos de la legislación parecía clara, en el último medio siglo se dio un cambio dramático de la situación. La idea del derecho natural se considera hoy una doctrina católica más bien singular, sobre la que no vale la pena discutir fuera del ámbito católico, de modo que casi nos avergüenza hasta la sola mención del término. Quisiera indicar brevemente cómo se llegó a esta situación. Es fundamental, sobre todo, la tesis según la cual entre ser y deber ser existe un abismo infranqueable. Del ser no se podría derivar un deber, porque se trataría de dos ámbitos absolutamente distintos. La base de dicha opinión es la concepción positivista, adoptada hoy casi generalmente, de naturaleza y razón. Si se considera la naturaleza – con palabras de Hans Kelsen - "un conjunto de datos objetivos, unidos los unos a los otros como causas y efectos", entonces no se puede derivar de ella realmente ninguna indicación que sea de modo algúno de carácter ético (4). Una concepción positivista de la naturaleza, que comprende la naturaleza en modo puramente funcional, como las ciencias naturales la explican, no puede crear ningún puente hacia el Ethos y el derecho, sino suscitar nuevamente sólo respuestas funcionales. Sin embargo, lo mismo vale también para la razón en una visión positivista, que muchos consideran como la única visión científica. En ella, aquello que no es verificable o falsable no entra en el ámbito de la razón en sentido estricto. Por eso, el ethos y la religión se deben reducir al ámbito de lo subjetivo y caen fuera del ámbito de la razón en sentido estricto de la palabra. Donde rige el dominio exclusivo de la razón positivista – y éste es en gran parte el caso de nuestra conciencia pública – las fuentes clásicas de conocimiento del ethos y del derecho quedan fuera de juego. Ésta es una situación dramática que interesa a todos y sobre la cual es necesaria una discusión pública; una intención esencial de este discurso es invitar urgentemente a ella.

El concepto positivista de naturaleza y razón, la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana, a la cual de modo alguno debemos renunciar en ningún caso. Pero ella misma, en su conjunto, no es una cultura que corresponda y sea suficiente al ser hombres en toda su amplitud. Donde la razón positivista se retiene como la única cultura suficiente, relegando todas las otras realidades culturales a la condición de subculturas, ésta reduce al hombre, más todavía, amenaza su humanidad. Lo digo especialmente mirando a Europa, donde en muchos ambientes se trata de reconocer solamente el positivismo como cultura común o como fundamento común para la formación del derecho, mientras que todas las otras convicciones y los otros valores de nuestra cultura quedan reducidos al nivel de subcultura. Con esto, Europa se sitúa, ante otras culturas del mundo, en una condición de falta de cultura y se suscitan, al mismo tiempo, corrientes extremistas y radicales. La razón positivista, que se presenta de modo exclusivista y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, y sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los "recursos" de Dios, que transformamos en productos nuestros. Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo.

Para que la razón no se deslice en lo irracional
Pero ¿cómo se lleva a cabo esto? ¿Cómo encontramos la entrada a la inmensidad, o la globalidad? ¿Cómo puede la razón volver a encontrar su grandeza sin deslizarse en lo irracional? ¿Cómo puede la naturaleza aparecer nuevamente en su profundidad, con sus exigencias y con sus indicaciones? Recuerdo un fenómeno de la historia política reciente, esperando no ser demasiado malentendido ni suscitar excesivas polémicas unilaterales. Diría que la aparición del movimiento ecologista en la política alemana a partir de los años setenta, aunque quizás no haya abierto las ventanas, ha sido y es sin embargo un grito que anhela aire fresco, un grito que no se puede ignorar ni relegar, porque se percibe en él demasiada irracionalidad. Gente joven se dio cuenta que en nuestras relaciones con la naturaleza existía algo que no funcionaba; que la materia no es solamente un material para nuestro uso, sino que la tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones. Es evidente que no hago propaganda por un determinado partido político, nada me es más lejano de eso. Cuando en nuestra relación con la realidad hay algo que no funciona, entonces debemos reflexionar todos seriamente sobre el conjunto, y todos estamos invitados a volver sobre la cuestión sobre los fundamentos de nuestra propia cultura. Permitidme detenerme todavía un momento sobre este punto. La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, quisiera afrontar todavía seriamente un punto que, tanto hoy como ayer, se ha olvidado demasiado: existe también la ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo arbitrariamente. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando escucha la naturaleza, la respeta y cuando se acepta como lo que es, y que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana.

Volvamos a los conceptos fundamentales de naturaleza y razón, de los cuales habíamos partido. El gran teórico del positivismo jurídico, Kelsen, a la edad de 84 años – en 1965 – abandonó el dualismo de ser y de deber ser. Había dicho que las normas podían derivar solamente de la voluntad. En consecuencia, la naturaleza podría contener en sí normas sólo si una voluntad hubiese puesto estas normas en ella. Esto, por otra parte, supondría un Dios creador, cuya voluntad ha entrado en la naturaleza. "Discutir sobre la verdad de esta fe es algo absolutamente vano", afirma a este respecto (5). ¿Lo es verdaderamente?, quisiera preguntar. ¿Carece verdaderamente de sentido reflexionar sobre si la razón objetiva que se manifiesta en la naturaleza no presuponga una razón creativa, un Creator Spiritus?

A este punto, debería venir en nuestra ayuda el patrimonio cultural de Europa. Sobre la base de la convicción sobre la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la consciencia de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y el reconocimiento de la responsabilidad de los hombres por su conducta. Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su totalidad. La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma– del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico.

Al joven rey Salomón, a la hora de asumir el poder, se le concedió lo que pedía. ¿Qué sucedería si nosotros, legisladores de hoy, se nos concediese formular una petición? ¿Qué pediríamos? En último término, pienso que, también hoy, no podríamos desear otra cosa que un corazón dócil: la capacidad de distinguir el bien del mal, y así establecer un verdadero derecho, de servir a la justicia y la paz. Gracias por su atención.

Notas

(1) De civitate Dei, IV, 4, 1.
(2) Contra Celsum GCS Orig. 428 (Koetschau); cf. A. Fürst, Monotheismus und Monarchie. Zum Zusammenhang von Heil und Herrschaft in der Antike. En: Theol. Phil. 81 (2006) 321 – 338; citación p. 336; cf. también J. Ratzinger, Die Einheit der Nationen. Eine Vision der Kirchenväter (Salzburg – München 1971) 60.
(3) Cf. W. Waldstein, Ins Herz geschrieben. Das Naturrecht als Fundament einer menschlichen Gesellschaft (Augsburg 2010) 11ss; 31 – 61.
(4) Waldstein, op. cit. 15-21.
(5) Citado según Waldstein, op. cit. 19.

Fuentes:
Deutscher Bundestag
Libreria Editrice Vaticana
Cathobel
Ecclesia digital

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22/09/2011

"Eloge de la folie universitaire" par Bruno Delvaux, recteur de l'UCL

 

Quels sont nos principes à l'UCL dans la gestion du présent et la fondation du futur universitaires ?
Permettez-moi d’en identifier trois qui m’apparaissent majeurs dans la gestion du présent et la fondation du futur :

1) La liberté académique et la pensée critique.
2) L’autonomie des universités et la liberté d’association.
3) Le lien irréductible entre l’enseignement et la recherche.

Extraits du Discours de rentrée académique du Recteur Bruno Delvaux
Louvain-la-Neuve, le 19 septembre 2010

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Image: Erasme de Rotterdam ( Rotterdam 1466?-Bâle 1536 ), figure majeure de l'humanisme chrétien, Erasme fut cet inlassable défenseur des libertés, militant de la paix et porteur d'une vision de l'Europe de la culture qu'il tenta vainement d'imposer dans un contexte marqué par le bellicisme et les troubles réformistes.

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1) Le premier principe est la liberté académique et la pensée critique. La liberté académique n’est pas un but en soi. Elle permet aux universités de servir le bien commun par l’acquisition de connaissances nouvelles et leur dissémination au plus grand nombre. Par définition, elle est exercée de manière indépendante et critique. Dans ce cadre, la League of European Research Universites (LERU) considère que la liberté académique recouvre trois aspects :

Tout d’abord, le droit individuel de chaque membre de la communauté académique à exercer de manière critique la liberté d’étudier, d’enseigner, de chercher, d’informer, de s’exprimer et de publier, en ce compris le droit à l’erreur, le doute faisant partie de la science.

Ensuite, au niveau institutionnel et dans ses composantes, les facultés, les instituts, les centres, les groupes de recherche, les chaires… ; l’institution et ses composantes ont le droit et le devoir de préserver et promouvoir la liberté académique dans la conduite de leurs activités tant internes qu’externes.

Enfin, l’obligation pour l’autorité publique de respecter et protéger la liberté académique et de prendre les mesures adéquates pour assurer la jouissance effective de ce droit et le promouvoir.

Concernant ce dernier point, il est intéressant d’observer que certains états ont inscrit la liberté académique dans leur constitution. De manière plus générale, les états qui financent massivement leurs universités, à hauteur de plus de 3% de leur produit intérieur brut ! (la moyenne européenne est de 1.3%), sont paradoxalement ceux qui se mêlent le moins de l’organisation de leur paysage universitaire et de la gestion interne des universités, ce qui attire les fonds privés.

2) Le deuxième principe qui nous inspire est l’autonomie des universités et la liberté d’association. Toute perte d’autonomie réduit la liberté académique, la liberté de choix des partenaires pour concevoir et réaliser un projet commun. L’autonomie responsabilise. Elle permet à toute université responsable de gérer sainement le subside public qui lui est confié, d’en rendre compte et d’assumer ses choix stratégiques. Elle nous permet d’investir dans le rêve ; de porter l’idéal académique tout en assurant une gestion saine.

3) Le troisième principe réside dans le lien irréductible entre l’enseignement et la recherche. Certains Etats ont découplé de manière structurelle l’acquisition des connaissances nouvelles de la formation universitaire. Ils en mesurent les effets néfastes et tentent de remédier aux conséquences de cette séparation. Dans une prise de position récente, la Conférence des recteurs francophones, le CRef, a rappelé avec force que « la recherche est un élément structurant de l’enseignement universitaire. Non pas que de la recherche ne puisse être conduite en dehors de l’Université, mais parce que l’enseignement à l’Université y puise sa spécificité. ».

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Erasme, auteur de " L'éloge de la folie", par Publius-historicus

Plan :
1- Formation d'un humaniste chrétien (1466-1504)
2- Citoyen du monde (1504-1517)
3- Dans la tourmente : Luther/Erasme (1517-1529)
4- Le retrait du monde (1529-1536)

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