14/05/2011

Jose María Castillo, teólogo de la humanización de Dios

 

"Cuando la teología afirma que Jesús es la encarnación de Dios, lo que en realidad está diciendo es que Jesús es la humanización de Dios. Por eso el "Señor de la Gloria", tal como se humanizó en Jesús, pudo decir y dejó como sentencia la afirmación decisiva: "Lo que hicisteis por uno de éstos, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 31-46). En esa sentencia definitiva, ya no se tendrá en cuenta ni la fe, ni la religión. Sólo quedará en pie lo humano, lo que cada ser humano haya hecho con los demás seres humanos.

La consecuencia que, en sana lógica, se sigue de lo que acabo de decir es que el proyecto cristiano no puede ser un proyecto religioso o sagrado de divinización, sino un proyecto profano y laico de humanización. Dios no se encarnó en lo sagrado y sus privilegios, ni en lo religioso y sus poderes. Dios se ha fundido con lo humano. Por tanto, a Dios lo encontramos, ante todo, en lo profano, en lo laico, en lo secular, en lo que es común a todos los humanos y lo que nos une a los demás seres humanos, sean cuales sean sus creencias y sus tradiciones religiosas. Porque lo determinante, para encontrar a Dios, no es la fe, sino la ética, que se traduce en respeto, tolerancia, estima y misericordia."

José María Castillo, 1) Hablar de Dios en la Universidad. 2. Pensar al Trascendente desde la inmanencia. 3. El futuro de la Iglesia y de la teología, Lección pública durante el acto de Investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Granada, 13/05/2011.

-oOo-

Como hoy comparto la alegría de quienes consideramos a José María Castillo como nuestro hermano mayor en la fe, en múltiples ocasiones he compartido su pena al contemplar los dolores que provocaba en nuestra Iglesia la confiscación de la corresponsalidad eclesial, en perjuicio tanto de los fieles como de sus ministros.

Reproduzco a continuación uno de los múltiples artículos en los que he expresado nuestro dolor compartido.

-oOo-

Nos duele nuestra Iglesia
Salvador García Bardón
03.09.07 | 12:25.

Confieso que me ha costado mucho el decidirme a escribir y a publicar este artículo. He dudado, al ponerle título, entre el singular y el plural del pronombre personal y del adjetivo posesivo. Mi primer impulso fue el poner ambas funciones gramaticales en primera persona del singular, pero al llegar a mis manos el artículo de mi colega y amigo José María Castillo, decidí optar por el plural, porque pensé inmediatamente que la mejor manera de expresar mi dolor era el asociarme al suyo, ofreciendo como plato fuerte de nuestra reflexión común su artículo, reservándome yo la tarea de modesto introductor de un portavoz teológico más calificado y casi diez años mayor que yo mismo.

José María Castillo y yo tenemos en común el que ambos llevamos en nuestro corazón a nuestros hermanos jesuitas, habiendo solicitado nuestra salida de la Compañía para afrontar en plena libertad personal tareas de investigación y enseñanza, para las que deseábamos asumir nuestra total responsabilidad sin comprometer en nada a nuestra Orden. En su caso, como teólogo, se trata de opciones teológicas. En el mío, como filósofo y lingüista, se trata de opciones antropológicas y éticas. En ambos casos reconocemos nuestra inmensa deuda a la Compañía, que nos formó y nos confió misiones de gran prestigio intelectual siendo aún muy jóvenes. La diferencia entre su trayectoria y la mía es que él perseveró dentro de la Compañía hasta los setenta y ocho años, mientras que yo abandoné la Compañía y España poco antes de cumplir los veinticinco. En ninguno de los dos casos hemos abandonado la Iglesia católica, sino que el uno y el otro hemos seguido trabajando como investigadores y profesores en su seno: él en la facultad de Teología de Granada y yo en la Universidad católica de Lovaina. Creo que tanto sus colegas, alumnos y amigos como los míos pueden testimoniar de nuestra lealtad y de nuestro sincero amor a nuestra Iglesia en las múltiples tareas que hemos emprendido a su servicio.

Ahora bien, el uno y el otro observamos que algunos miembros de la jerarquía católica española actual están provocando el desconcierto entre los fieles, que no comprenden, a pesar de su más que probada buena fe, el estilo sorprendentemente autoritario de algunas de las decisiones disciplinarias y pastorales que les conciernen. Tanto el uno como el otro constatamos como razón de este desconcierto de los fieles el que la concepción y el ejercicio de la autoridad de estos jerarcas está en franca contradicción con la manera de funcionar la autoridad en la iglesia primitiva, manera que inspiró a los padres conciliares de Vaticano II las reformas introducidas por este Concilio.

Una imagen reciente del primado de España, oficiando ordenaciones sacerdotales en Italia, hace unos días, revestido de ropajes del pasado, considerados hoy como litúrgicamente inadecuados, por no decir reaccionarios, parece ilustrar emblemáticamente la peligrosa vuelta a un pasado preconciliar de distante autoritarismo y vanidad clerical que creíamos superado.

Para que no se nos pueda malinterpretar, atribuyéndonos generalizaciones indebidas, precisaremos que nos estamos refiriendo por el momento a hechos sintomátios muy precisos, pero que, por su extrema gravedad, merecen la puesta a punto de un diagnóstico urgente y de un tratamiento eficaz, para evitar que el mal descubierto produzca metástesis generalizadas.

Tanto el diagnóstico del mal como su tratamiento eficaz, que propone como teólogo José Mª Castillo, cuentan con el apoyo del concilio Vaticano II, que ha visto en la Iglesia primitiva el modelo de autoridad que había que restablecer en la Iglesia contemporanea. He aquí en palabras de José Mª Castillo lo esencial de este diagnóstico y de este tratamiento.

"En la Iglesia primitiva, los obispos no habían acaparado todo el poder, como ocurre ahora. El centro de la Iglesia no estaba en el clero, sino en la comunidad de los fieles. Por eso los feligreses no eran la clientela de los clérigos. Todos los cristianos se sentían responsables y participaban en la toma de decisiones. No aceptaban, sin más, las decisiones que se tomaban sin contar con la comunidad. El valor supremo de aquellos cristianos no era la sumisión, sino la responsabilidad".

José Mª Castillo presenta en el portal Atrio su artículo "El Cura de Albuñol y sus fieles", publicado el 17-8-2007 en El Ideal de Granada, diciendo que es una reflexión teológica sobre cómo funcionaba la autoridad en la iglesia primitiva.

Sociogenéticamente es la manera más correcta de señalar la ruptura de una tradición, mediante la puesta en evidencia del contraste entre su época más auténtica, que es la fundadora, y la época actual, ilustrada por los casos tristemente significativos de Albuñol y de San Carlos Borromeo.

José Mª Castillo nos recuerda a todos, a los católicos como a nuestros amigos cristianos y no cristianos, que tanto en la iglesia cristiana primitiva como en las iglesias que durante muchos siglos fueron fieles a su ejemplo, la autoridad funcionaba con la corresponsabilidad y colegialidad de todo el pueblo de Dios, es decir con la participación de toda la asamblea y no solamente de una de sus partes. Recuérdese que la palabra iglesia viene del latín ecclesia, y esta del griego ekklesía, que signitica asamblea. Estos y no otros son los principios que inspiraron al Vaticano II, principios que están siendo conculcados e incluso sepultados hoy por algunos, con una vuelta a errores de un pasado no lejano de triste memoria.

-oOo-

EL CURA DE ALBUÑOL Y SUS FIELES
por José M. Castillo

Desconozco los motivos por los que el arzobispo de Granada ha trasladado al párroco de Albuñol a otra parroquia. Como tampoco sé las razones que aducen los feligreses de Albuñol que se han encerrado en la iglesia del pueblo o incluso han hecho una huelga de hambre para impedir que se lleven al cura. No pretendo aquí, por tanto, ni defender ni atacar a nadie. En cualquier caso y sea lo que sea de todo este asunto, el arzobispo de Granada, al trasladar al párroco, no ha hecho sino lo que suelen hacer casi todos los obispos cuando deciden cambiar a sus curas. Es la práctica habitual de la Iglesia con los párrocos, con los sacerdotes en general y también con los obispos. Cada obispo con sus sacerdotes, y más el papa con cualquier clérigo (ya sea cura, obispo o cardenal), pueden quitar y poner, traer y llevar, sin consultar a los interesados ni contar con los fieles cristianos, que se suelen enterar de los cambios y traslados el día que menos lo esperan.

Insisto en que el arzobispo de Granada ha procedido en este caso de acuerdo con las normas que establece el Código de Derecho Canónico. Lo que yo me pregunto es si esta legislación es lo mejor para la Iglesia. Me planteo esta pregunta no sólo por el caso de Albuñol. También me la formulé cuando, hace unos meses, mucha gente protestó en Madrid por la decisión del cardenal Rouco al cerrar la parroquia de san Carlos Borromeo. El problema está en que la Iglesia funciona como una gran empresa en la que sus gestores (los clérigos) son los que mandan, mientras que los fieles no tienen más misión que ser buenos y obedecer. El papa Pío X lo dijo con toda precisión:

“En la sola jerarquía residen el derecho y la autoridad necesaria para promover y dirigir a todos los miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro derecho que el de dejarse conducir y dócilmente seguir a sus pastores” (Enc. Vehementer Nos, 2.II.1906).

En los primeros tiempos del cristianismo, la Iglesia no funcionaba así. Cuando Judas se suicidó, Pedro reunió a la comunidad para nombrar un sustituto y fue la comunidad quien decidió el procedimiento para designar a Matías (Hech. 1, 15-26). Cuando en la comunidad de Jerusalén hubo problemas, se reunieron todos y entre todos eligieron a siete colaboradores para atender a los de origen griego (Hech. 6, 1-6). Algo después, Pablo y Bernabé designaban en las comunidades, por votación a mano alzada (tal es el sentido del verbo griego jeirotonéo), a los presbíteros (Hech. 14, 23; también 2 Cor. 8, 19; Didaché 15, 1; Ignacio de Antioquía, Pol. 7, 2). Esta práctica se mantuvo en los siglos siguientes. A mediados del s. III, Cipriano, obispo de Cartago, escribía a los presbíteros de su diócesis:

“Desde el principio de mi episcopado determiné no tomar ninguna resolución por mi cuenta sin vuestro consejo y el consentimiento de mi pueblo” (Epist. 14, 4).

Es más, esta misma práctica se observaba para el nombramiento de obispos y papas. San León Magno (s. V) lo dijo con precisión:

“El que debe ser puesto a la cabeza de todos, debe ser elegido por todos” (Epist. X, 6).

De forma más tajante, el papa Celestino I estableció la norma (Epist. IV, 5) que en el s. XI vuelve a recoger el Decreto de Graciano:

“No se imponga ningún obispo a quienes no lo aceptan; se debe requerir el consentimiento del clero y del pueblo” (c. 13, D. LXI).

Más aún, cuando en la persecución de Decio (año 250), los obispos de León, Astorga y Mérida no dieron el debido ejemplo de fe, las comunidades de esas diócesis se reunieron y los destituyeron. La situación llegó a ser tan grave, que san Cipriano convocó un concilio en Cartago. Los 37 obispos allí reunidos redactaron un documento que conocemos por la carta 67 de Cipriano. En este documento se dicen tres cosas:

1) el pueblo tiene poder, por derecho divino, para elegir a sus obispos;
2) el pueblo tiene también poder para quitar a los ministros de la Iglesia cuando son indignos;
3) ni el recurso al obispo de Roma debe cambiar la decisión comunitaria cuando tal recurso no se basa en la verdad (Epist. 67, 3, 4 y 5).

La Iglesia era, en aquellos siglos, tan Iglesia de Cristo como la actual. Pero se parecía más a lo que quiso Jesús que lo que se parece la Iglesia que ahora tenemos. Porque, en la Iglesia primitiva, los obispos no habían acaparado todo el poder, como ocurre ahora. El centro de la Iglesia no estaba en el clero, sino en la comunidad de los fieles. Por eso los feligreses no eran la clientela de los clérigos. Todos los cristianos se sentían responsables y participaban en la toma de decisiones. No aceptaban, sin más, las decisiones que se tomaban sin contar con la comunidad. El valor supremo de aquellos cristianos no era la sumisión, sino la responsabilidad.

Sin entrar en los motivos concretos de lo ocurrido en Albuñol o en Vallecas, es evidente que ambos episodios han puesto de manifiesto que en la Iglesia se habla mucho de amor y de comunión, pero lo que importa es afirmar y hacer notar el poder de los obispos, su autoridad intocable y la sumisión a sus decisiones. Por más que eso tenga el elevado coste de la resistencia de algunos, el escándalo de otros y el daño que sufrimos todos. El resultado está a la vista: cada día las iglesias están más vacías, los cristianos más desilusionados y bastantes clérigos desconcertados, sin saber qué hacer. Y según parece, con poco entusiasmo para emprender caminos de renovación y puesta al día. La concentración del poder produce sumisión y orden. La sumisión y el orden generan miedo. Y el miedo, parálisis o incluso marcha atrás.

-oOo-

Blogs y portal asociados, bajo el signo de la Amistad Europea Universitaria por y para la Amistad Mundial:

España: Semántica, Sintaxis, Pragmática

España: Amistad Europea Universitaria

España: Quijote, Andalucía, España, Europa

Bélgica: El Quijote de Bruselas

EE.UU: Taller cervantino del Quijote

Bélgica: Amicitia Europaea Universitaria

-oOo-

Jose María Castillo, teólogo de la humanización de Dios

 

"Cuando la teología afirma que Jesús es la encarnación de Dios, lo que en realidad está diciendo es que Jesús es la humanización de Dios. Por eso el "Señor de la Gloria", tal como se humanizó en Jesús, pudo decir y dejó como sentencia la afirmación decisiva: "Lo que hicisteis por uno de éstos, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 31-46). En esa sentencia definitiva, ya no se tendrá en cuenta ni la fe, ni la religión. Sólo quedará en pie lo humano, lo que cada ser humano haya hecho con los demás seres humanos.

La consecuencia que, en sana lógica, se sigue de lo que acabo de decir es que el proyecto cristiano no puede ser un proyecto religioso o sagrado de divinización, sino un proyecto profano y laico de humanización. Dios no se encarnó en lo sagrado y sus privilegios, ni en lo religioso y sus poderes. Dios se ha fundido con lo humano. Por tanto, a Dios lo encontramos, ante todo, en lo profano, en lo laico, en lo secular, en lo que es común a todos los humanos y lo que nos une a los demás seres humanos, sean cuales sean sus creencias y sus tradiciones religiosas. Porque lo determinante, para encontrar a Dios, no es la fe, sino la ética, que se traduce en respeto, tolerancia, estima y misericordia."

José María Castillo, 1) Hablar de Dios en la Universidad. 2. Pensar al Trascendente desde la inmanencia. 3. El futuro de la Iglesia y de la teología, Lección pública durante el acto de Investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Granada, 13/05/2011.

-oOo-

Como hoy comparto la alegría de quienes consideramos a José María Castillo como nuestro hermano mayor en la fe, en múltiples ocasiones he compartido su pena al contemplar los dolores que provocaba en nuestra Iglesia la confiscación de la corresponsalidad eclesial, en perjuicio tanto de los fieles como de sus ministros.

Reproduzco a continuación uno de los múltiples artículos en los que he expresado nuestro dolor compartido.

-oOo-

Nos duele nuestra Iglesia
Salvador García Bardón
03.09.07 | 12:25.

Confieso que me ha costado mucho el decidirme a escribir y a publicar este artículo. He dudado, al ponerle título, entre el singular y el plural del pronombre personal y del adjetivo posesivo. Mi primer impulso fue el poner ambas funciones gramaticales en primera persona del singular, pero al llegar a mis manos el artículo de mi colega y amigo José María Castillo, decidí optar por el plural, porque pensé inmediatamente que la mejor manera de expresar mi dolor era el asociarme al suyo, ofreciendo como plato fuerte de nuestra reflexión común su artículo, reservándome yo la tarea de modesto introductor de un portavoz teológico más calificado y casi diez años mayor que yo mismo.

José María Castillo y yo tenemos en común el que ambos llevamos en nuestro corazón a nuestros hermanos jesuitas, habiendo solicitado nuestra salida de la Compañía para afrontar en plena libertad personal tareas de investigación y enseñanza, para las que deseábamos asumir nuestra total responsabilidad sin comprometer en nada a nuestra Orden. En su caso, como teólogo, se trata de opciones teológicas. En el mío, como filósofo y lingüista, se trata de opciones antropológicas y éticas. En ambos casos reconocemos nuestra inmensa deuda a la Compañía, que nos formó y nos confió misiones de gran prestigio intelectual siendo aún muy jóvenes. La diferencia entre su trayectoria y la mía es que él perseveró dentro de la Compañía hasta los setenta y ocho años, mientras que yo abandoné la Compañía y España poco antes de cumplir los veinticinco. En ninguno de los dos casos hemos abandonado la Iglesia católica, sino que el uno y el otro hemos seguido trabajando como investigadores y profesores en su seno: él en la facultad de Teología de Granada y yo en la Universidad católica de Lovaina. Creo que tanto sus colegas, alumnos y amigos como los míos pueden testimoniar de nuestra lealtad y de nuestro sincero amor a nuestra Iglesia en las múltiples tareas que hemos emprendido a su servicio.

Ahora bien, el uno y el otro observamos que algunos miembros de la jerarquía católica española actual están provocando el desconcierto entre los fieles, que no comprenden, a pesar de su más que probada buena fe, el estilo sorprendentemente autoritario de algunas de las decisiones disciplinarias y pastorales que les conciernen. Tanto el uno como el otro constatamos como razón de este desconcierto de los fieles el que la concepción y el ejercicio de la autoridad de estos jerarcas está en franca contradicción con la manera de funcionar la autoridad en la iglesia primitiva, manera que inspiró a los padres conciliares de Vaticano II las reformas introducidas por este Concilio.

Una imagen reciente del primado de España, oficiando ordenaciones sacerdotales en Italia, hace unos días, revestido de ropajes del pasado, considerados hoy como litúrgicamente inadecuados, por no decir reaccionarios, parece ilustrar emblemáticamente la peligrosa vuelta a un pasado preconciliar de distante autoritarismo y vanidad clerical que creíamos superado.

Para que no se nos pueda malinterpretar, atribuyéndonos generalizaciones indebidas, precisaremos que nos estamos refiriendo por el momento a hechos sintomátios muy precisos, pero que, por su extrema gravedad, merecen la puesta a punto de un diagnóstico urgente y de un tratamiento eficaz, para evitar que el mal descubierto produzca metástesis generalizadas.

Tanto el diagnóstico del mal como su tratamiento eficaz, que propone como teólogo José Mª Castillo, cuentan con el apoyo del concilio Vaticano II, que ha visto en la Iglesia primitiva el modelo de autoridad que había que restablecer en la Iglesia contemporanea. He aquí en palabras de José Mª Castillo lo esencial de este diagnóstico y de este tratamiento.

"En la Iglesia primitiva, los obispos no habían acaparado todo el poder, como ocurre ahora. El centro de la Iglesia no estaba en el clero, sino en la comunidad de los fieles. Por eso los feligreses no eran la clientela de los clérigos. Todos los cristianos se sentían responsables y participaban en la toma de decisiones. No aceptaban, sin más, las decisiones que se tomaban sin contar con la comunidad. El valor supremo de aquellos cristianos no era la sumisión, sino la responsabilidad".

José Mª Castillo presenta en el portal Atrio su artículo "El Cura de Albuñol y sus fieles", publicado el 17-8-2007 en El Ideal de Granada, diciendo que es una reflexión teológica sobre cómo funcionaba la autoridad en la iglesia primitiva.

Sociogenéticamente es la manera más correcta de señalar la ruptura de una tradición, mediante la puesta en evidencia del contraste entre su época más auténtica, que es la fundadora, y la época actual, ilustrada por los casos tristemente significativos de Albuñol y de San Carlos Borromeo.

José Mª Castillo nos recuerda a todos, a los católicos como a nuestros amigos cristianos y no cristianos, que tanto en la iglesia cristiana primitiva como en las iglesias que durante muchos siglos fueron fieles a su ejemplo, la autoridad funcionaba con la corresponsabilidad y colegialidad de todo el pueblo de Dios, es decir con la participación de toda la asamblea y no solamente de una de sus partes. Recuérdese que la palabra iglesia viene del latín ecclesia, y esta del griego ekklesía, que signitica asamblea. Estos y no otros son los principios que inspiraron al Vaticano II, principios que están siendo conculcados e incluso sepultados hoy por algunos, con una vuelta a errores de un pasado no lejano de triste memoria.

-oOo-

EL CURA DE ALBUÑOL Y SUS FIELES
por José M. Castillo

Desconozco los motivos por los que el arzobispo de Granada ha trasladado al párroco de Albuñol a otra parroquia. Como tampoco sé las razones que aducen los feligreses de Albuñol que se han encerrado en la iglesia del pueblo o incluso han hecho una huelga de hambre para impedir que se lleven al cura. No pretendo aquí, por tanto, ni defender ni atacar a nadie. En cualquier caso y sea lo que sea de todo este asunto, el arzobispo de Granada, al trasladar al párroco, no ha hecho sino lo que suelen hacer casi todos los obispos cuando deciden cambiar a sus curas. Es la práctica habitual de la Iglesia con los párrocos, con los sacerdotes en general y también con los obispos. Cada obispo con sus sacerdotes, y más el papa con cualquier clérigo (ya sea cura, obispo o cardenal), pueden quitar y poner, traer y llevar, sin consultar a los interesados ni contar con los fieles cristianos, que se suelen enterar de los cambios y traslados el día que menos lo esperan.

Insisto en que el arzobispo de Granada ha procedido en este caso de acuerdo con las normas que establece el Código de Derecho Canónico. Lo que yo me pregunto es si esta legislación es lo mejor para la Iglesia. Me planteo esta pregunta no sólo por el caso de Albuñol. También me la formulé cuando, hace unos meses, mucha gente protestó en Madrid por la decisión del cardenal Rouco al cerrar la parroquia de san Carlos Borromeo. El problema está en que la Iglesia funciona como una gran empresa en la que sus gestores (los clérigos) son los que mandan, mientras que los fieles no tienen más misión que ser buenos y obedecer. El papa Pío X lo dijo con toda precisión:

“En la sola jerarquía residen el derecho y la autoridad necesaria para promover y dirigir a todos los miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro derecho que el de dejarse conducir y dócilmente seguir a sus pastores” (Enc. Vehementer Nos, 2.II.1906).

En los primeros tiempos del cristianismo, la Iglesia no funcionaba así. Cuando Judas se suicidó, Pedro reunió a la comunidad para nombrar un sustituto y fue la comunidad quien decidió el procedimiento para designar a Matías (Hech. 1, 15-26). Cuando en la comunidad de Jerusalén hubo problemas, se reunieron todos y entre todos eligieron a siete colaboradores para atender a los de origen griego (Hech. 6, 1-6). Algo después, Pablo y Bernabé designaban en las comunidades, por votación a mano alzada (tal es el sentido del verbo griego jeirotonéo), a los presbíteros (Hech. 14, 23; también 2 Cor. 8, 19; Didaché 15, 1; Ignacio de Antioquía, Pol. 7, 2). Esta práctica se mantuvo en los siglos siguientes. A mediados del s. III, Cipriano, obispo de Cartago, escribía a los presbíteros de su diócesis:

“Desde el principio de mi episcopado determiné no tomar ninguna resolución por mi cuenta sin vuestro consejo y el consentimiento de mi pueblo” (Epist. 14, 4).

Es más, esta misma práctica se observaba para el nombramiento de obispos y papas. San León Magno (s. V) lo dijo con precisión:

“El que debe ser puesto a la cabeza de todos, debe ser elegido por todos” (Epist. X, 6).

De forma más tajante, el papa Celestino I estableció la norma (Epist. IV, 5) que en el s. XI vuelve a recoger el Decreto de Graciano:

“No se imponga ningún obispo a quienes no lo aceptan; se debe requerir el consentimiento del clero y del pueblo” (c. 13, D. LXI).

Más aún, cuando en la persecución de Decio (año 250), los obispos de León, Astorga y Mérida no dieron el debido ejemplo de fe, las comunidades de esas diócesis se reunieron y los destituyeron. La situación llegó a ser tan grave, que san Cipriano convocó un concilio en Cartago. Los 37 obispos allí reunidos redactaron un documento que conocemos por la carta 67 de Cipriano. En este documento se dicen tres cosas:

1) el pueblo tiene poder, por derecho divino, para elegir a sus obispos;
2) el pueblo tiene también poder para quitar a los ministros de la Iglesia cuando son indignos;
3) ni el recurso al obispo de Roma debe cambiar la decisión comunitaria cuando tal recurso no se basa en la verdad (Epist. 67, 3, 4 y 5).

La Iglesia era, en aquellos siglos, tan Iglesia de Cristo como la actual. Pero se parecía más a lo que quiso Jesús que lo que se parece la Iglesia que ahora tenemos. Porque, en la Iglesia primitiva, los obispos no habían acaparado todo el poder, como ocurre ahora. El centro de la Iglesia no estaba en el clero, sino en la comunidad de los fieles. Por eso los feligreses no eran la clientela de los clérigos. Todos los cristianos se sentían responsables y participaban en la toma de decisiones. No aceptaban, sin más, las decisiones que se tomaban sin contar con la comunidad. El valor supremo de aquellos cristianos no era la sumisión, sino la responsabilidad.

Sin entrar en los motivos concretos de lo ocurrido en Albuñol o en Vallecas, es evidente que ambos episodios han puesto de manifiesto que en la Iglesia se habla mucho de amor y de comunión, pero lo que importa es afirmar y hacer notar el poder de los obispos, su autoridad intocable y la sumisión a sus decisiones. Por más que eso tenga el elevado coste de la resistencia de algunos, el escándalo de otros y el daño que sufrimos todos. El resultado está a la vista: cada día las iglesias están más vacías, los cristianos más desilusionados y bastantes clérigos desconcertados, sin saber qué hacer. Y según parece, con poco entusiasmo para emprender caminos de renovación y puesta al día. La concentración del poder produce sumisión y orden. La sumisión y el orden generan miedo. Y el miedo, parálisis o incluso marcha atrás.

-oOo-

Blogs y portal asociados, bajo el signo de la Amistad Europea Universitaria por y para la Amistad Mundial:

España: Semántica, Sintaxis, Pragmática

España: Amistad Europea Universitaria

España: Quijote, Andalucía, España, Europa

Bélgica: El Quijote de Bruselas

EE.UU: Taller cervantino del Quijote

Bélgica: Amicitia Europaea Universitaria

-oOo-

29/04/2011

Carta del profesor Francis Delperée al Primado de Bélgica

 

"Monseñor, su discurso suena falso, es inadecuado y va contra el mensaje evangélico. Resitúese. Hable como un pastor y no como un “mánager”...

Me veo obligado a decirles – a usted, Monseñor, así como a sus colegas en el episcopado - tres cosas. Uno: el discurso que la Iglesia dirige hoy a los fieles y, más ampliamente, a Bélgica y al mundo, suena falso. Dos: dista mucho de responder a la expectativa legítima del común de los mortales. Tres: más grave aún, y peso mis palabras, no se inscribe en la perspectiva de una transmisión correcta del mensaje evangélico."

 

-oOo-

 

Francis Delperée, un líder intergeneracional para Europa

 

Repito aquí, para los lectores hispanohablantes, un resumen de la semblanza del profesor Francis Delperée, que publiqué el 05.06.09 con ocasión de unas elecciones europeas.

 

Ver Filme: Traité Constitution européenne

 

Tengo la íntima convicción de que mi Colega y Amigo el profesor Francis Delpérée es indispensable en el Parlamento Europeo como Constitucionalista, como pedagogo del derecho, como mediador intergeneracional y como líder político.

 

Me gusta decir de él que si hubiera sido adulto en el momento del nacimiento de las Comunidades Europeas (en 1950 Francis sólo tenía ocho años) habría sido uno de los Padres de Europa al triple título de Constitucionalista, de Político y de Pedagogo.

 

Con él en funciones, la Unión Europea no habría entrado en el callejón sin salida constitucional y pedagógico en el cual se encuentra desde hace ya demasiado tiempo.

 

Desde 1961 soy testigo de su Humanismo universalista, de su valor, de su dedicación, de su competencia y de sus calidades de líder:

 

Es miembro de la Academia real de Bélgica y del Instituto de Francia (Academia de ciencias morales y políticas); es también doctor honoris causa de las Universidades de Aix-en-Provence, Atenas, Ginebra, Ottawa, y Szeged.

 

Francis Delpérée es abogado honorario del Colegio de Abogados de Bruselas y fue asesor en la sección de legislación del Consejo de Estado de 1985 a 2004; ejerció numerosas responsabilidades y constituye, desde hace años, una de las figuras emblemáticas del derecho público belga. “La lista de sus títulos y funciones lo ilustra ampliamente: Francis Delpérée, cuyo acceso al emeritado celebró nuestra universidad el viernes 5 de octubre del 2007, es una personalidad fuera de norma”.

 

Es profesor emérito de la Facultad de derecho de la Universidad católica de Lovaina (UCL) y antiguo decano de esta Facultad. Pedagogo fuera de serie, ha dejado huella en varias generaciones de estudiantes y ha contribuido de manera excepcional a hacer progresar la ciencia del derecho constitucional, tanto en Bélgica como en el extranjero. Viajero científico infatigable, es iniciador y animador de múltiples proyectos jurídicos innovadores.

 

Es el autor de un Tratado sobre “El derecho constitucional de Bélgica”, de varias obras – entre ellas: Crónicas de crisis, Los derechos políticos de los extranjeros, El contencioso electoral, El planteamiento ciudadano, El federalismo en Europa, Cuaderno de campaña, La Constitución de 1830 a nuestros días, e incluso más allá - y de numerosos artículos sobre los problemas de organización y funcionamiento del Estado.

 

Además de las numerosas obras y artículos de las que es Autor, el profesor Francis Delpérée se aplicó, con el talento pedagógico que lo caracteriza, a ilustrar a sus conciudadanos sobre las cuestiones institucionales de actualidad. Lo hizo y lo sigue haciendo tanto a través de la radio, de la prensa escrita, de la télévisión y de las conferencias, “que no se ha negado nunca a dar”, como a través del lenguaje audiovisual de Internet.

 

Con ocasión de su emeritado en la UCL, en 2007, fueron muy numerosas las personalidades de los mundos jurídico, político y periodístico que respondieron a la invitación y que le rindieron homenaje en Lovaina-la-Nueva, al término de la rica carrera universitaria que fue la suya. La espléndida obra de homenaje (Ediciones Bruylant) que le ofrecieron sus colegas y amigos fue presentada durante esta fiesta, que tuvo lugar el viernes 05/10/2007.

 

El Miércoles 25 de marzo pasado, la República Francesa lo nombró “Comendador de la orden de las Palmas académicas”

 

En 1993, el Rey Balduino, que admiraba los talentos pedagógicos del profesor Francis Delpérée y le había confiado la formación jurídica del príncipe heredero, le otorgó concesión de nobleza y el título personal de barón.

 

Film: Tratado Constitución Europea.

 

-oOo-

 


Carta a mi obispo
Francis Delperée

 

Monseñor, su discurso suena falso, es inadecuado y va contra el mensaje evangélico. Resitúese. Hable como un pastor y no como un “mánager”.

 

Una opinión de Francis DELPÉRÉE, Senador y profesor emérito de la UCL, que se expresa aquí individualmente.

La libre Belgique, Mis en ligne le 27/04/2011.

 

Monseñor,

 

No está en nuestras costumbres el escribirnos. Desde hace cuarenta años, nuestros caminos se han cruzado. En la facultad de derecho de Lovaina o con ocasión de innumerables acontecimientos que salpican la vida política, cultural o social de nuestro país. Sin olvidar las emisiones de radio o de televisión de las cuales uno y otro somos aficionados.

Mi sorpresa fue inmensa. Lo que me incitó a tomar la pluma. ¡Es más fuerte que yo! ¡Debo escribírselo! Me veo obligado a decirles – a usted, Monseñor, así como a sus colegas en el episcopado - tres cosas. Uno: el discurso que la Iglesia dirige hoy a los fieles y, más ampliamente, a Bélgica y al mundo, suena falso. Dos: dista mucho de responder a la expectativa legítima del común de los mortales. Tres: más grave aún, y peso mis palabras, no se inscribe en la perspectiva de una transmisión correcta del mensaje evangélico.

 

Como puede constatarlo, no me pongo guantes. Pero lo hago sabiendo que le gusta el debate, incluso rudo. Si el exordio no le ha movido a ignorar el resto de mi carta, permítame que desarrolle los argumentos.

 

1. El discurso suena falso

 

El domingo de Ramos, usted se había negado a todo comentario sobre el asunto Vangheluwe. No tenía en cuenta la presión mediática que llovía sobre sus espaldas. Hablaría, precisó usted, en el momento que elegiría usted mismo. Es decir: después del oficio pascual.

 

Algunos Maquiavelos, entre los cuales - lo confieso – me encuentro, se imaginaron inmediatamente que, ocho días más tarde, usted iba a ejecutar el “golpe infalible”. Y reducir así al silencio a los inoportunos. Se podía suponer que el Vaticano se habría expresado entretanto. Y que usted iba a poder referirse a decisiones sabias al mismo tiempo que firmes. Su silencio se explicaría después del golpe. A la justicia romana le era necesario un tiempo para deliberar con conocimiento de causa.

 

En realidad, absolutamente nada de esto sucedió. La entrevista de este domingo hace “paf”. Nada de nuevo, ni de Roma ni de otra parte. Su mutismo durante la Semana santa aparece como un capricho.

 

Añado que el método de argumentación que ha utilizado en ese momento no es digno de usted. “No he visto el conjunto de la entrevista. Tengo otras quehaceres.” Lo cual me hace pensar en las respuestas apuradas de los centenares de estudiantes que usted ha interrogado en Lovaina-la-Nueva y que creen salir de un aprieto pretextando no haber revisado una parte de la materia. ¿No hay ni magnetoscopios, ni ordenadores en Malinas? ¿Y no consulta nunca Youtube?

 

Y además, es doloroso decirlo así, ¿se ha dado cuenta usted, el favorito de los medios de comunicación, que la entrevista del 24, en la RTBF, se parecía, hasta en su puesta en escena, a la del 14, en la VT4? Un eclesiástico a la defensiva ante un periodista. El escenario sólo podía terminar mal.

 

2. El discurso es inadecuado

 

Le escribo también, Monseñor, para decirle que, en las circunstancias del momento, los católicos, y los no católicos, no esperan solamente palabras, bien o mal elegidas. En total franqueza, me atrevo a recordarle que el propio Verbo {divino} se hizo carne. Que, durante su vida terrestre, realizó actos. Y que éstos guardan sentido aún hoy.

 

Es necesario efectuar gestos, no por el placer de perderse en demostraciones, sino con el fin de hacerse comprender. Gestos proféticos. En el “Pequeño abecedario político” que publico estos días, me permito recordar este episodio. “Cuando en 1970, en Varsovia, Willy Brandt pone una rodilla, e incluso las dos, en tierra, delante del monumento creado en recuerdo de las víctimas del nazismo, no tiene que pronunciar un discurso. Su cuerpo y su espíritu hablan por él y por el país del que es el representante eminente.”

 

Con esta pregunta {sobre los gestos esperados}: ¿La Iglesia de Bélgica no está en condiciones de encontrar los comportamientos adecuados? Se me dirá “Eso es fácil, es cómodo. Yo digo solamente una palabra, mejor: hago solamente un gesto y seré curado, como se dice en el oficio”. Para tener en cuenta la pobreza de nuestras palabras y para expresar respeto por la amplitud del desastre, deberían efectuarse gestos particulares de arrepentimiento. Serían testimonio de los valores evangélicos que los cristianos, incluidos los de la base, persisten en compartir.

 

Es necesario también efectuar gestos humanos. Son los de la solidaridad, incluida la solidaridad financiera – hay que ser claro. La comisión constituida en la Cámara de Representantes les ha enviado sugerencias precisas y concretas. Deben ser examinadas con la debida serenidad. ¿Pero sus expertos no podrían adoptar el ritmo de los tiempos modernos y no dar la impresión de que tienen ante ellos la eternidad? En el medio de los juristas especializados, el consejero que pide dos meses antes de dar una opinión sobre un tema delicado es marginado de la profesión por incompetencia.

 

3. El discurso va en contra del mensaje evangélico

 

Como usted, seguramente, yo oigo a las puertas de algunas iglesias un mensaje asombroso. “Compasional”. No por las víctimas sino por los abusones. ¡A todo pecador misericordia! ¡Que el que nunca haya pecado le lance la primera piedra!

 

Supongo que usted no acredita semejantes discursos. El Evangelio de Mateo no tiene palabras bastante duras para los escribas y los fariseos. Les promete nada menos que el fuego de la gehena. No es una cuestión ni de derecho penal, ni de derecho canónico. Es un problema moral. Trátelo como tal. Con todas sus consecuencias, incluidas - lo repito - : las financieras. “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, dice la Biblia. No soy uno de sus exégetas más informados. Constato que, en un reflejo de realismo, Mateo deja entender que el hombre, en particular el hombre herido, vive también “de pan”, es decir, de las ayudas materiales y morales que los miembros de la comunidad deben garantizarle. Sin reserva.

 

No querría encontrarme en su lugar. Usted accede al cargo supremo en el seno del episcopado en un momento en que la Iglesia de Bélgica está prisionera en la tormenta. Y es sólo un eufemismo. Resitúese. Hable como Pastor y no como un “mánager”. Exprésese simplemente, sin dejarse tentar por el placer de la dialéctica. No haga derecho sino moral - es un jurista quien se lo dice.

 

Conjeturo que los días que vienen no serán de los más cómodos y que el hombre de Brujas atormentará aún algunas de sus noches. No dispongo de consejo que pueda darle. Pero me parece, al margen de toda consideración canónica, que dos normas de conducta se imponen: la firmeza frente a los descarriados y la solidaridad en favor de las víctimas.

 

Este domingo 24 de abril de 2011

 

Texto original en francés

 

-oOo-