26/03/2013

José-Luis Caravias SJ: “Gracias a Bergoglio estoy con vida"

 

1. Declaraciones de José-Luis Caravias SJ al periodista paraguayo Hugo Ruiz Olaza
2. Algunos jalones de la vida de José-Luis Caravias SJ hasta su expulsión de Argentina
3. Odisea de José-Luis Caravias SJ, contada por él mismo, desde su expulsión de Argentina

“El padre Bergoglio me salvó la vida. Me facilitó escaparme de los militares aquellos"

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1. Declaraciones de José-Luis Caravias SJ al periodista paraguayo Hugo Ruiz Olaza

El papa Francisco, cuando fue provincial jesuita en 1975, salvó la vida del sacerdote español José Caravias, radicado actualmente en Paraguay, y la de otros dos curas, amenazados de muerte en Buenos Aires por el grupo paramilitar "Triple A", reveló el religioso.

"Cuando el provincial, que era Bergoglio, me dijo: 'tengo noticias de que la Triple A decretó tu muerte y de (el húngaro Francisco) Jalics, yo consideré que no valía la pena hacerse el héroe", relató Caravias en una entrevista en su lugar de residencia, la parroquia Cristo Rey de Asunción.

"A mí ya me habían expulsado de Paraguay en 1972. Conocía la ferocidad de la dictadura. En cambio, Jalics se hizo el valiente y se quedó en Buenos Aires, y casi le cuesta la vida. No quiso irse y lo pasó muy mal. Lo torturaron mucho. Bergoglio lo salvó. Se empeñó en averiguar donde estaba. Si no lo reclamaba lo mataban. También salvó al argentino Orlando Yorio", continuó.

Yorio falleció en el año 2000.

"Yo puedo dar testimonio de la advertencia que nos hizo a Jalics y a mí, pero no de Yorio", aclaró Caravias.

"Ambos trabajábamos en las villas miseria de Buenos Aires".

El religioso relató que ellos tuvieron conocimiento de los tormentos a los que fueron sometidos otros curas. "Por eso digo que Bergoglio a mí me salvó la vida, porque a tiempo me pudo avisar", precisó.

"En esos meses anteriores habían matado a varios sacerdotes, uno de ellos, el padre Mauricio Silva. Era un padre barrendero. Era empleado barrendero. Lo mataron torturándolo. La cosa no era broma", dijo.

- ¿Por qué lo mataron?

- "Porque era cura barrendero, porque era un testimonio. Ni supimos donde estaba. Eran capaces de cometer brutalidades sin ninguna explicación.
Estando en la calle Corrientes, un coche se lo llevó. No pudimos encontrar dónde estaba.Yo era muy amigo de él. Compartíamos mucho de noche. Cuando terminábamos nuestro trabajo nos reuníamos en su casa.

A los varios meses lo soltaron en las puertas de un hospital, moribundo, flaco. Y ahí murió. Fue muy torturado", señaló el sacerdote.

Caravias recordó que estando en casa de sus familiares en Málaga (España) recibió la encomienda de trasladarse a Ecuador, adonde el jefe provincial de Roma lo envió para trabajar con indígenas. "En Ecuador estuve 14 años".

En Paraguay, Caravias trabajaba para organizar a los campesinos en cooperativas. "Un día me alzaron en una camioneta de la policía y me arrojaron en Clorinda (Argentina). No olvida la fecha. "Fue el 5 de mayo de 1972", dijo.

"De ahí fue a trabajar con obrajeros de la provincia del Chaco argentino. Formamos un sindicato de hacheros, gente muy explotada, muy maltratada. De allí ya fui corrido con amenazas de muerte y fui a parar a Buenos Aires", precisó.

Dijo que él podía dar testimonio de lo que hizo el entonces padre Bergoglio, al tiempo de calificar de "calumnia terrible" la versión de que supuestamente el ex provincial entregó a sus compañeros.

"Gracias a Bergoglio estoy con vida y hoy estoy aquí hablando con usted", manifestó Caravias con convicción.

El sacerdote jesuita, autor de unos 40 libros y ensayos vinculados al área social, se confesó socialista y atribuyó las "calumnias" contra el Papa al "gran capitalismo internacional".

"Lo quieren ensuciar. Es muy peligroso para ellos que un Papa denuncie la pobreza mundial", enfatizó.

Sostuvo que el "capitalismo" habrá considerado como una afrenta el hecho de que el Pontífice haya adoptado el nombre de Francisco, en honor a San Francisco de Asis, "el rico que prefirió vivir como pobre". (1)

Caravias justifica los periodos de silencio de Bergoglio en los años 70 y estima que “por supuesto que no era momento para ser valiente, porque denunciar era motivo de cárcel y de muerte”, al referirse a la sangrienta dictadura militar argentina de esos años, encabezada por el presidente de facto Jorge Rafael Videla.

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2. Algunos jalones de la vida de José-Luis Caravias SJ hasta su expulsión de Argentina

El misionero y polígrafo jesuita José-Luis Caravias, perseguido por la dictadura argentina tras haberlo sido por la paraguaya, nació en Alcalá la Real (Jaén), Andalucía, a finales de 1935. Creció e hizo sus estudios primarios en Coín (Málaga), tras los cuales cursó sus estudios secundarios en el colegio jesuita San Estanislao de Kostka de El Palo (Málaga).

En 1953, a los 18 años, ingresó en el Noviciado de El Puerto de Santa María, teniendo como maestro de novicios al padre José Gómez, del que dice: "me inyectó lo más importante: un deseo grande de conocer, amar y seguir a Jesucristo. ¡Este poderoso motor me llevaría muy lejos y me haría superar muchos obstáculos!".

Tras los dos años de noviciado (1953-1955), también hizo en el colegio San Luis Gonzaga de El Puerto de Santa María, durante tres años (1955-1957), los estudios superiores en culturas, lenguas y literaturas clásicas y modernas del "juniorado". Entre sus maestros recuerda con especial cariño al padre Salvador Loring, que considera su maestro en escritura: "nos hacían estudiar hasta la saciedad los clásicos griegos y latinos, lo cual dejó en mí un hábito de pensamiento ordenado. Y un excelente profesor de Literatura, el P. Salvador Lóring, me enseñó a escribir, de lo que le quedo eternamente agradecido." Durante estas época se ofreció al padre provincial como voluntario para trabajar en Paraguay.

Entre 1957 y 1961 estudió filosofía en la Facultad filosófica complutense SJ de Alcalá de Henares. Entre sus maestros de Alcalá destaca la importancia que tuvo para él la personalidad del padre José-María Díez Alegría con la orientación social de su curso de ética y su compromiso vivencial con los pobres en El Pozo del Tío Raimundo de Madrid: "en esta época me marcó para siempre la línea social del P. Díez Alegría, mi profesor de Ética."

Su deseo de trabajar en Paraguay como "maestrillo" lo pudo cumplir entre 1961 y 1964: "Mis tres años de magisterio los hice en Asunción del Paraguay, a partir de 1961, en el colegio Cristo Rey."

Volvió a España para estudiar en la Facultad de Teología de Granada durante cuatro años (1964-1968). A partir del segundo curso obtuvo el "privilegio" de poder convivir en un barrio granadino con familias gitanas: "Unas lluvias torrenciales habían hundido en Granada las cuevas de los gitanos. El Gobierno los había instalado en “albergues provisionales”. Varios grupos de estudiantes jesuitas conseguimos permiso para ir a vivir con ellos y como ellos. A mí me tocó “El Chinarral”, una vieja fábrica en ruinas en cuyos patios se habían construido cuartitos de 3 x 2 metros, con paredes de caña y yeso, que no aislaban ni ruidos ni olores. Unos solos baños comunes. Una sola llave de agua."

Gozando ya del fruto de esta experiencia apostólica, fue ordenado sacerdote, tras el tercer curso de teología, el 14 de julio de 1967.

De vuelta en Paraguay, recién terminada la teología en 1968 y su tercera probación, en 1969, trabaja primero como sacerdote-campesino, luego como encargado de la formación campesina dentro de las Ligas Agrarias y por fin como asesor nacional de las Ligas Agrarias Cristianas, nombrado en asamblea, hasta que, según lo cuenta él mismo: "en mayo del 72, un piquete policial me secuestró y violentamente me arrojó en una calle de Clorinda (Argentina), sin ropa, sin dinero y sin documentos." (2)

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3. Odisea de José-Luis Caravias SJ, contada por él mismo, desde su expulsión de Argentina

16. Corrido de Argentina

La vida en el Chaco se iba enrareciendo hasta grados asfixiantes. Hasta el mismo obispo de Saenz Peña, que tanto había apoyado al “Equipo Monte”, acabó poniéndose en contra nuestra.

Las ácidas intrigas de los obrajeros acabaron por agujerear las defensas eclesiales. Documentos “policiales” revoloteaban agriando el aire en contra nuestra.

A los dos jesuitas que trabajábamos en la diócesis nos visitó el Provincial del Paraguay, Bartomeu Vanrrell. Él le exigió al obispo que le diera copia de las denuncias en contra nuestra, pero se negó en rotundo.

Estando el P. Vanrrell en la casa parroquial de La Tigra, donde era párroco mi compañero Vicente Barreto, éste encontró en la sacristía una caja vacía de una ametralladora, parecía que rusa. Inteligentemente la destruyó y enterró.

A la mañana siguiente la Policía Federal se presenta alegando que tenían una denuncia contra el párroco por estar repartiendo armas entre los campesinos… Fueron derechos a la sacristía, y al no encontrar nada, lo rompieron todo…

El P. Vanrrell nos ordenó dejar de inmediato la zona. Pues la próxima vez la misma policía podría dejar un arma metida por ellos mismos…

Me fui a Buenos Aires, al Teologado de San Miguel, donde pasé seis meses estudiando Cristología. Ahí redacté “Cristo nuestra esperanza”, con sed de identidad. Y poco a poco fui metiéndome en los barrios periféricos en los que vivían los paraguayos.

◊ Pero después de no mucha actividad, el P. Provincial de Argentina me pidió salir inmediatamente del país, pues tenía noticias de que la “Triple A” había decretado mi muerte, junto a la de otros dos jesuitas más. ◊

Antes de marcharme de Argentina, quise despedirme de mis muchos amigos del Chaco. Y en Resistencia, después de un día de reuniones, al anochecer, me apresó la policía, junto con la religiosa que me llevaba en su Citroën, María Elena, con la que habíamos puesto en marcha el sindicato de hacheros.

Escuché cómo el comisario pedía informes sobre mí, y cómo por largo rato tecleó el telex. Después me leyó lentamente el largo mensaje recibido. A cada rato levantaba su mirada y me preguntaba:

- ¿Es esto verdad?

- Si ahí está escrito… -era mi constante respuesta.

La verdad es que estaban muy bien informados de mis actividades. Parecía “bien fichado”. Hasta sabían a qué hora y con quiénes había tomado un helado esa misma tarde.

Después me hicieron creer que me iban a hacer “desaparecer”, sacándome a “pasear”, muy bien armados, con fusiles largos, en un coche rojo.

A la vuelta a la comisaría, llevando todos mis enseres personales, me metieron en un calabozo. ¡Qué duro me resonó el ruido seco del cerrojo! No sabía qué iba a ser de mí. ¡Es terrible esa inseguridad!

Era una noche de terrible calor húmedo. A la vuelta del “paseo”, cuando me tumbé aliviado, ¡vivo!, en aquel jergón del calabozo, al apoyar mi cabeza en la almohada, altamente mugrienta, se me pegó a ella la cara y, al levantarla, hilos de mugre entre almohada y cara parecían como que me amarraban al camastro.

Y allá sentí de nuevo a Jesús. ¡Cuántas personas habían apoyado en esa almohada su cara como para poder acumular tanta suciedad! ¡En cada preso había sudado Jesús! Ese Jesús de la seducción y de la cruz… Ese Jesús que me esperaba de nuevo disfrazado con un mugriento disfraz…

Después de fotografiarme en todas las posturas sujetando un número con mis manos, y de tomarme las diez huellas digitales, a media mañana del día siguiente me dejaron libre con la orden expresa de que me fuera inmediatamente del país… Tuve que volver a Buenos Aires. Y tres días más tarde estaba ya volando.

17. Monseñor Proaño me desacompleja

Salía de Argentina dolido, solo, fracasado, acomplejado… Llevaba varios escritos que parecían ser impublicables, entre ellos “Cristo nuestra esperanza” y “Consagrados a Cristo en los pobres”. El Provincial me había comunicado que ningún obispo argentino había querido ni siquiera mirar mis originales.

Alguien de confianza me dijo que el presidente de la Conferencia Episcopal, mons. Tortolo, había dicho que a comunistas como yo había que echarlos de la Iglesia por los medios que fuera.

Pesimista, desanimado, con un terrible complejo de hereje en mi corazón, emprendí mi segundo destierro. Parecía que nadie me quería en la Iglesia. Me sentía derrotado. La crisis vocacional me mordía con rabia de nuevo: ¿Valía la pena tanta lucha a contracorriente?

Pero a pesar de todo, me propuse pasar por diversos países latinoamericanos, buscando en cuál de ellos podría proseguir mi compromiso con el campesinado. Con la venta de mi “Dos Caballos”, cochecito con el que había visitado multitud de obrajes chaqueños, compré un boleto de avión hacia España con escala en casi todas las capitales de Sudamérica. Y así recalé en Ecuador, con una obsesión: visitar a Monseñor Proaño, el apóstol de los indios. Necesitaba vitalmente que un obispo siquiera me comprendiera…

Desde Guayaquil me dirigí derecho a Riobamba. Allá fui en taxi a la casa de los jesuitas, pues sabía que la residencia del obispo estaba lejos. Y mi crisis se agravó. Aquellos “compañeros” hicieron lo imposible por convencerme de que no valía la pena visitar a aquel obispo “comunista”.

Triste, medio a escondidas, pedí a un taxista que me llevara a casa de “taita obispito”. El dueño de aquel “carro” destartalado puso cara de complacencia al conocer el destino. Me habló muy bien de su “taiticu”. El panorama comenzaba a aclararse.

El obispo, embutido en su poncho blanco y gris, con un sombrerito de fieltro de ala estrecha, al estilo de los puruháes, me recibió con una ternura inmensa. Su sonrisa suave me hacía sentir en familia. Me devolvió la paz. Sus ojos me acariciaban. Ahora era en la figura de un obispo donde se me presentaba Jesús, dándome seguridad.

◊ Casi al comienzo de nuestra conversa, al enterarse de dónde venía, me dijo que él tenía un escrito paraguayo sobre pastoral campesina, no sabía de qué autor, que había mandado editar en su diócesis, y quería que todos sus agentes pastorales fueran por un camino semejante.

Ante mi cara de admiración, enseguida se levantó para traérmelo. No tenía yo ni idea de quién pudiera ser el escrito.

Al ponerlo en mis manos me quedé helado. Se trataba de una edición mimeografiada con el nombre de “Experiencias campesinas en el Paraguay”, fechado en 1973, sin nombre de autor. ¡Era un escrito mío! Justo aquél que un obispo paraguayo había afirmado que se trataba de un escrito marxista que jamás un obispo católico podría apoyar… ◊

Lo que un obispo había condenado tan duramente, otro lo ponía como modelo en su diócesis. ¿Cómo quedaba entonces aquello del magisterio episcopal que tanto me habían refregado? ¿Cómo lo que para uno era malo para otro era muy bueno?

Monseñor Leonidas Proaño curó mi complejo de hereje. Encontré un obispo dispuesto a recibirme en su diócesis con inmenso cariño y esperanza.

Gracias, Leonidas Proaño. Desde el cielo me llega hasta hoy tu profunda sonrisa suave. Recuerdo tu frase en tu lecho de muerte, muy flaquito, como indígena hambriento, dicha a otro obispo, gran amigo con el que me identifico: “No tengas miedo a nada, ni al Vaticano siquiera. Tu camino es de Dios…”

18. Desconfianzas radicales

Monseñor Proaño me había reconfortado. Pero a la hora de intentar asentarme en el equipo de jesuitas que trabajaba con indígenas en Guamote, se me dijo educadamente que mi presencia entre ellos le podía traer problemas serios, y que sería mejor que buscara otro sitio.

La siguiente escala fue en Perú. Allá había otro equipo de compañeros comprometidos con los campesinos del norte, en Piura, en un programa educativo: CIPCA. Fui recibido con mucho cariño, pero temían que mi posible presencia con ellos aumentara los problemas que ya tenían con el gobierno: “Estás demasiado fichado…”

Pasé a Bogotá. Tomé contacto con el CINEP, institución jesuita dedicada a la formación campesina. La respuesta fue la misma: Sí, pero no.

La siguiente escala fue en Caracas. En el Gumilla se repitieron los mismos inconvenientes.
Con tristeza crucé el charco. Llegué a España. Y me sentí jesuíticamente huérfano. Fuera de mi familia, no tenía dónde ir. Parecía que nadie se fiaba de mí.

◊ A los quince días de permanencia en España mi madre recibió copia de un telegrama fechado en Buenos Aires, destinado al Provincial de Andalucía, en el que decía textualmente: “Padre Caravias no debe viajar Argentina razones seguridad”. Lo conservo aun. El susto de mi madre fue terrible. ◊
...
Un compañero jesuita, muy amigo mío, me preguntó:

◊ - Pero chiquillo, desahógate de una vez, con toda sinceridad. ¿A cuántas personas has matado? Si ya dos gobiernos te han expulsado, es porque algo muy gordo has cometido… ◊

Aquello me abrió los ojos. Rumores e informes muy negros recorrían mis ambientes. Juré con toda seriedad que jamás había tocado un arma de fuego. Pero parecía que no me creían.

Pasé varios meses sin ningún tipo de vinculación con ninguna comunidad jesuítica. Pero reaccioné en aquel desierto, e insistí por escrito: “Mi profesión religiosa me da derecho a exigir un destino” (20-9-1974). Y el P. General, P. Pedro Arrupe, que con todo cariño había presidido mi profesión en la Iglesia en ruinas de San Ignacio Miní de Argentina, en un gesto maravilloso de confianza, me destinó a Ecuador.
...

19. Cartas dolorosas

En los meses de mi destierro en España recibí diversas cartas, no muchas, que contaban, siempre en lenguaje figurado, las dificultades por las que muchos de mis amigos estaban pasando. Sus problemas no eran “moco de pavo”. Se trataba de torturas y muertes. La “Operación Cóndor” estaba en su apogeo…

◊ Ante mi insistencia en volver de nuevo a la Argentina, el P. Bergoglio me escribía el 15 de julio de 1975: “Respecto a tu posible venida aquí consulté a los doctores entendidos, y todos opinan que no te conviene el clima, ni aun por poco tiempo, pues temen una recaída en la enfermedad que tuviste en Resistencia pocos días antes de partir…” Se refería a aquella noche tenebrosa en un calabozo… ◊ (3)

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(1) Fuente: Hugo Ruiz Olazar/AFP: “El padre Bergoglio me salvó de la Triple A", afirma el jesuita Caravias
El hoy papa Francisco salvó la vida del sacerdote español José Caravias, radicado actualmente en Paraguay, y a otros dos curas, amenazados de muerte en Buenos Aires por el grupo paramilitar. El religioso hizo esta revelación hoy.
viernes, 22 de marzo de 2013

(2) y (3) Fuente: José L. Caravias sj: "Experiencias de Vida" La fuerza del Resucitado en mi vida (en elaboración)

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11/12/2012

Herman van Rompuy: "De la guerra a la paz: una historia europea"


 
 

 

Conferencia del Nobel de la Paz:

En nombre de la Unión Europea :

1) Herman Van Rompuy, Presidente del Consejo Europeo y

2) José Manuel Durão Barroso, Presidente de la Comisión Europea

Oslo, 10 de diciembre de 2012

"De la guerra a la paz: una historia europea"

[El presidente Van Rompuy toma la palabra:]

Sus Majestades, Sus Altezas Reales, Jefes de Estado y de Gobierno, Miembros del Comité Noruego del Nobel, Excelencias, Señoras y Señores,

Es con humildad y gratitud que estamos aquí juntos, para recibir este premio en nombre de la Unión Europea.

En un momento de incertidumbre, este día recuerda a la gente de toda Europa y al mundo entero el objetivo fundamental de la Unión: promover la fraternidad entre las naciones europeas, tanto ahora como en el futuro.

Es nuestro trabajo de hoy. Ha sido el trabajo de las generaciones que nos precedieron. Y será el trabajo de generaciones después de nosotros.

Aquí en Oslo, quiero rendir homenaje a todos los europeos que soñaban con un continente en paz consigo mismo, y a todos los que día a día hacen de este sueño una realidad. Este premio les pertenece.

La guerra es tan antigua como Europa. Nuestro continente tiene las cicatrices de lanzas y espadas, cañones y armas de fuego, trincheras y tanques, y más.

La tragedia de todo esto resuena en las palabras de Herodoto, hace 25 siglos: "En la paz, los hijos entierran a sus padres. En la guerra, los padres entierran a sus hijos. "

Sin embargo, después de que dos guerras terribles dejaran hundido el continente y el mundo con él, por fin la paz duradera llegó a Europa.

En aquellos días grises, sus ciudades estaban en ruinas, los corazones de muchos todavía latían con el luto y el resentimiento. ¿Cuán difícil parecía entonces, como Winston Churchill lo dijo, "el recuperar las sencillas alegrías y esperanzas que hacen que la vida valga la pena vivirla ".

Como un niño nacido en Bélgica, justo después de la guerra, escuché las historias de primera mano. Mi abuela hablaba sobre la Gran Guerra. En 1940, mi padre, entonces con diecisiete años, tuvo que cavar su propia tumba. Pero se escapó; de lo contrario yo no estaría hoy aquí.

En aquél entonces, cuán audaz era el reto, para los fundadores de Europa, el osar decir sí, podemos romper este ciclo sin fin de la violencia, podemos detener la lógica de la venganza, podemos construir un futuro mejor, juntos. ¡Qué inmenso poder de la imaginación!

Por supuesto, la paz podría haber llegado a Europa fuera de la Unión. Quizás. Nunca lo sabremos. Pero nunca habría sido de la misma calidad. Una paz duradera, en lugar de un helado alto el fuego. Para mí, lo que la hace tan especial, es la reconciliación.

En la política como en la vida, la reconciliación es la cosa más difícil. Va más allá del perdón y olvidar, o simplemente del pasar la página.

Pensar en lo que Francia y Alemania habían sufrido, y entonces dar este paso. La firma de un Tratado de Amistad. Cada vez que escucho estas palabras – “Freundschaft, Amitié” -, me conmueven. Son palabras privadas, es decir: no para los tratados entre las naciones.

Pero la voluntad de no dejar que la historia se repita, para hacer algo radicalmente nuevo, fue tan fuerte, que había que encontrar palabras nuevas. Para las personas Europa era una promesa, Europa se hizo sinónima de esperanza.

Cuando Konrad Adenauer llegó a París para concluir el tratado del Carbón y del Acero, en 1951, una noche se encontró con un regalo que le esperaba en su hotel. Fue una medalla de guerra, “une Croix de Guerre”, que había pertenecido a un
soldado francés. Su hija, una joven estudiante, la había dejado con una pequeña nota para el Canciller, como gesto de reconciliación y esperanza.

Puedo evocar muchas otras imágenes conmovedoras, que conservo en mi memoria. Los líderes de los seis Estados se reunieron para abrir un nuevo futuro, en Roma, “città eterna”. Willy Brandt arrodillado en Varsovia. Los estibadores de Gdansk, a las puertas de su astillero. Mitterrand y Kohl de la mano. Dos millones de personas uniendo a Tallin con Riga y Vilnius en una cadena humana, en 1989. Estos momentos han sanado a Europa.

Pero los gestos simbólicos por sí solos no pueden consolidar la paz. Aquí es donde entra en juego el "arma secreta“ de la Unión Europea: una forma sin igual de unir nuestros intereses con tanta fuerza, que la guerra se convierte en materialmente imposible. A través de constantes negociaciones, cada vez con más temas y cada vez entre más países.

Es la regla de oro de Jean Monnet: "Mieux vaut se disputer autour d'une table que sur un champ de bataille. "(" Más vale discutir en torno a una mesa que luchar en un campo de batalla. ") Si tuviera que explicárselo a Alfred Nobel, yo diría: no es sólo un congreso de paz, es un congreso de paz perpetua!

Es cierto que algunos aspectos pueden ser desconcertantes, y no sólo para los forasteros. Los ministros de los países sin litoral discutiendo apasionadamente sobre el contingente de pescado. Europarlamentarios de Escandinavia debatiendo el
precio del aceite de oliva. La Unión ha perfeccionado el arte del compromiso.

Sin drama de victoria o de derrota, sino asegurando que todos los países salgan victoriosos de las conversaciones. La aridez de la política es sólo un pequeño precio a pagar por ello. El empeño funcionó. La paz es ahora evidente. La guerra se ha convertido en inconcebible. Sin embargo, "inconcebible" no quiere decir "imposible".

Y por eso estamos aquí reunidos. Europa debe mantener su promesa de paz. Creo que este es aún el objetivo último de nuestra Unión. Pero Europa ya no puede confiar solamente en esta promesa para inspirar a sus ciudadanos.

En cierto modo, es algo bueno; los recuerdos de los tiempos de guerra se desvanecen. Aunque todavía no en todas partes. El dominio Soviético sobre el Este de Europa terminó hace sólo dos décadas. Poco después tuvieron lugar en los Balcanes horribles masacres. Los niños nacidos en el momento de Srebrenica sólo cumplirán los dieciocho el año que viene. Pero ya tienen hermanos y hermanas nacidos después de esa guerra: la primera gran generación de la posguerra de Europa. Esto debe seguir siendo así.

Por lo tanto, donde había guerra, ahora hay paz. Pero ahora tenemos ante nosotros otra tarea histórica: el mantener la paz donde hay paz.

Después de todo, la historia no es una novela, ni un libro que se puede cerrar tras un final feliz: seguimos siendo plenamente responsables de lo que está por venir.

Esto no podría estar más claro de lo que está hoy, cuando estamos siendo golpeados por la peor crisis económica en dos generaciones, crisis que causa grandes dificultades en nuestro pueblo, y que somete a ruda prueba los vínculos políticos de nuestra Unión.

Los padres que luchan por ganarse la vida; los trabajadores recientemente despedidos; los estudiantes que temen que, a pesar de lo mucho que lo intenten, no van a conseguir ese primer trabajo que buscan: cuando todos ellos piensan en Europa, la paz no es lo primero que les viene a la mente...

Cuando la prosperidad y el empleo, el fundamento de nuestras sociedades, parecen amenazados, es natural ver un endurecimiento de los corazones, la reducción de los intereses, incluso el retorno de las líneas de falla y de los estereotipos olvidados desde hacía mucho tiempo. Para algunos, no sólo las decisiones conjuntas, sino el hecho mismo de decidir conjuntamente, pueden ser objeto de duda. Y si bien hay que tener un sentido de la proporción – ya que incluso esas tensiones no nos harán volver a la oscuridad del pasado -, la prueba a la que Europa se enfrenta actualmente es real.

Si se me permite expresarlo con las palabras de Abraham Lincoln en el momento de otra prueba continental, lo que hoy se está evaluando es "si esa Unión, o cualquier Unión concebida y consagrada así, puede aguantar mucho tiempo".

Nosotros respondemos con nuestras obras, seguros de que tendremos éxito. Estamos trabajando muy duro para superar la dificultades con el fin de restablecer el crecimiento y el empleo. Hay, por supuesto pura necesidad. Pero hay algo más que nos guía: la voluntad de seguir siendo dueños de nuestro propio destino, un sentimiento de unión, y de alguna manera algo que nos habla con la voz de los siglos, la idea de la identidad de Europa.

La presencia aquí hoy de tantos líderes europeos pone de relieve nuestra convicción común de que vamos a salir de esta crisis todos juntos e incluso más fuertes. Lo suficientemente fuertes en el mundo para defender nuestros intereses y promover nuestros valores. Todos trabajamos para dejar una Europa mejor para los niños de hoy y los de mañana. De manera que, más tarde, otros puedan recordar y juzgar: que la generación, la nuestra, preservó la promesa de Europa.

Los jóvenes de hoy ya están viviendo en un mundo nuevo. Para ellos, Europa es una realidad cotidiana. No es la restricción de estar en el mismo barco. Sino la riqueza de poder compartir libremente, viajes y cambios. Para compartir y dar forma a un continente, experiencias, un futuro.

Nuestro continente, surgido de las cenizas después de 1945 y unido en 1989, tiene una gran capacidad para reinventarse a sí mismo. Le toca a las generaciones siguientes el tomar esta aventura común adicional. Espero que aprovechen esta
responsabilidad con orgullo. Y que ellos van a ser capaces de decir, como nosotros aquí hoy: Ich bin ein Europäer.

Je suis fier d'être européen. Me siento orgulloso de ser europeo. I am proud to be European.

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Traducción de Salvador García Bardón

Texto original en inglés

 

13/07/2012

Jesuitas en la Conferencia Rio +20

 

 
 

 

Más de 40 jesuitas han participado en las dos Conferencias sobre economía sostenible y el clima, que han tenido lugar en Río, del 18 al 22 de junio, de modo paralelo: la Conferencia oficial Río + 20 y la “Cúpula de los Pueblos”, propia de los movimientos sociales.

La Conferencia oficial ha sido un fracaso anunciado. La causa principal de este fracaso es el que los estados no desean adquirir compromisos, ni que estos sean verificables.

La conferencia paralela de la Cúpula de los Pueblos ha sido más interesante. Ella ha mostrado nítidamente que existe un clamor de escala mundial de comunidades y grupos que están trabajando por proteger el clima y el medioambiente.

Cara al futuro, la mayor esperanza procede de estos grupos conscientes y activos que proliferan en todo el mundo.

El futuro del planeta y de los pobres -que son los más amenazados- se jugará principalmente en cambios culturales de una ciudadanía global, que ya comparte problemáticas y destino. Este es un campo privilegiado para la misión tanto de la Compañía como de la Iglesia.

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Durante la semana del 18 al 22 de junio nos reunimos en Río de Janeiro más de 40 jesuitas. Muchos acudíamos para participar en la reunión anual de los centros sociales de la Conferencia de Latinoamérica y Caribe, que tuvo lugar los dos primeros días. Otros venían de Europa y Asia Pacífico como miembros de la Red de advocacy ignaciano sobre Ecología. Estos últimos han estado alimentando EcoJesuit, una página web fruto de la colaboración internacional que está teniendo una creciente acogida por su claridad y su rigor.

Todas estas personas hemos tomado parte en las dos Conferencias sobre economía sostenible y el clima que han tenido lugar en Río esos días de modo paralelo: la Conferencia oficial Rio + 20 y la “Cúpula de los Pueblos”, propia de los movimientos sociales. Mientras esta última se celebraba en la ciudad junto a la playa de Botafogo, en uno de los lugares privilegiados de esta ciudad preciosa, la primera ha tenido lugar a casi 40km de la ciudad, para evitar los riesgos de manifestaciones y protestas.

La Conferencia oficial ha sido un fracaso anunciado. El documento final no comporta compromisos para los gobiernos a nivel internacional. A día de hoy sabemos que los problemas relacionados con el cambio climático y el cuidado del medioambiente pueden ser abordados, pues contamos con los recursos para hacerlo. Las soluciones son costosas, pero no tomar medidas hoy implicará costes muy superiores en el futuro. El tiempo apremia antes de que se superen los umbrales que comporten de cambios irreversibles, por lo que se requiere una acción coordinada internacional. Es ahí donde está la dificultad: los estados no desean adquirir compromisos, ni que estos sean verificables. No es que no estén preocupados; al contrario, casi todos están tomando sus propias medidas. Pero no quieren controles externos que consideran intromisiones en la soberanía nacional. Entre ellos, los países más ricos no desean gastos adicionales en tiempos de crisis económica y los emergentes están luchando por escalar posiciones en el ranking económico mundial. El medioambiente, cuyos cambios son de ciclo largo, parece que pudiera esperar.

Más interesante ha sido la conferencia paralela de la Cúpula de los Pueblos. Menos fría y con más pasión; no tan tecnificada en sus recursos, sino más viva y popular; con menos cosmética y más humilde. Sin embargo, La Cúpula mostraba nítidamente que existe un clamor de escala mundial de comunidades y grupos que están trabajando por proteger el clima y el medioambiente. Algunas comunidades son de campesinos e indígenas que defienden sus tierras y sus modos de vida de la amenaza de la minería, de los monocultivos de la agroindustria y de los grandes proyectos de desarrollo. Estas actividades producen desplazamientos de personas y miseria. Son también numerosos los grupos muy sensibilizados con la temática dispuestos a adoptar cambios personales y culturales que promuevan un estilo de vida menos agresivo con el medioambiente y que haga justicia a las poblaciones más amenazadas. Todos ellos reclamaban con fuerza una nueva economía centrada en las personas, que disminuya la desigualdad y la pobreza y que no sitúe el mito del crecimiento como la vía de solución de los problemas de la humanidad.

La mayor esperanza procede de estos grupos conscientes y activos que proliferan en todo el mundo. Es cierto que también se necesita el compromiso firme de los estados y cambios en el modo de organizar la economía. Pero ni políticos, ni quienes manejan la economía cuentan en la actualidad con los resortes necesarios para el cambio. Los primeros porque tienen una mirada cortoplacista; los segundos porque no responden ante nadie, sólo ante el interés del mayor lucro. En el caso de los políticos únicamente una presión creciente de la opinión pública podrá alterar sus respuestas.

En las próximas décadas el futuro del planeta y de los pobres -que son los más amenazados- se jugará principalmente en cambios culturales -de convicciones, actitudes y compromisos- de una ciudadanía global, que ya comparte problemáticas y destino. Este es un campo privilegiado para la misión de la Compañía y de la Iglesia. Es mucho lo que tenemos por hacer.

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Patxi Álvarez SJ, Director Responsable
Xavier Jeyaraj SJ, Redactor
Secretariado para la Justicia Social y la Ecología, Borgo S. Spirito 4, 00193 Roma, Italia

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13.07.12 | 12:00. Archivado en EuropaLas AméricasSociogenéticaÉticaMigracionesPro justitia et libertate,GeopolíticaÁfricaAsiaOceaníaEcologíaEcumenismoJesuitas