11/12/2012

Herman van Rompuy: "De la guerra a la paz: una historia europea"


 
 

 

Conferencia del Nobel de la Paz:

En nombre de la Unión Europea :

1) Herman Van Rompuy, Presidente del Consejo Europeo y

2) José Manuel Durão Barroso, Presidente de la Comisión Europea

Oslo, 10 de diciembre de 2012

"De la guerra a la paz: una historia europea"

[El presidente Van Rompuy toma la palabra:]

Sus Majestades, Sus Altezas Reales, Jefes de Estado y de Gobierno, Miembros del Comité Noruego del Nobel, Excelencias, Señoras y Señores,

Es con humildad y gratitud que estamos aquí juntos, para recibir este premio en nombre de la Unión Europea.

En un momento de incertidumbre, este día recuerda a la gente de toda Europa y al mundo entero el objetivo fundamental de la Unión: promover la fraternidad entre las naciones europeas, tanto ahora como en el futuro.

Es nuestro trabajo de hoy. Ha sido el trabajo de las generaciones que nos precedieron. Y será el trabajo de generaciones después de nosotros.

Aquí en Oslo, quiero rendir homenaje a todos los europeos que soñaban con un continente en paz consigo mismo, y a todos los que día a día hacen de este sueño una realidad. Este premio les pertenece.

La guerra es tan antigua como Europa. Nuestro continente tiene las cicatrices de lanzas y espadas, cañones y armas de fuego, trincheras y tanques, y más.

La tragedia de todo esto resuena en las palabras de Herodoto, hace 25 siglos: "En la paz, los hijos entierran a sus padres. En la guerra, los padres entierran a sus hijos. "

Sin embargo, después de que dos guerras terribles dejaran hundido el continente y el mundo con él, por fin la paz duradera llegó a Europa.

En aquellos días grises, sus ciudades estaban en ruinas, los corazones de muchos todavía latían con el luto y el resentimiento. ¿Cuán difícil parecía entonces, como Winston Churchill lo dijo, "el recuperar las sencillas alegrías y esperanzas que hacen que la vida valga la pena vivirla ".

Como un niño nacido en Bélgica, justo después de la guerra, escuché las historias de primera mano. Mi abuela hablaba sobre la Gran Guerra. En 1940, mi padre, entonces con diecisiete años, tuvo que cavar su propia tumba. Pero se escapó; de lo contrario yo no estaría hoy aquí.

En aquél entonces, cuán audaz era el reto, para los fundadores de Europa, el osar decir sí, podemos romper este ciclo sin fin de la violencia, podemos detener la lógica de la venganza, podemos construir un futuro mejor, juntos. ¡Qué inmenso poder de la imaginación!

Por supuesto, la paz podría haber llegado a Europa fuera de la Unión. Quizás. Nunca lo sabremos. Pero nunca habría sido de la misma calidad. Una paz duradera, en lugar de un helado alto el fuego. Para mí, lo que la hace tan especial, es la reconciliación.

En la política como en la vida, la reconciliación es la cosa más difícil. Va más allá del perdón y olvidar, o simplemente del pasar la página.

Pensar en lo que Francia y Alemania habían sufrido, y entonces dar este paso. La firma de un Tratado de Amistad. Cada vez que escucho estas palabras – “Freundschaft, Amitié” -, me conmueven. Son palabras privadas, es decir: no para los tratados entre las naciones.

Pero la voluntad de no dejar que la historia se repita, para hacer algo radicalmente nuevo, fue tan fuerte, que había que encontrar palabras nuevas. Para las personas Europa era una promesa, Europa se hizo sinónima de esperanza.

Cuando Konrad Adenauer llegó a París para concluir el tratado del Carbón y del Acero, en 1951, una noche se encontró con un regalo que le esperaba en su hotel. Fue una medalla de guerra, “une Croix de Guerre”, que había pertenecido a un
soldado francés. Su hija, una joven estudiante, la había dejado con una pequeña nota para el Canciller, como gesto de reconciliación y esperanza.

Puedo evocar muchas otras imágenes conmovedoras, que conservo en mi memoria. Los líderes de los seis Estados se reunieron para abrir un nuevo futuro, en Roma, “città eterna”. Willy Brandt arrodillado en Varsovia. Los estibadores de Gdansk, a las puertas de su astillero. Mitterrand y Kohl de la mano. Dos millones de personas uniendo a Tallin con Riga y Vilnius en una cadena humana, en 1989. Estos momentos han sanado a Europa.

Pero los gestos simbólicos por sí solos no pueden consolidar la paz. Aquí es donde entra en juego el "arma secreta“ de la Unión Europea: una forma sin igual de unir nuestros intereses con tanta fuerza, que la guerra se convierte en materialmente imposible. A través de constantes negociaciones, cada vez con más temas y cada vez entre más países.

Es la regla de oro de Jean Monnet: "Mieux vaut se disputer autour d'une table que sur un champ de bataille. "(" Más vale discutir en torno a una mesa que luchar en un campo de batalla. ") Si tuviera que explicárselo a Alfred Nobel, yo diría: no es sólo un congreso de paz, es un congreso de paz perpetua!

Es cierto que algunos aspectos pueden ser desconcertantes, y no sólo para los forasteros. Los ministros de los países sin litoral discutiendo apasionadamente sobre el contingente de pescado. Europarlamentarios de Escandinavia debatiendo el
precio del aceite de oliva. La Unión ha perfeccionado el arte del compromiso.

Sin drama de victoria o de derrota, sino asegurando que todos los países salgan victoriosos de las conversaciones. La aridez de la política es sólo un pequeño precio a pagar por ello. El empeño funcionó. La paz es ahora evidente. La guerra se ha convertido en inconcebible. Sin embargo, "inconcebible" no quiere decir "imposible".

Y por eso estamos aquí reunidos. Europa debe mantener su promesa de paz. Creo que este es aún el objetivo último de nuestra Unión. Pero Europa ya no puede confiar solamente en esta promesa para inspirar a sus ciudadanos.

En cierto modo, es algo bueno; los recuerdos de los tiempos de guerra se desvanecen. Aunque todavía no en todas partes. El dominio Soviético sobre el Este de Europa terminó hace sólo dos décadas. Poco después tuvieron lugar en los Balcanes horribles masacres. Los niños nacidos en el momento de Srebrenica sólo cumplirán los dieciocho el año que viene. Pero ya tienen hermanos y hermanas nacidos después de esa guerra: la primera gran generación de la posguerra de Europa. Esto debe seguir siendo así.

Por lo tanto, donde había guerra, ahora hay paz. Pero ahora tenemos ante nosotros otra tarea histórica: el mantener la paz donde hay paz.

Después de todo, la historia no es una novela, ni un libro que se puede cerrar tras un final feliz: seguimos siendo plenamente responsables de lo que está por venir.

Esto no podría estar más claro de lo que está hoy, cuando estamos siendo golpeados por la peor crisis económica en dos generaciones, crisis que causa grandes dificultades en nuestro pueblo, y que somete a ruda prueba los vínculos políticos de nuestra Unión.

Los padres que luchan por ganarse la vida; los trabajadores recientemente despedidos; los estudiantes que temen que, a pesar de lo mucho que lo intenten, no van a conseguir ese primer trabajo que buscan: cuando todos ellos piensan en Europa, la paz no es lo primero que les viene a la mente...

Cuando la prosperidad y el empleo, el fundamento de nuestras sociedades, parecen amenazados, es natural ver un endurecimiento de los corazones, la reducción de los intereses, incluso el retorno de las líneas de falla y de los estereotipos olvidados desde hacía mucho tiempo. Para algunos, no sólo las decisiones conjuntas, sino el hecho mismo de decidir conjuntamente, pueden ser objeto de duda. Y si bien hay que tener un sentido de la proporción – ya que incluso esas tensiones no nos harán volver a la oscuridad del pasado -, la prueba a la que Europa se enfrenta actualmente es real.

Si se me permite expresarlo con las palabras de Abraham Lincoln en el momento de otra prueba continental, lo que hoy se está evaluando es "si esa Unión, o cualquier Unión concebida y consagrada así, puede aguantar mucho tiempo".

Nosotros respondemos con nuestras obras, seguros de que tendremos éxito. Estamos trabajando muy duro para superar la dificultades con el fin de restablecer el crecimiento y el empleo. Hay, por supuesto pura necesidad. Pero hay algo más que nos guía: la voluntad de seguir siendo dueños de nuestro propio destino, un sentimiento de unión, y de alguna manera algo que nos habla con la voz de los siglos, la idea de la identidad de Europa.

La presencia aquí hoy de tantos líderes europeos pone de relieve nuestra convicción común de que vamos a salir de esta crisis todos juntos e incluso más fuertes. Lo suficientemente fuertes en el mundo para defender nuestros intereses y promover nuestros valores. Todos trabajamos para dejar una Europa mejor para los niños de hoy y los de mañana. De manera que, más tarde, otros puedan recordar y juzgar: que la generación, la nuestra, preservó la promesa de Europa.

Los jóvenes de hoy ya están viviendo en un mundo nuevo. Para ellos, Europa es una realidad cotidiana. No es la restricción de estar en el mismo barco. Sino la riqueza de poder compartir libremente, viajes y cambios. Para compartir y dar forma a un continente, experiencias, un futuro.

Nuestro continente, surgido de las cenizas después de 1945 y unido en 1989, tiene una gran capacidad para reinventarse a sí mismo. Le toca a las generaciones siguientes el tomar esta aventura común adicional. Espero que aprovechen esta
responsabilidad con orgullo. Y que ellos van a ser capaces de decir, como nosotros aquí hoy: Ich bin ein Europäer.

Je suis fier d'être européen. Me siento orgulloso de ser europeo. I am proud to be European.

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Traducción de Salvador García Bardón

Texto original en inglés

 

13/07/2012

Jesuitas en la Conferencia Rio +20

 

 
 

 

Más de 40 jesuitas han participado en las dos Conferencias sobre economía sostenible y el clima, que han tenido lugar en Río, del 18 al 22 de junio, de modo paralelo: la Conferencia oficial Río + 20 y la “Cúpula de los Pueblos”, propia de los movimientos sociales.

La Conferencia oficial ha sido un fracaso anunciado. La causa principal de este fracaso es el que los estados no desean adquirir compromisos, ni que estos sean verificables.

La conferencia paralela de la Cúpula de los Pueblos ha sido más interesante. Ella ha mostrado nítidamente que existe un clamor de escala mundial de comunidades y grupos que están trabajando por proteger el clima y el medioambiente.

Cara al futuro, la mayor esperanza procede de estos grupos conscientes y activos que proliferan en todo el mundo.

El futuro del planeta y de los pobres -que son los más amenazados- se jugará principalmente en cambios culturales de una ciudadanía global, que ya comparte problemáticas y destino. Este es un campo privilegiado para la misión tanto de la Compañía como de la Iglesia.

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Durante la semana del 18 al 22 de junio nos reunimos en Río de Janeiro más de 40 jesuitas. Muchos acudíamos para participar en la reunión anual de los centros sociales de la Conferencia de Latinoamérica y Caribe, que tuvo lugar los dos primeros días. Otros venían de Europa y Asia Pacífico como miembros de la Red de advocacy ignaciano sobre Ecología. Estos últimos han estado alimentando EcoJesuit, una página web fruto de la colaboración internacional que está teniendo una creciente acogida por su claridad y su rigor.

Todas estas personas hemos tomado parte en las dos Conferencias sobre economía sostenible y el clima que han tenido lugar en Río esos días de modo paralelo: la Conferencia oficial Rio + 20 y la “Cúpula de los Pueblos”, propia de los movimientos sociales. Mientras esta última se celebraba en la ciudad junto a la playa de Botafogo, en uno de los lugares privilegiados de esta ciudad preciosa, la primera ha tenido lugar a casi 40km de la ciudad, para evitar los riesgos de manifestaciones y protestas.

La Conferencia oficial ha sido un fracaso anunciado. El documento final no comporta compromisos para los gobiernos a nivel internacional. A día de hoy sabemos que los problemas relacionados con el cambio climático y el cuidado del medioambiente pueden ser abordados, pues contamos con los recursos para hacerlo. Las soluciones son costosas, pero no tomar medidas hoy implicará costes muy superiores en el futuro. El tiempo apremia antes de que se superen los umbrales que comporten de cambios irreversibles, por lo que se requiere una acción coordinada internacional. Es ahí donde está la dificultad: los estados no desean adquirir compromisos, ni que estos sean verificables. No es que no estén preocupados; al contrario, casi todos están tomando sus propias medidas. Pero no quieren controles externos que consideran intromisiones en la soberanía nacional. Entre ellos, los países más ricos no desean gastos adicionales en tiempos de crisis económica y los emergentes están luchando por escalar posiciones en el ranking económico mundial. El medioambiente, cuyos cambios son de ciclo largo, parece que pudiera esperar.

Más interesante ha sido la conferencia paralela de la Cúpula de los Pueblos. Menos fría y con más pasión; no tan tecnificada en sus recursos, sino más viva y popular; con menos cosmética y más humilde. Sin embargo, La Cúpula mostraba nítidamente que existe un clamor de escala mundial de comunidades y grupos que están trabajando por proteger el clima y el medioambiente. Algunas comunidades son de campesinos e indígenas que defienden sus tierras y sus modos de vida de la amenaza de la minería, de los monocultivos de la agroindustria y de los grandes proyectos de desarrollo. Estas actividades producen desplazamientos de personas y miseria. Son también numerosos los grupos muy sensibilizados con la temática dispuestos a adoptar cambios personales y culturales que promuevan un estilo de vida menos agresivo con el medioambiente y que haga justicia a las poblaciones más amenazadas. Todos ellos reclamaban con fuerza una nueva economía centrada en las personas, que disminuya la desigualdad y la pobreza y que no sitúe el mito del crecimiento como la vía de solución de los problemas de la humanidad.

La mayor esperanza procede de estos grupos conscientes y activos que proliferan en todo el mundo. Es cierto que también se necesita el compromiso firme de los estados y cambios en el modo de organizar la economía. Pero ni políticos, ni quienes manejan la economía cuentan en la actualidad con los resortes necesarios para el cambio. Los primeros porque tienen una mirada cortoplacista; los segundos porque no responden ante nadie, sólo ante el interés del mayor lucro. En el caso de los políticos únicamente una presión creciente de la opinión pública podrá alterar sus respuestas.

En las próximas décadas el futuro del planeta y de los pobres -que son los más amenazados- se jugará principalmente en cambios culturales -de convicciones, actitudes y compromisos- de una ciudadanía global, que ya comparte problemáticas y destino. Este es un campo privilegiado para la misión de la Compañía y de la Iglesia. Es mucho lo que tenemos por hacer.

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Patxi Álvarez SJ, Director Responsable
Xavier Jeyaraj SJ, Redactor
Secretariado para la Justicia Social y la Ecología, Borgo S. Spirito 4, 00193 Roma, Italia

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13.07.12 | 12:00. Archivado en EuropaLas AméricasSociogenéticaÉticaMigracionesPro justitia et libertate,GeopolíticaÁfricaAsiaOceaníaEcologíaEcumenismoJesuitas

02/01/2012

2012, Año Unamuniano por una Universidad al servicio de la sociedadtre de la note

 

Unamuno apostó hace años porque la universidad contribuyera a la formación y al bienestar de la sociedad; ahora debemos recoger su testigo y luchar porque esta crisis no se lleve por delante los logros sociales como son la educación pública de calidad y la investigación científica y tecnológica.

 

Como rector de la Universidad Salmanticense, a partir del año 1900, Unamuno aborda en sus discursos, intervenciones y medidas administrativas, aspectos que hasta entonces no se habían cuestionado de manera efectiva, como los deberes del profesorado o la necesidad de contar con una universidad vinculada a su entorno, al servicio de la sociedad, que contribuyese a aclarar una "niebla" que envolvía la vida social, política y económica de la época.

 

Con sus luces y sus sombras, los primeros 14 años del primer rectorado de Unamuno contribuyeron a crear en Salamanca un núcleo de pensamiento que situó a la institución en el centro de muchas de las disputas intelectuales de la época, siendo su rector el principal protagonista. Su figura dio una visibilidad sin precedentes a una institución que, como otras universidades españolas de la época, languidecía en medio de disputas políticas, y puso en el punto de mira una característica que hoy en día se presupone en los centros de educación superior, que no es otra que la preocupación por aportar a la sociedad pensamiento crítico e intelecto capaz de ayudar a resolver sus problemas.

 

Cuando finaliza en 1914 su primera etapa como rector, Unamuno era ya uno de los más prestigiosos intelectuales españoles de la época con una gran presencia pública derivada de sus posicionamientos políticos. Este protagonismo continuará posteriormente con sus posiciones como "aliadófilo" durante la I Guerra Mundial, como defensor de la Segunda República y, años más tarde, como un desencantado con ella, hasta el punto de apoyar inicialmente el alzamiento militar del 36.

 

Su preocupación por el mundo en que vivía y su arrolladora personalidad hicieron que hasta sus últimos días su figura fuese controvertida y polémica; pero esas características también han hecho que hoy en día siga siendo uno de los rectores más conocidos y admirados de cuantos ha tenido esta institución.

 

En estos momentos en que recordamos el 75º aniversario de su muerte, que tuvo lugar en Salamanca el 31de diciembre de1936, nos encontramos de nuevo ante momentos difíciles y su figura debe servirnos de inspiración y revulsivo para luchar para que las universidades ocupen un lugar central en la salida de la crisis, para que esta salida se base, y probablemente no hay otro camino, en el conocimiento y la innovación que en ella se crean y se desarrollan.

 

Unamuno apostó hace años porque la universidad contribuyera a la formación y al bienestar de la sociedad; ahora debemos recoger su testigo y luchar porque esta crisis no se lleve por delante los logros sociales como son la educación pública de calidad y la investigación científica y tecnológica.

 

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La intelectualidad como arma publicitaria.
Daniel Hernández Ruipérez, Rector de la Universidad de Salamanca.

 

La intelectualidad de don Miguel de Unamuno, unida a su irreverencia, hizo que gran parte de su actividad constituyera, aunque sólo fuese de manera implícita, una auténtica campaña publicitaria para la Universidad de Salamanca. Una publicidad que no puede sino sorprendernos, por cuanto se produjo en una época en la que la Academia se percibía como una institución gris, incapaz de aportar beneficios a una sociedad necesitada de líderes y de expertos que la guiara en medio de una crisis del liberalismo tan profunda como para terminar en un conflicto irresoluble y en una guerra fratricida que se iniciaría en el 36.

 

Desde su llegada a Salamanca en 1891, para tomar posesión de la cátedra de griego, Unamuno se va haciendo destacar en la comunidad universitaria en gran mayoría átona, y es ese papel relevante con resonancias en toda España el que motiva su nombramiento como rector en el año 1900. Sus mandatos están plagados de discursos, intervenciones y medidas que buscan ser un revulsivo para la opinión pública, pero también para los propios universitarios. Aborda aspectos que hasta entonces no se habían cuestionado de manera efectiva, como los deberes del profesorado o la necesidad de contar con una universidad vinculada a su entorno, al servicio de la sociedad, que contribuyese a aclarar una "niebla" que envolvía la vida social, política y económica de la época. Es cierto que en el horizonte intelectual de Unamuno no estaba, como tampoco en el de otros pensadores españoles de su época, la inteligencia de la universidad como un espacio en el que investigación y docencia se manifiestan como dos caras de la misma moneda; los mejores intelectuales españoles del momento no concibieron, ni siquiera comprendieron, el modelo humboldtiano de universidad, que ha sido la base de la universidad moderna. Un modelo que ha sido la causa del desarrollo de la investigación y de su influencia en el progreso, que ha caracterizado desde el final del siglo XIX a otros sistemas universitarios.

 

Con sus luces y sus sombras, esos primeros 14 años de rectorado de Unamuno contribuyeron a crear en Salamanca un núcleo de pensamiento que situó a la institución en el centro de muchas de las disputas intelectuales de la época, siendo su rector el principal protagonista. Su figura dio una visibilidad sin precedentes a una institución que, como otras universidades españolas de la época, languidecía en medio de disputas políticas, y puso en el punto de mira una característica que hoy en día se presupone en los centros de educación superior, que no es otra que la preocupación por aportar a la sociedad pensamiento crítico e intelecto capaz de ayudar a resolver sus problemas.

 

Unamuno fue, sin duda, pionero en utilizar la intelectualidad como arma publicitaria, y él mismo prefería, en ocasiones, sustituir esa cualidad de intelectual que se le atribuía por otras como "agitador de espíritus", ¿espiritual" o ¿publicista".

 

Cuando finaliza en 1914 su primera etapa como rector, Unamuno era ya uno de los más prestigiosos intelectuales españoles de la época con una gran presencia pública derivada de sus posicionamientos políticos. Este protagonismo continuará posteriormente con sus posiciones como "aliadófilo" durante la I Guerra Mundial, como defensor de la Segunda República y, años más tarde, como un desencantado con ella, hasta el punto de apoyar inicialmente el alzamiento militar del 36.

 

Su preocupación por el mundo en que vivía y su arrolladora personalidad hicieron que hasta sus últimos días su figura fuese controvertida y polémica; pero esas características también han hecho que hoy en día siga siendo uno de los rectores más conocidos y admirados de cuantos ha tenido esta institución. En estos momentos en que recordamos el 75º aniversario de su muerte, nos encontramos de nuevo ante momentos difíciles y su figura debe servirnos de inspiración y revulsivo para luchar para que las universidades ocupen un lugar central en la salida de la crisis, para que esta salida se base, y probablemente no hay otro camino, en el conocimiento y la innovación que en ella se crean y se desarrollan.

 

Unamuno apostó hace años porque la universidad contribuyera a la formación y al bienestar de la sociedad; ahora debemos recoger su testigo y luchar porque esta crisis no se lleve por delante los logros sociales como son la educación pública de calidad y la investigación científica y tecnológica. Debemos buscar el modo de hacer entender a la sociedad que en las universidades están las vías para mejorar la situación en la que nos encontramos. Para ello, además de crear, de enseñar, de innovar y de transferir conocimientos, necesitamos seguir una senda donde haya ideas nuevas capaces de dar a nuestra institución una visibilidad como la que Unamuno logró en su momento.

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