23/11/2007

Para que no olvidemos a Fernán-Gómez 1/2

Para que no olvidemos a Fernán-Gómez 1/2

Permalink 22.11.07 @ 23:58:59. Archivado en Sobre el autor, Semántica, Pragmática, Sociogenética, Antropología, Educación, Teatro, Novela, Cine

«Me gustaría ser recordado; hoy por hoy me parece que con que se me recordase estaría satisfecha mi vanidad» (FFG).

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Imagen: Fernando Fernán-Gómez trabajando con Patricia Ferreira su papel como protagonista en el filme "Para que no me olvides"

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Fernando Fernán-Gómez nació en el seno del teatro, en Lima, el 28 de agosto de 1921, durante una gira por América de la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, compañía en la que trabajaba su madre, la actriz Carola Fernán Gómez. Su partida de nacimiento fue expedida días más tarde en Buenos Aires, atribuyéndole, en virtud del derecho del suelo, la nacionalidad argentina, nacionalidad que conservaría hasta que le fuera otorgada la nacionalidad española en 1984.

Llegó a España cuando tenía tres años y fue su abuela quien se encargó de su educación, en Madrid, calle de Álvarez de Castro, en el barrio de Chamberí, que es el escenario y al mismo tiempo el microcosmos de la guerra civil española en su obra Las bicicletas son para el verano. Su vocación infantil fue doble: la interpretación y la escritura. Si públicamente se inclinó por la carrera de actor, nunca dejó de escribir y, desde luego de leer.

Estudió Filosofía y Letras en Madrid, pero su verdadera vocación lo condujo al teatro, donde debutó como profesional en 1938 en la compañía de Laura Pinillos, tras haber representado algún que otro papel como actor incluso durante su época escolar. En efecto, tenía nueve años cuando debutó en una obra de su colegio como camarero. Desde 1934 integró grupos de teatro aficionado y el estallido de la Guerra Civil interrumpió sus estudios de Filosofía y Letras. Sin obtener dinero a cambio, motivado sólo por su pasión, entró en dos compañías. En el montaje de la obra de una de ellas fue descubierto por el dramaturgo Jardiel Poncela, que le dio un papel en una pieza de 1940. Enrique Jardiel Poncela lo descubrió en la compañía de Laura Pinillos, dándole su primera oportunidad al ofrecerle, en 1940, un papel como actor de reparto en su obra Los ladrones somos gente honrada.

Tres años después, en 1943, lo contrató la productora cinematográfica Cifesa, irrumpiendo así en el cine con la película Cristina Guzmán, dirigida por Gonzalo Delgrás. Por su aspecto, lo suyo no era hacer de galán. Partió haciendo comedia, pero luego derivó en un actor de carácter respetado. Al año siguiente le ofrecieron su primer papel protagonista en Empezó en boda (1944), de Raffaello Matarazzo. Fue el inicio oficial de su carrera, que sería triunfal.

Sin embargo, desde el comienzo sintió que su vocación iba más allá de la interpretación. Su primera película fue la comedia "Manicomio", de 1954, y dirigió 27 películas en total. En paralelo, nunca descuidó el teatro, como dramaturgo, como director y como actor. En los 80 comenzó a desarrollar su faceta de literato: escribió novelas, ensayos, fue columnista para periódicos como "ABC", "Diario 16" y "El País".

No aceptaba que se metieran en su vida privada. Se casó y se divorció de la cantante María Dolores Pradera, con quien tuvo dos hijos, Helena y Fernando. En 2000 se casó con la actriz Emma Cohen, con quien tenía una relación desde los años 70.

Un recuerdo muy personal, aunque un poco confuso en cuanto a la fecha precisa: en 1942, siendo yo un crío que iba a cursar o cursaba ya, en 1943-44, la escuela preparatoria en Málaga, por amistad de mis padres con el obispo, tuve la ocasión de ver a Fernando Fernán-Gómez rodando "La mies es mucha" en los palmerales de la finca de San José de los hermanos de San Juan de Dios, que servía en aquél entonces de manicomio, más que probablemente de presos políticos. La película narraba los infortunios del Padre Santiago, interpretado por Fernando Fernán-Gómez, misionero que se traslada a la India para ejercer su labor apostólica. Allí debe enfrentarse a unas condiciones de vida atroces y es testigo de la extrema pobreza en la que viven los nativos. La situación se ve agravada por una epidemia que terminará costándole la vida al misionero. La mies es mucha es una película española dirigida por José Luis Sáenz de Heredia en 1948, típico ejemplo del cine religioso realizado en la época. El filme fue un enorme éxito de taquilla en su momento, y obtuvo los premios del Círculo de Escritores Cinematográficos y Nacional del Sindicato del Espectáculo (Wikipedia).

El 19 de noviembre de 2007, el actor, director, guionista, escritor y académico de la lengua Fernando Fernán-Gómez, fue ingresado en el área de Oncología del madrileño Hospital Universitario La Paz, para ser tratado de una neumonía. Fallecía ayer, 21 de noviembre de 2007, a los 86 años de edad. El parte médico consignó como momento del fallecimiento las 18:00 horas y como causa inmediata una insuficiencia cardiorrespiratoria.

Figura por antonomasia del séptimo arte español, había recibido cuatro premios Goya; era premio Príncipe de Asturias de las Artes, premio Nacional de Cine y Teatro, premio Mariano de Cavia y Medalla de Oro de la Academia de Cine.

Marisa Paredes, presidenta de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, lo describió a la perfección durante la entrega de la décima Medalla de Oro: «Por anarquista, por poeta, por cómico, por articulista, por académico, por novelista, por dramaturgo, por único y por consecuente».

Colaborador de ABC desde abril de 1972, este periódico publica hoy el último de los casi doscientos artículos que Fernando Fernán-Gómez le envió a lo largo de treinta y cinco años.

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El Campo de las Calaveras
por FERNANDO FERNÁN-GÓMEZ
De la Real Academia Española

NO fue producto del sueño profundo, pero casi, casi. Fue producto de la duermevela. («Duermevela, DRAE: Sueño ligero en que se halla el que está dormitando».)

Los jugadores de uno de los equipos iban de blanco; los del otro, a rayas azules y blancas. Alrededor del campo de fútbol, un centenar, más bien más que menos, de espectadores, presenciaban de pie el partido de fútbol. («Fútbol, DRAE: Juego entre dos equipos de once jugadores cada uno, cuya finalidad es hacer entrar un balón por una portería conforme a reglas determinadas, de las que la más característica es que no puede ser tocado con las manos ni con los brazos».)

Entre los jugadores, unos metros alejado de la pelota, de la jugada, no corría, pero andaba a buen paso, un joven algo menos joven que los demás, que vestía una camiseta o blusa amarilla. Debía de ser el árbitro.

Pero, entonces ¿quién era ese otro joven que, bien plantado sobre el verde césped y también vestido de amarillo, apuntaba algo en un cuadernito? ¿Un árbitro suplente? ¿O se jugaba el partido con dos árbitros? ¿Era esto posible?

¿Y quiénes eran aquellos dos mozalbetes, que, emparejados y también de amarillo, entre aspavientos y vociferando, corrían hacia el lugar de la jugada, donde ya dos futbolistas, uno de blanco y el otro de azul y blanco, habían llegado a las manos, y otros, de ambos equipos, intentaban en vano separarlos? Quizás fueran auxiliares del árbitro. Mejor dicho: de los árbitros, si, como yo me preguntaba, era posible que éstos fueran dos.

En lo que intentaba resolver esa duda, la pelea se había generalizado y sobre el césped luchaban los once de blanco con los once de azul y blanco más algunos espectadores, bastantes, muchísimos, que se habían sumado al conflicto por cuestiones de barrio -que si Trafalgar, que si Cuatro Caminos-, de lugar de trabajo -que si Moneda y Timbre, que si el Ayuntamiento- o, simplemente, por espíritu deportivo -que si boxeo, que si catch as catch can, especie de lucha libre muy de moda en aquellos tiempos. (En el DRAE no viene, no registra este término.)

Para considerar algo verosímil este relato, apoyado en recuerdos muy verídicos -aunque también puede considerarse divagación- debe saber el paciente lector, por si además de paciente es receloso y teme ser engañado, que los futbolistas que en él han aparecido no eran futbolistas profesionales, sino aficionados. Líbreme Dios, y sus comisionistas en la Tierra, de pensar que los profesionales hubieran sido capaces de semejante comportamiento, y líbrenme además de difundir tal calumnia. Y también debe saber, por lo tanto, el inteligente lector, que el partido no era de Liga ni de Copa. Y que no tuvo lugar en el campo de fútbol de Chamartín, el profesionalísimo y lujosísimo Estadio Bernabéu, ni en el algo más modesto de Vallehermoso, sino en el Campo de las Calaveras.

Este terrorífico nombre, siempre que surge está pidiendo una explicación sobre sus orígenes, una explicación con apariencia de veraz.

O, cuando menos, algún comentario. Por no faltar a la regla recordaré que en tiempos hoy ya muy remotos, desde mediados hasta finales del siglo XIX, hubo en Madrid, entre la parte trasera de los Jardines del Canal de Lozoya, en la calle de Bravo Murillo, y la Avenida de la Reina Victoria, varios cementerios: el de la sociedad La Patriarcal y los llamados de San Martín, San Luis y San Ginés. Su demolición, ya en el siglo XX, dio lugar a una extensa zona de solares edificables, utilizada por el vecindario, mientras les iba llegando su hora, como lugar de esparcimiento, («Esparcimiento, DRAE: Conjunto de actividades con que se llena el tiempo libre».) en la que, según el rumor popular, con frecuencia se encontraban restos de esqueletos humanos. Y de ahí lo de «Campo de las Calaveras».

En este campo pelean los dos equipos, olvidados del más allá, pendientes únicamente del más acá, el inmediato más acá. Tienen dos únicos objetivos, alejados de cualquier otro: meter el balón en la portería del equipo enemigo y cerrar la portería propia, sin faltar a las reglas, pero de manera que el enemigo no consiga traspasarla. No importa saber cuál de los dos equipos tiene razón. No es eso lo que se dirime. Tampoco importa el hecho de que la práctica de ese deporte contribuya a la mejoría de la salud o que sea perjudicial para el cuerpo. A veces puede surgir la belleza en alguna jugada, pero si esa belleza no contribuye a que el balón entre en la portería contraria será tiempo perdido.

Terminó la duermevela. Soy un hombre despierto. Más o menos despierto. Todo lo despierto que se puede ser, o estar, en este mundo y este tiempo tan poblados por amas de cría cuidadosas, por psicoanalistas vigilantes, por profesores licenciados en múltiples enseñanzas, por políticos laboriosísimos.

Dejo atrás el mundo de los dormidos, arropados en sus sueños. Estoy ya en el mundo de los despiertos. Somos muy trabajadores. Para nosotros el trabajo es un placer. Estamos bastante bien preparados, muy preparados. Empezó nuestra preparación en la lejana infancia y no la abandonamos ni en la adolescencia ni en la juventud. Casi podría decir que estaba prohibido abandonarla. Poco importaba la ética. Ni la caridad.

Y mucho menos importaba ese personaje fantasmal de nuestra infancia al que las abuelitas y algún que otro sacerdote solían llamar «el prójimo».

Lo que importaba era meter gol al equipo contrario. Y que no metieran gol a nuesro equipo. En tiempos remotos, cuando éramos unos chicos que jugábamos en la calle, aprendimos que todo consistía en una guerra de letras: CEDA, UGT, CNT, FET y de las JONS... Y así hasta cerca de cincuenta.

El hombre mayor que había en las familias, incluso en las familias que no parecían familias, como podía considerarse la mía, se creía obligado a adiestrar a los chicos en rudimentos de ciencia política. En mi caso, este empleo honorífico le correspondió a mi tío Carlos, y aún recuerdo al hombre esforzándose en explicarme la diferencia entre sindicalismo y socialismo. Y cómo yo debía ser anarco-sindicalista, la FAI, porque los socialistas, el PSOE, estaban vendidos al capitalismo.

Pero,en resumidas cuentas, lo que sacaba yo en conclusión de sus enseñanzas era lo mismo que sacaban de las enseñanzas de sus mayores los otros chicos del barrio que jugaban y cambiaban opiniones conmigo en la calle y en el colegio: que había que meter gol -o goles, muchos goles- al equipo contrario y procurar que en nuestra portería nadie metiera ningún gol.

La ética, la caridad, la historia, la convivencia, el amor al prójimo, la igualdad, la paz... eran asignaturas de adorno.

21/11/2007

Pero Pérez, el cura del Quijote

Pero Pérez, el cura del Quijote

Permalink 21.11.07 @ 19:18:41. Archivado en El Quijote, Semántica, Pragmática, España, Sociogenética, Novela

Pero Pérez, el Cura de su lugar y gran amigo de don Quijote.

La asociación del hipocorístico (1) arcaico Pero con el patronímico Pérez es muy antigua y muy frecuente en nuestra lengua. Está documentada desde 1244. En el momento en que escribíamos estas líneas, el 05.07.05, el motor de búsqueda Google encontraba 1200 páginas en español para "Pero Pérez". Al reeditarlas hoy, 21.11.07, el motor de búsqueda Google encuentra 15.900 páginas.

Uno de los más famosos trabalenguas que circulan por los manuales de dicción, en los centros de formación de locutores y en las clases de lengua española para extranjeros, desde hace muchos años, ha escogido como protagonista a un homónimo del cura del Quijote: -Pedro Pero Pérez Crespo, ¿Dónde moras? / -¿Por qué Pedro Pero Pérez Crespo preguntáis? / Porque en este lugar hay tres Pedros Pero Pérez Crespo: / Pedro Pero Pérez Crespo de arriba, / Pedro Pero Pérez Crespo de abajo, / Pedro Pero Pérez Crespo del rincón. / Estos tres Pedros Pero Pérez Crespo son.

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cur-: cura: 317: [dijo el cura: 62; el cura: 247: [el cura y el barbero: 27]; respondió el cura: 13; replicó el cura: 5; señor cura: 14]; curaba: 2; curaban: 2; curad: 1; curadillo: 1; curado: 7; Curambro: 1; curan: 3; curándome: 1; curándose: 2; curar: 10; curara: 2; curaremos: 1; curaría: 1; curarle: 4; curarme: 2; curaron: 1; curarse: 4; curase: 3

cura 1 ('asistencia que se presta a un enfermo' «la cura de la qual emfermedat» y antiguamente 'cuidado', doc. 1220-50, del lat. cura 'cuidado, solicitud') f. 'cuidado, solicitud'

|| la cura de su locura: «dieron orden para que,… con la invención de la libertad de la reina Micomicona, pudiesen el cura y el barbero llevársele como deseaban, y procurar la cura de su locura en su tierra.», I.46.30. • Notable paronomasia, reveladora del placer que procura la escritura, al modelar la forma como se modela la cera, con un poco de calor y una suave presión de los dedos: «el cura… procura la cura de su locura»

cura 2 (doc. 1396: «el cura del dicho lugar», de cura 1, por metáfora y metonimia 'párroco', se aplicó esta denominación al párroco, por tener a su cargo la cura de almas o cuidado espiritual de sus feligreses) m. «El párroco y el rector que tiene a su cargo el administrar lo sacramentos y dotrinar los feligreses de su parroquia; y así se pudo dezir del cuidado que debe tener en velar, como buen pastor, sobre aquellas ovejas que están a su cargo.», Cov. 388.a.18

El imitador Avellaneda evoca en su detalle el conjunto de la jerarquía eclesiástica de la época, en una de sus frecuentes enumeraciones exhaustivas, razón por la cual más de un crítico piensa que él mismo pertenecía a esta jerarquía como hombre de iglesia: «estoy por volver al lugar y desafiar a singular batalla, no solamente al cura, sino a cuantos curas, vicarios, sacristanes, canónigos, arcedianos, deanes, chantres, racioneros y beneficiados tiene toda la Iglesia romana, griega y latina», DQA, 4 § 4.

|| —¡Ah, señor cura, señor cura!: ® señor

|| el cura de su lugar [de don Quijote]: El hidalgo tuvo muchas veces «competencia con el cura de su lugar—que era hombre docto, graduado en Sigüenza—, sobre cuál había sido mejor caballero», I.1.3.

En ningún momento se nos da la prosopografía de este personaje central «al natural», aunque sí disponemos de la descripción del disfraz que toma para sacar a Don Quijote de Sierra Morena, como si el autor prefiriera que nos centráramos sobre su etopeya de tracista. De ella derivan no sólo sus acciones sino el mismo disfraz que adopta para realizar la más importante de ellas: «la ventera vistió al cura de modo que no había más que ver: púsole una saya de paño, llena de fajas de terciopelo negro de un palmo en ancho, todas acuchilladas, y unos corpiños de terciopelo verde, guarnecidos con unos ribetes de raso blanco, que se debieron de hacer, ellos y la saya, en tiempo del rey Bamba. No consintió el cura que le tocasen, sino púsose en la cabeza un birretillo de lienzo colchado que llevaba para dormir de noche, y ciñóse por la frente una liga de tafetán negro, y con otra liga hizo un antifaz, con que se cubrió muy bien las barbas y el rostro; encasquetóse su sombrero, que era tan grande que le podía servir de quitasol, y cubriéndose su herreruelo, subió en su mula a mujeriegas», I.27.1.

El cura se llama Pero Pérez. Nótese bien que el apellido Pérez es derivado del nombre Pero y que este nombre, forma arcaica e hipocorístico de Pedro, es, por antonomasia, el del primer Papa, no como ciudadano privado, sino como pastor supremo de la iglesia. Es una manera de apuntar al lector, mediante el superlativo por repetición, que este personaje es dos veces lo que su nombre significa. Conviene notar igualmente que esta asociación del hipocorístico Pero con el patronímico Pérez es muy frecuente desde 1244.

Pero Pérez es el Cura del lugar de don Quijote, con el cual y con cuya familia tiene una relación de amistad y de responsabilidad pastoral tan fuerte, que se siente obligado a correr tras don Quijote para hacerlo volver a la aldea, reaccionando así, en amigo leal de la familia y en celoso cura de pueblo, a la intención implícita de la pregunta del ama, que equivale a una orden de misión: «—¿Que le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez —que así se llamaba el cura—, de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no parecen él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza, ni las armas.», I.5.15.

Su función en el Quijote es indisociable de la del barbero, con el cual forma una pareja comparable con la de don Quijote y Sancho, de cuya pareja de andantes son antagonistas, aunque bajo la apariencia de colaboración, para obtener la del propio interesado. Cabe decir que son enviados a la búsqueda de don Quijote por la pareja familiar formada por la sobrina y el ama de don Quijote, que funcionan en la novela como el poder social que les encarga de esta misión, si no de héroes sí heroica, por tratarse de hacer volver al pueblo a un loco. (® parejas en el Quijote.).

Él y el barbero frecuentan la casa de don Quijote por ser sus grandes amigos, de manera que allí los encuentra Pedro Alonso cuando trae de vuelta de su primera salida a don Quijote: «estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote», I.5.14.

A juzgar por la minuciosidad con que examina la biblioteca de su amigo durante el gran escrutinio, I.6, el cura del pueblo de don Quijote conoce al detalle los más populares libros de caballerías.

Intentando destruir la causa del mal, dirige el escrutinio de la librería: «Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo», I.6.Epígr.

Se disfraza y sale en busca de don Quijote, para hacerlo volver al pueblo: «El cura le contó en breves razones la locura de don Quijote, y cómo convenía aquel disfraz para sacarle de la montaña, donde a la sazón estaba.», I.27.2.

Cuando encuentra a don Quijote, se ingenia para presentarse a él sin alarmarle. Se dice del cura que «era un gran tracista», antes de explicar lo que imaginó para que Don Quijote no reconociera a Cardenio como el loco de Sierra Morena, con quien anteriormente se había peleado: «Todo esto miraban de entre unas breñas Cardenio y el cura, y no sabían qué hacerse para juntarse con ellos; pero el cura, que era gran tracista, imaginó luego lo que harían para conseguir lo que deseaban, y fue que con unas tijeras que traía en un estuche quitó con mucha presteza la barba a Cardenio, y vistióle un capotillo pardo que él traía», I.29.39.

No pierde el norte en su propósito principal, que consiste en hacer volver a Don Quijote a su aldea. Así pués, cuando Don Quijote se dice dispuesto a irse hacia el Micomicón, el Cura replica: «por la mitad de mi pueblo hemos de pasar», I.29.57. Cuando Don Quijote expresa al Cura su extrañeza por encontrarle en aquellas partes tan solo, el Cura replica que yendo a Sevilla con el Barbero a cobrar unos dineros, les atacaron y robaron hasta las barbas unos galeotes que liberó un hombre valiente, pero que debía estar falto de juicio, etc, a Don Quijote «se le mudaba el color a cada palabra, y no osaba decir que él había sido el libertador de aquella buena gente», I.29.61.

Cuando Sancho Panza dice que el que hizo esta hazaña fue su amo, aunque le avisó que era pecado darles libertad, Don Quijote lo llama majadero y dice que «a los caballeros andantes no les toca ni atañe averiguar si lo afligidos… van de aquella manera… por sus culpas o por sus gracias; sólo le toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerías.», I.30.3.

Don Quijote está dispuesto a hacer conocer con su espada que hizo con los galeotes lo que su religión le pedía.

Para ayudar al auténtico Cautivo a hacerse reconocer por el oidor como su hermano, asume el papel de excautivo, pretendiendo que fue capturado en la Goleta mientras que un amigo suyo llamado Ruy Pérez de Viedma lo fue en la batalla de Lepanto: «—Del mesmo nombre de vuestra merced, señor oidor, tuve yo una camarada en Costantinopla, donde estuve cautivo algunos años», I.42.18.

Dialoga con el canónigo sobre libros de caballerías y comedias, I.47.30 y ss.

Regresa a la aldea trayéndose a don Quijote encerrado en una jaula: «Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos los pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta paciencia como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra.», I.47.13.

Visitas a don Quijote en su casa, para informarse de su salud, II.1.1 y ss.

Asiste a don Quijote moribundo: «Acabóse la confesión, y salió el cura, diciendo: —Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.», II.74 § 15-16.

Deseando que nadie repita ni las locuras de don Quijote ni las falsedades del autor apócrifo, se preocupa tanto como el autor verdadero y el editor de que conste oficialmente por escribano público la muerte de su amigo: «Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio cómo Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote de la Mancha, había pasado desta presente vida, y muerto naturalmente», II.74.27. ® Pérez: Pero Pérez

|| ® barbero: el cura y el barbero: como lo muestra el refranero, la asociación de un cura y de un barbero, en pareja de personajes, es proverbial: ««El kura i el sakristán, el barvero i su vezino, todos muelen en un molino; ¡i ké buena harina harán!» El sakristán es: el barvero; el kura: el vezino; kon ke, pareziendo kuatro no son más de dos.», Corr. 106.a.

Vuelta de don Quijote a su lugar, conducido por su vecino Pedro Alonso sobre un jumento: «entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló toda alborotada; y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote», I.5.14.

Sin embargo en el Quijote esta asociación no va tan lejos como en el refrán que acabamos de recordar, puesto que en ningún momento podemos concluir que maeses Nicolás sea al mismo tiempo el sacristán de Pero Pérez, cura del lugar de don Quijote. La asociación de un cura con un sacristán aparece solamente en el caso del Toboso, adonde Don Quijote llega por la noche para visitar a Dulcinea: «en esa casa frontera viven el cura y el sacristán del lugar; entrambos o cualquier dellos sabrá dar a vuestra merced razón desa señora princesa, porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso», II.9.26.

(1) ‘designación cariñosa o familiar’

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Fuente: Salvador García Bardón, Taller cervantino del “Quijote”, Textos originales de 1605 y 1615 con Diccionario enciclopédico, Academia de lexicología española, Trabajos de ingeniería lingüística, Bruselas, Lovaina la Nueva y Madrid. Este artículo apareció el 05.07.05.

XC Asamblea Plenaria de la conferencia episcopal

XC Asamblea Plenaria de la conferencia episcopal

Permalink 20.11.07 @ 23:58:26. Archivado en España, Sociogenética, Religiones, Educación

Recogemos aquí los pasajes esenciales del discurso del Excmo. y Rvmo. Sr. D. Ricardo Blázquez Pérez, Obispo de Bilbao y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, discurso pronunciado durante la inuguración de la XC Asamblea Plenaria de la conferencia episcopal, celebrada en Madrid, del 19 al 22 de noviembre de 2007.

0. Nuevos cardenales y nuevo obispo españoles

El día 17 de octubre nombró el Papa Cardenales al Sr. Arzobispo de Valencia, Mons. Agustín García-Gasco, y al Sr. Arzobispo de Barcelona, Mons. Lluís Martínez Sistach; la elección es un reconocimiento de sus personas y de sus diócesis. Fue elegido también Cardenal el padre Urbano Navarrete, nacido en Camarena de la Sierra (Teruel); excelente profesor de Derecho Canónico y reconocido maestro de canonistas en la Pontificia Universidad Gregoriana, de la que fue también Rector; la designación muestra la gratitud del Papa a su largo, cualificado y fiel servicio a la Iglesia.
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Felicito al P. Martínez Camino, que ha sido nombrado anteayer Obispo Auxiliar de Madrid.

1.- Beatificación de 498 mártires.

Los historiadores españoles y extranjeros han estudiado mucho y previsiblemente continuarán estudiando lo que aconteció en España en el decenio de los treinta; la bibliografía es abundantísima. Fue un periodo agitado y doloroso de nuestra historia; la convivencia social se rompió hasta tal punto que en guerra fratricida lucharon unos contra otros. Con sus conclusiones los investigadores nos ayudan a comprender hechos y datos, causas y consecuencias; sus interpretaciones, debidamente contrastadas, nos acercan con la mayor objetividad posible a la realidad muy compleja. Deseamos que se haga plena luz sobre nuestro pasado: Qué ocurrió, cómo ocurrió, por qué ocurrió, qué consecuencias trajo. Esta aproximación abierta, objetiva y científica evita la pretensión de imponer a la sociedad entera una determinada perspectiva en la comprensión de la historia. La memoria colectiva no se puede fijar selectivamente; es posible que sobre los mismos acontecimientos existan apreciaciones diferentes, que se irán acercando si existe el deseo auténtico de comprender la realidad.

Cada grupo humano –una sociedad concreta, la Iglesia católica en un espacio geográfico, una congregación religiosa, un partido político, un sindicato, una institución académica- tienen derecho a rememorar su historia, a cultivar su memoria colectiva, ya que de esta manera profundizan también en su identidad. La Iglesia católica, por ejemplo, en el Concilio Vaticano II buscó su reforma y renovación volviendo a las fuentes. Este conocimiento que actualiza el pasado, además de ensanchar la conciencia compartida por el grupo, puede sugerir actuaciones de cara al futuro, ya que memoria y esperanza están íntimamente unidas. Pero no es acertado volver al pasado para reabrir heridas, atizar rencores y alimentar desavenencias. Miramos al pasado con el deseo de purificar la memoria, de corregir posibles fallos, de buscar la paz. Recordamos sin ira las etapas anteriores de nuestra historia, sin ánimo de revancha, sino con la disponibilidad de afirmar lo propio y de fomentar al mismo tiempo el respeto a lo diferente, ya que nadie tiene derecho a sofocar los legítimos sentimientos de otro ni a imponerle los propios. La búsqueda de la convivencia en la verdad, la justicia y la libertad debe guiar el ejercicio de la memoria. Con las siguientes palabras expresó lo que venimos diciendo Mons. Antonio Montero, Arzobispo emérito de Mérida-Badajoz, en su extraordinaria obra presentada en su momento como tesis doctoral en la Universidad Pontificia de Salamanca: “Que los hechos se conozcan bien, pero desprovistos en todo lo posible de cualquier fermento pasional” (Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, Madrid 1961, p. VIII). Y alguien, que perdió a sus padres profundamente católicos en aquella persecución, ha afirmado en manifestaciones recientes: “Un cristiano no puede dejarse llevar del odio, aunque sea en nombre de la justicia”.
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La Conferencia Episcopal Española, sintonizando con el espíritu de Juan Pablo II, hizo público poco antes de cruzar el umbral del año 2000 un documento titulado La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX (20 de noviembre de 1999), en que se unían pasado, presente y futuro como en el canto del Magníficat de la Virgen María. Acción de gracias por los dones recibidos, reconocimiento de nuestros pecados y petición de perdón, y confianza en las promesas de Dios. De aquel documento son las siguientes palabras que pertenecen a la segunda parte: “También España se vio arrastrada a la guerra civil más destructiva de su historia. No queremos señalar culpas de nadie en esta trágica ruptura de la convivencia entre los españoles. Deseamos más bien pedir el perdón de Dios para todos los que se vieron implicados en acciones que el Evangelio reprueba, estuvieran en uno u otro lado de los frentes trazados por la guerra. La sangre de tantos conciudadanos nuestros derramada como consecuencia de odios y venganzas, siempre injustificables, y en el caso de muchos hermanos y hermanas como ofrenda martirial de la fe, sigue clamando al Cielo para pedir la reconciliación y la paz. Que esta petición de perdón nos obtenga del Dios de la paz la luz y la fuerza necesarias para saber rechazar siempre la violencia y la muerte como medio de resolución de las diferencias políticas y sociales” (n. 14). Debemos estudiar la historia para conocerla siempre mejor; y una vez leídas sus páginas, aprendamos sus principales lecciones: La convivencia de todos en las diversidades legítimas, la afirmación de la propia identidad de manera no agresiva sino respetuosa de otras, la colaboración entre todos los ciudadanos para construir la casa común sobre los cimientos de la justicia, de la libertad y de la paz. Recordamos la historia no para enfrentarnos sino para recibir de ella o la corrección por lo que hicimos mal o el ánimo para proseguir en la senda acertada.

La palabra mártir tiene varias acepciones en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. De las diferentes acepciones recuerdo ahora dos: 1) “Persona que padece muerte por amor de Jesucristo y en defensa de la religión cristiana”, y 2) “Persona que muere o padece mucho en defensa de otras creencias, convicciones y causas”. Aunque nosotros nos referimos a los mártires cristianos, mostramos nuestro respeto a las personas que han mantenido sus convicciones y han servido a sus causas hasta afrontar las últimas consecuencias. La beatificación de los mártires por la autoridad apostólica de la Iglesia no supone desconocimiento ni minusvaloración del comportamiento moral de otras personas, sostenido con sacrificios y radicalidad. Ante toda persona que lucha honradamente por la libertad de los oprimidos, por la defensa de los pobres y por la solidaridad entre todos los hombres inclinamos nuestra cabeza, remitiendo a Dios el juicio último de su vida y de la nuestra.

2.- “Iglesia en España y Pastoral de las migraciones”

Por lo que se refiere a nuestro país, el fenómeno migratorio ha cambiado de signo en los últimos años. Hemos pasado de ser país de emigración a ser uno de los países de Europa con más elevado número de inmigrantes; esta inversión, además, se ha realizado en poco tiempo. Las cifras son elocuentes: En diez años el número de extranjeros ha pasado de 542.314 en 1996 a 4.144.166 en 2006. En los últimos cinco años se ha dado una media de crecimiento de 500.000 por año. La experiencia de haber sido pueblo de emigración debe recordarnos aquellas palabras del Éxodo: “Forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” (22,20); y particularmente las de Jesús en el Evangelio: “Fui forastero y me hospedasteis” (Mt 25,35).
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Un inmigrante no es sólo mano de obra para producir; es, ante todo, una persona, miembro de la familia humana, hermano nuestro, hijo de Dios. La visión humana y cristiana del hombre nos impulsa a promover la acogida, el respeto, la ayuda, la comprensión, la solidaridad. La integración de los inmigrantes exige, tanto por parte del país de acogida como por parte de los trabajadores y de sus familias, un esfuerzo paciente y sostenido; los inmigrantes deben ser reconocidos en sus derechos humanos y laborales y ellos a su vez deben respetar las leyes y tradiciones legítimas del país que los recibe. Si unos y otros trabajan en la búsqueda de la integración de los inmigrantes, los posibles brotes de rechazo y exclusión serán sofocados fácilmente. Con estas reflexiones teóricas y prácticas, surgidas de una experiencia larga y eficaz, presta la Conferencia Episcopal -así confiamos y deseamos-, una ayuda valiosa a nuestras diócesis e incluso a toda la sociedad española.
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3.- Centenario del nacimiento del Cardenal Tarancón

El día 14 de mayo de 1907 nació en Burriana (Castellón de la Plana) el Cardenal Vicente Enrique y Tarancón. En la apertura de la presente Asamblea Plenaria lo recordamos con profunda gratitud. Nuestra memoria es homenaje y reconocimiento de su persona y de su obra. Fue, en una coyuntura crucial, un don de Dios para la Iglesia y la sociedad española. Evocamos hoy al Cardenal Tarancón, conscientes de que forma parte relevante de nuestra historia.
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En una mirada retrospectiva, recapitulando el Cardenal Tarancón el decenio en que presidió la Conferencia Episcopal Española, manifestó la intención que le había guiado. “Me propuse dos objetivos: Aplicar a España las enseñanzas del Concilio Vaticano II en lo referente a la independencia de la Iglesia de todo poder político y económico, y procurar que la comunidad cristiana se convirtiese en instrumento eficaz de reconciliación para superar el enfrentamiento entre los españoles que había culminado en la guerra civil”. La Iglesia en el Concilio no sólo promovió una renovación profunda de sus actitudes y estructuras internas, sino también orientó de manera distinta las relaciones con el mundo, con la sociedad y con el hombre. Estos cambios eran más delicados, en nuestra Iglesia por la riqueza de la vida cristiana que estaba en cambio, y en la sociedad, a la que se debían evitar traumas innecesarios en la transición de un régimen personal a un régimen democrático con los numerosos y profundos cambios implicados. Fueron directrices para Tarancón tanto el amor a la Iglesia como el servicio a nuestro pueblo; fue consciente de la situación singular y de la alta responsabilidad que se le confiaba cuando pensó en él Pablo VI para liderar a la Iglesia en aquella delicada situación y cuando la Conferencia Episcopal lo eligió y reeligió como su Presidente.

Actuando en sintonía con las directrices del Papa Pablo VI y expresando, además, lo que las nuevas generaciones de Obispos, sacerdotes, religiosos y seglares anhelaban, pudo cumplir el encargo con dedicación y acierto. Sus dotes humanas y experiencia pastoral lo hicieron apto para recibir tal misión en aquella hora histórica; con la desenvoltura que le caracterizó diría de sí mismo que era un hombre a quien pusieron en un puesto difícil en un momento difícil. De alguna manera era Don Vicente memoria viva de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad; hombre de espíritu abierto, avizor del futuro, sensible como un sismógrafo a los movimientos subterráneos de la sociedad, de natural optimista y decidido, hábil y sagaz. Fue una persona que, asumiendo el encargo otorgado y la responsabilidad real y simbólica que se le reconoció, contribuyó poderosamente a que nuestra Iglesia acometiera los cambios necesarios. Imprimió a la Iglesia un dinamismo que le permitió acompañar a la sociedad en una encrucijada de gran trascendencia para ambas, ya que debían tomar decisiones de largo alcance. El Cardenal Enrique y Tarancón buscó siempre la concordia, respetando la pluralidad y fomentando el diálogo; con buen instinto supo rodearse de valiosos colaboradores. Sin olvidar el pasado miraba al futuro, y por ello confiaba en las nuevas generaciones y les daba la palabra. Afirmaba abiertamente que la Iglesia veía con buenos ojos la llegada de la democracia y el pluralismo que le es inherente.

Texto completo del discurso

00:54 Écrit par SaGa Bardon dans Actualidad | Lien permanent | Commentaires (0) | Tags : espa a, sociogenetica, religiones, educacion |  Facebook |