16/06/2016

Molinos en El Quijote: 2/2 de agua

 

barco : 28; de barc-: barca
barco (doc. s. XIII, debarca) m.

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→ La palabrabarco figura por la primera vez, en el corpus del castellano antiguo, publicado por la Real Academia, en un Mandamiento de Fernando III, que regula el tránsito de ganado y otras mercancías de un lado al otro del río Tajo: ←

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Ferrandus, Dei gratia rex Castelle e Toleti, omnibus hominibus regni sui hanc cartam videntibus, salutem et gratiam.

Sepades que yo fallé por pesquisa que mio avuelo mandó que nengún ganado ni otra cosa nenguna pora vender en razón de mercadura non passe Tajo en puente ni en barco fuera por la puente de Toledo, e de Alfariella e de Zorita. E pues que esta pesquisa fallo, yo mando que ni ganado ni otra cosa nenguna que por avender sea fuera conducho cada uno pora sus casas e a sos ganados e non pora vender no passe Tajo fuera por estos tres logares, e si los fraires lo fallassen en otra parte passando, mando que lo prendan por descaminado.

Otrosí fallo por pesquisa que los de Ocaña de todo lo que passaren an a dar portadgo fuera de pan, e de vino e de sal que passen pora sus casas e pora sus ganados e non pora vender. Facta carta apud reg. exp XI die julii. Era MCCLX prima. Anno regni mei.

Mandamiento de Fernando III , AÑO: 1223, [Documentos del Archivo Histórico Nacional, 10. Documentos notariales l, (a. 1200-a. 1492)], publicado por D. Pedro Sánchez-Prieto, Universidad de Alcalá, Madrid, 1999.

La palabra barca, de la cual deriva la palabra barco, figura por la primera vez, en el corpus del castellano antiguo, publicado por la Real Academia, en el párrafo que consagra el texto latino del Fuero de Miranda de Ebro al tránsito de mercancías de un lado al otro del río Ebro, precisamente el río de la aventura quijotesca del barco encantado. Concretamente se mencionan como lugares de este tránsito: Logroño, Nájera, La Rioja, Álava y Miranda:

omnes homines de terra lucronii (1), aut de nagera, aut de rioga, qui uoluerint transire mercaturas uersus alauam, aut ad aliam terram ultra ebro, aut omnes de alaua / , aut de alia terra quacumque uersus lucronium, aut ad nagaram, aut riogam, transeant per mirandam & non per alia loca; si non perdant mercaturas; & de lucronio ad mirandam non sit pons nec barca.

Fuero de Miranda de Ebro, Anónimo, Ordenamientos y códigos legales, AÑO: 1099, Francisco Cantera Burgos, Consejo Superior de investigaciones científicas (Madrid), 1945, pp. 55-56.ª.

(1) Nótese que Lucronium fue un vado en el río Ebro, entre el monte Cantabria y Varea (valia), que debido a su fácil acceso se fue convirtiendo poco a poco en un próspero mercado, hasta que surgió la ciudad de Logroño. En esta zona, en la época pre-románica/románica, La Rioja estaba dominada por dos tribus celti-ibéricas llamadas berones y pelendones; estos primeros son los que habitaban la llamada zona de Lucronium y alrededores hasta Calagurris(Calahorra) y los berones la Rioja alta y la sierra.

BARCO ENCANTADO (doc. 1516): aventura del barco encantado: Epígrafe de II.29.

Esta aventura es una parodia de un episodio frecuente en libros de caballerías; enumeran antecedentes Clemencín y otros, (Schevill-Bonilla, Cortazar-Lerner, MdRiquer 62). Ver en particular Palmerín de Ingalaterra, cuyo protagonista «vio… un batel muy grande atado con una cuerda a un álamo», II, 56. • Amadís y Grasandor «fallaron allí un barco en la ribera sin persona que lo guardasse, de que fueron maravillados», AdG, p. 1701.

Imagen: El Quijote de Sástago (Zaragoza).

Esta imagen ilustra con humor la acalorada discusión de don Quijote con los molineros, que intentan frenar con varas largas el barco que se iba a embocar por el raudal de las ruedas del molino.

Aventura del barco encantado.

" En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del río, comenzó a caminar no tan lentamente como hasta allí. Los molineros de las aceñas, que vieron venir aquel barco por el río, y que se iba a embocar por el raudal de las ruedas, salieron con presteza muchos dellos con varas largas, a detenerle"

El Q. 29.29-30.

|•| En El Quijote se dice que a don Quijote «se le ofreció a la vista un pequeño barco sin remos ni otras jarcias algunas, que estaba atado en la orilla a un tronco de un árbol que en la ribera estaba.», II.29.2.

«El motivo del capítulo (sugerido por la presencia del río en la cueva de Montesinos) es uno de los más típicos de los libros de caballerías: el barco encantado que se encuentra por casualidad al lado del río o del mar y que se lleva por magia a un sitio exótico donde el caballero acaba una gran aventura (hay episodios específicos del Palmerín de Inglaterra y del Espejo de príncipes y caballeros que se han sugerido como modelos).

La 'aventura' que tiene lugar en este capítulo, que cabe denominar también aventura del molino de agua, se parece más a las de la Primera parte que a cualquier otra de la Segunda; es decir, Don Quijote transforma la realidad, emprende la aventura, fracasa, y se disculpa citando la intervención de los encantadores. Nótese en esto, como lo hemos anunciado en la primera parte de este artículo sobre los Molinos en El Quijote, la perfecta analogía estructural de esta aventura acuática con la aventura de los molinos de viento.

Pero hay diferencias importantes, sobre todo cuando Don Quijote reconoce la realidad («aunque parecen aceñas, es decir: molinos de agua, no lo son») y cuando les paga a los pescadores y molineros los estropicios provocados por su error, cosas que nunca ocurren en la Primera parte, pero que se ven cada vez con más frecuencia en la Segunda.

"Las palabras de Don Quijote en este capítulo («Dios lo remedie; que todo este mundo es máquina y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más», II.29.40.) ilustran bien su impotencia y su pesimismo y preparan la escena para la gran farsa que será la visita al castillo ducal.", Howard Mancing, en Rico 1998 b, p. 162.

|| trastornar el barco: ® trastornar

He aquí, con toda su simpatía, autenticidad y belleza, el texto original cervantino:

Imagen:Gustave Doré ilustra el salvamento de don Quijote y Sancho, náufragos, tras haber intentado sin éxito detener el barco.

26. En esto, descubrieron unas grandes aceñas que en la mitad del río estaban; y apenas las hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:

27. —¿Vees? Allí, ¡oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe de estar algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada, para cuyo socorro soy aquí traído.

28. —¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, señor?—dijo Sancho—. ¿No echa de ver que aquéllas son aceñas que están en el río, donde se muele el trigo?

29. —Calla, Sancho, dijo don Quijote—; que aunque parecen aceñas, no lo son; y ya te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural los encantos. No quiero decir que las mudan de en uno en otro ser realmente, sino que lo parece, como lo mostró la experiencia en la transformación de Dulcinea, único refugio de mis esperanzas.

30. En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del río, comenzó a caminar no tan lentamente como hasta allí. Los molineros de las aceñas, que vieron venir aquel barco por el río, y que se iba a embocar por el raudal de las ruedas, salieron con presteza muchos dellos con varas largas, a detenerle; y como salían enharinados, y cubiertos los rostros y los vestidos del polvo de la harina, representaban una mala vista. Daban voces grandes, diciendo:

31. —¡Demonios de hombres! ¿Dónde vais? ¿Venís desesperados? ¿Qué queréis? ¿Ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas?

32. —¿No te dije yo, Sancho—dijo a esta sazón don Quijote—, que habíamos llegado donde he de mostrar a dó llega el valor de mi brazo? Mira qué de malandrines y follones me salen al encuentro; mira cuántos vestiglos se me oponen; mira cuántas feas cataduras nos hacen cocos... Pues ¡ahora lo veréis, bellacos!

33. Y puesto en pie en el barco, con grandes voces comenzó a amenazar a los molineros, diciéndoles:

34. —Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y libre albedrío a la persona que en esa vuestra fortaleza o prisión tenéis oprimida, alta o baja, de cualquiera suerte o calidad que sea; que yo soy don Quijote de la Mancha, llamado el Caballero de los Leones por otro nombre, a quien está reservada por orden de los altos cielos el dar fin felice a esta aventura.

35. Y diciendo esto, echó mano a su espada y comenzó a esgrimirla en el aire contra los molineros; los cuales, oyendo, y no entendiendo, aquellas sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco, que ya iba entrando en el raudal y canal de las ruedas.

36. Púsose Sancho de rodillas, pidiendo devotamente al cielo le librase de tan manifiesto peligro, como lo hizo, por la industria y presteza de los molineros, que oponiéndose con sus palos al barco, le detuvieron; pero no de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con Sancho al través en el agua; pero vínole bien a don Quijote, que sabía nadar como un ganso, aunque el peso de las armas le llevó al fondo dos veces, y si no fuera por los molineros, que se arrojaron al agua, y los sacaron como en peso a entrambos, allí había sido Troya para los dos.

37. Puestos, pues, en tierra, más mojados que muertos de sed, Sancho, puesto de rodillas, las manos juntas y los ojos clavados al cielo, pidió a Dios con una larga y devota plegaria le librase de allí adelante de los atrevidos deseos y acometimientos de su señor.

38. Llegaron en esto los pescadores dueños del barco, a quien habían hecho pedazos las ruedas de las aceñas; y viéndole roto, acometieron a desnudar a Sancho, y a pedir a don Quijote se lo pagase; el cual, con gran sosiego, como si no hubiera pasado nada por él, dijo a los molineros y pescadores que él pagaría el barco de bonísima gana, con condición que le diesen libre y sin cautela a la persona o personas que en aquel su castillo estaban oprimidas.

39. —¿Qué personas o qué castillo dice—respondió uno de los molineros —, hombre sin juicio? ¿Quiéreste llevar por ventura las que vienen a moler trigo a estas aceñas?

40. —¡Basta!—dijo entre sí don Quijote—. Aquí será predicar en desierto querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna. Y en esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco, y el otro dio conmigo al través. Dios lo remedie; que todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más.

41. Y alzando la voz, prosiguió diciendo, y mirando a las aceñas:

42. —Amigos, cualesquiera que seáis, que en esa prisión quedáis encerrados, perdonadme; que, por mi desgracia y por la vuestra, yo no os puedo sacar de vuestra cuita. Para otro caballero debe de estar guardada y reservada esta aventura. En diciendo esto, se concertó con los pescadores, y pagó por el barco cincuenta reales, que los dio Sancho de muy mala gana, diciendo:

43. —A dos barcadas como éstas daremos con todo el caudal al fondo.

44. Los pescadores y molineros estaban admirados, mirando aquellas dos figuras tan fuera del uso, al parecer, de los otros hombres, y no acababan de entender a dó se encaminaban las razones y preguntas que don Quijote les decía; y teniéndolos por locos, les dejaron y se recogieron a sus aceñas, y los pescadores a sus ranchos. Volvieron a sus bestias, y a ser bestias, don Quijote y Sancho, y este fin tuvo la aventura del encantado barco.

Fuentes: Salvador García Bardón: Diccionario enciclopédico de El Quijote, 2005, y
El Quijote para citarlo, II.29.26-44.

 

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