25/01/2010

¿Qué será de Haití tras el terremoto?

Para comenzar, leeremos un testimonio en primera persona: Ramiro Pampols sj, Director adjunto de Fe y Alegría Haití, nos cuenta cómo vivió los minutos del terremoto y reflexiona sobre sus sentimientos en cuanto al futuro del país.

En segundo lugar ofreceremos un recuerdo histórico que puede alimentar la esperanza de los Haitianos y la nuestra en estos momentos de duelo compartido: Puerto Príncipe resucitará como resucitó Lisboa.

En tercer lugar afirmaremos que Haití será lo que tiene derecho a ser, si nuestra ayuda desinteresada global respeta el derecho local de este pueblo a existir dignamente como tal pueblo soberano.

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Una ciudad… Un País: Haití
por Ramiro Pampols sj.

Llevo cuatro años en Haití: del 2006 al 2010: dos en la frontera con República Dominicana, para acoger a los haitianos expulsados a centenares cada mes.

Este “trabajo” lo realiza el CESFRONT, una unidad militar especializada en controlar la frontera.

Los dos últimos años he vivido en la capital, como director adjunto de las escuelas Fe y Alegría (Foi et Joie), Movimiento Latinoamericano al servicio de las comunidades más pobres ubicadas en el campo, la montaña o los bidonviles, es decir, allí “donde se acaba el asfalto”.

El martes, día 12, regresaba a casa de mi trabajo. Eran cerca de las cinco de la tarde, aproximadamente. Al bajar por la acera de la calle que me conducía a casa, empezó a temblar el suelo bajo mis pies. Más que un temblor era un vaivén, como si estuviera en la cubierta de un barco. Miré las casas y paredes que estaban a mi izquierda y vi cómo un edificio de tres plantas empezaba a moverse hacia delante. Era precisamente una Funeraria. Mal presagio. Instintivamente me desplacé al centro de la calle, observando a uno y otro lado.

Veo salir algunas personas corriendo de las casas y algo más adelante, frente a mí, observo cómo varios coches van dando bandazos, chocan, se entrecruzan y quedan clavados en medio de la calzada.

Unos cien metros más allá veo una densa nube de polvo blanco: es el que acaba de levantar una casa que se ha hundido hasta el suelo. No se oyen lamentos. Luego averigüé que estaba vacía.

Sigo adelante con cuidado y piso las primeras gotas de sangre. Alguien acaba de ser introducido en una camioneta para llevarlo rápidamente al hospital. Miro mi reloj: son las 16:55.

Irrumpe desde una casa un hombre con los brazos abiertos dando gracias a Dios por estar vivo.

Los muros de las casas se derrumban en grandes pedazos. Con cuidado, llego finalmente a mi casa. Veo que sigue intacta. Sin embargo, la mujer de la casa vecina se echa al suelo dando gritos, se levanta y vuelve a echarse. Esta herida en una pierna. Su casa se ha desplomado por completo. Tan sólo queda en el fondo, una punta del alero que al caer se ha empotrado en nuestro muro.

Entonces entiendo que alguien quedó atrapado. No sabemos qué hacer, es una especie de impotencia que nos hace sentir casi indiferentes al dolor de aquella mujer: ni atinamos a preguntarle qué le pasa.Al poco rato llega su marido, sube a la cornisa del techo y se dirige al fondo de su casa, donde ha quedado abierto el boquete. Llama entonces a sus hijas de tres y siete años que han quedado atrapadas. Pasan unos segundos… y aparecen las dos pequeñas empolvadas pero intactas. No reaccionan, no lloran ni hablan. Se abrazan a su padre, sin más. La madre y nosotros mismos quedamos atónitos.

Esta escena se ha repetido, de una u otra forma, en centenares de casas. La prensa lo ha aireado hasta el límite. Sin embargo, el recuento total es abrumador. Se habla de cerca de 200.000 muertos. ¿Cuáles son en estos momentos nuestros sentimientos? El primero, ya indicado, es un fuerte sentimiento de impotencia. No tanto de cara al momento presente, sino mirando a nuestro futuro.

Un periodista español considera que “después del terremoto, Haití ha retrocedido 40 años”. Y nosotros, sin aceptarlo plenamente, de hecho no sabemos por dónde empezar y si hay que empezar, o dejar que “otros “ nos digan lo que hay que hacer.

Estamos aturdidos, desorientados, pasivos. El caos no es un frenético ir y venir sin saber por qué. Es un caos interior, una desconfianza profunda en nosotros mismos, que deja al descubierto la enorme fragilidad de un estado apenas constituido.

Otro sentimiento que va aflorando sutilmente es el de una “entrega con armas y bagajes” a quien ha venido con la mayor ayuda humanitaria que se pueda uno imaginar: doce mil militares, un portaaviones, un buque hospital, expertos para dirigir el aeropuerto internacional,…Hace algunos día oí decir algo que me pareció absurdo: que Haití se convirtiera en una especie de Protectorado. Ahora ya no me parece tan inverosímil. La mayoría nos hemos casi acostumbrado a la presencia de la Minustah.

Finalmente, aun corriendo el riesgo de caer en el tópico, se visualiza en la política diaria la enorme dificultad de buscar seriamente unir fuerzas, establecer alianzas firmes entre grupos y los llamados partidos (que apenas lo son), para sacar al país del marasmo institucional. Claro que existen otras fuerzas de hecho absolutamente desinteresadas en llevar adelante un proyecto de bien común. Estas fuerzas ya están bien con lo que hay y ojalá se pueda seguir así mucho tiempo. Viven a caballo entre los EE.UU. y Haití, sus hijos estudian allá o en República Dominicana, lejos de las incertidumbres de la vida diaria de su país.

Y no me atrevo a entrar en las consideraciones, tal vez bastante atinadas, de quien buceando en el pasado, habla de un “dualismo fundamental” que impide a dos categorías de haitianos, “vivir juntos”.

Pido disculpas por esta especie de “salto lírico” que me ha llevado a reflexionar sobre otro “terremoto” más profundo y persistente, que tal vez, ninguna solidaridad internacional, como la que se está dando tan intensamente estos días, será capaz de contribuir a resolverlo.

Acabo con un sentimiento de esperanza: que el interés manifestado por tantos países por Haití y su futuro, nos haga recuperar la confianza en nosotros mismos y apreciarnos en aquello que verdaderamente somos: hombres y mujeres amantes de su libertad y su independencia, apoyados en una forma de vida digna para todos.

Ramiro Pàmpols sj, enero 2010.

Puerto Príncipe.

Fe y Alegría: Movimiento de Educación Popular y Promoción Social.

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Puerto Príncipe resucitará como resucitó Lisboa

La resurrección de Lisboa, tras su terremoto de mediados del siglo dieciocho, es un motivo de esperanza para los Haitianos y para todos nosotros, sus Amigos de todo el Planeta.

El terrible terremoto de Lisboa tuvo lugar el 1 de noviembre de 1755, día de todos los santos, a las 09,20 horas. Los geólogos estiman hoy que su magnitud sería de un 9 en la escala de Richter, con su epicentro en el océano Atlántico a unos 200 km al sudoeste del Cabo de San Vicente. Fue uno de los terremotos más destructivos y mortales de la historia, causando la muerte de entre 60.000 y 100.000 personas. El seísmo, seguido por un maremoto y un incendio, causó la destrucción casi total de Lisboa y parcial de otras ciudades ibéricas.

El acontecimiento fue muy discutido por los filósofos, tanto de la ilustración (Voltaire) como del idealismo transcendental (Kant), provocando progresos importantes en la teodicea y en la cosmología. Al ser el primer terremoto cuyos efectos sobre un área extensa fueron estudiados científicamente, dió lugar al nacimiento de la sismología moderna.

Ver el filme Paraísos cercanos-Portugal

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Haití será lo que tiene derecho a ser si nuestra ayuda desinteresada global respeta este derecho local

Haití ha sido víctima no solamente de una tragedia y de un drama humano, sino también de la giganteca amplificación de la tragedia que sufre, por la enormidad del drama humano que le ha servido de escenario.

La tragedia ha sido un terremoto de índice 7 en la escala de Richter. El drama humano es la muerte de al menos 111.499 personas, según el balance ofrecido el viernes pasado por la Dirección General de la Protección Civil de Haití. El Gobierno de Haití teme hoy que la cifra de muertos por el terremoto supere los 150.000. Las personas que han sido rescatadas con vida de entre los escombros son en total solamente 133. Además, según datos del ministerio de Interior haitiano, citados por los medios locales, más de 193.000 personas han resultado heridas por el seísmo, unas 11.000 viviendas quedaron destruidas y otras 32.321 se han visto afectadas.

La giganteca amplificación de la tragedia es debida a la enormidad del drama humano que le ha servido de escenario. Aunque el terremoto no es imputable a la responsabilidad humana, sí lo son:

1) La falta total de previsión sismológica local, capaz de avisar con tiempo a la población de la llegada de los terremotos y de organizar estructuralmente su protección, sin pretender improvisarla.

2) La falta generalizada de respeto de las normas internacionales de construcción antisísmica, tanto en los edificios públicos como en los privados; de manera que cabe decir que el urbanismo de Haití, por contraste con el de otros países con alto riesgo sísmico, como, por ejemplo, Japón, se caracteriza por una flagrante temeridad urbanística, que debe ser calificada y condenada como delito.

3) La falta de estructuras de protección civil y sanitaria, para remediar inmediatamente, cuando se presenten, los efectos de agresiones naturales o artificiales imprevisibles.

Aunque todas estas faltas son imputables principalmente a los poderes públicos haitianos, por su incuria habitual manifiesta, también hay que reconocer la responsabilidad histórica tanto de las Naciones Unidas como de los Estados Unidos, que en sus diferentes intervenciones multilaterales y unilaterales, presentadas estas últimas como ayudas circunstanciales al pueblo haitiano, han olvidado la amenaza de los riesgos sísmicos propios al Caribe. Prueba de ello es la ruina total de la sede de las Naciones Unidas en Puerto Príncipe, ruina que contrasta con la resistencia al terremoto de las residencias de lujo de la clase acomodada de la misma ciudad.

Contrariamente a lo que ha escrito recientemente el general español Luis Alejandre, ex jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, los estragos de la naturaleza no solamente se pueden prever, echando mano de la ciencia y de la técnica, sino que se deben prever, en toda la medida de lo posible; mientras que sus efectos, como este mismo general lo reconoce, pueden y deben paliarse. Claro que esto último resulta imposible cuando no se cuenta con los medios de proteción civil y sanitaria para hacerlo a tiempo. El no llegar a tiempo, como ha sucedido en Haití, tiene como resultado la monstruosidad del número de víctimas humanas que hemos contemplado estos días, tanto mortales como heridas, con el agravante de que muchas de éstas quedarán con invalidez de por vida.

Tras constatar la enormidad del drama humano al que hemos asistido, nos toca ahora a todos los humanos, como sociedad global civilizada y por ende solidaria, el reparar los daños producidos al pueblo haitiano, por causas ajenas a su reponsabilidad como tal pueblo. La responsabilidad de la reparación recae entonces en las Naciones Unidas, que deben defender, ante sus tribunales internacionales, los derechos locales de los haitianos, depurando tanto sus propias responsabilidades en el drama, por acción o por omisión en su mandato multilateral, como las responsabilidades de los regímenes corruptos locales y de los organismos civiles y militares extranjeros que, apoyando a esos regímenes corruptos, han propiciado el drama humano al cual acabamos de asistir.

Hay que reconocer que la sociedad global se ha volcado, prestando a los haitianos apoyos puntuales e inmediatos, que son esenciales para limitar las trágicas consecuencias del drama vivido por este pueblo mal gobernado. Esperemos que la sociedad global siga haciéndolo por medio de las Naciones Unidas, sin olvidar que el derecho local de los Hatianos a obtener reparación estará vigente hasta que se les haga justicia completa por el mal infligido.

Quizás haya que deplorar el que haya habido en esta etapa de apoyos puntuales e inmediatos una tendencia excesiva al protagonismo de los diferentes gobiernos nacionales y regionales participantes en ella, con una carencia evidente de sintonía en la logística multilateral, sintonía que debieran haber asumido las Naciones Unidas; lo que ha dado lugar a que hayan sido los Estados Unidos los que hayan tenido que actuar una vez más hegemónicamente, para sacar adelante la operación de socorro urgente.

De todas formas las acciones puntuales no tienen vocación de durar, ya que por su naturaleza deben reservarse para las necesidades de urgencia extrema, que al nivel planetario aparecen con inusitada frecuencia.
Las que sí tienen vocación de durar son las acciones de paz y de reconstrucción propias de las Naciones Unidas, que en un caso como el de Haití han de durar, según los expertos, veinte años de trabajo intenso, es decir, tantos años como sus cascos azules llevan ya en la isla.

Terminemos invocando la experiencia organizativa, protocolaria y logística del general Luis Alejandre, ex jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, cuya manera de ver la vertebración de los diferentes estados que cooperarán en favor de la reconstrucción de Haití, en el seno multilateral de las Naciones Unidas, me parece realista y justa:

"Brasil y Europa –dentro de ella Francia– tienen mucho que aportar, pero –insisto– dentro del sistema de Naciones Unidas. Brasil lleva años liderando las misiones en América Latina. Estaba volcado en Haití. Europa debe aportar los medios económicos que promete y evitar recelos y protagonismos. ¿Por qué Francia? Por cultura, por lengua, por religión, por antigua metrópoli. Francia –si es capaz de dejar ciertos brotes de soberbia a un lado– debe impulsar un aspecto clave: la educación. Hay que rehacer carreteras y barrios. Hay que dotar de electricidad y agua potable a todos los rincones del pais. Pero sobre todo hay que formar, hay que educar, hay que erradicar vudús ancestrales. En resumen, hay que invertir en las nuevas generaciones, hay que inyectarles nuevos valores. Hay que «enseñarles a pescar».

El pasado es el que es. El presente es catastrófico. El futuro es de todos. Es momento de unión, no de recelos ni protagonismos. Es el gran reto de la Organización de las Naciones Unidas, es el gran reto de todos nosotros que la constituimos."

General Luis Alejandre, Haití: ayer, hoy y mañana. La Razón, 21 Enero 10.

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