06/04/2009

La crisis de Cambridge University Press

La crisis de Cambridge University Press

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La crisis de "Cambridge University Press" es una prueba más del retraso de la cultura informática en las Universidades europeas.

"Cambridge University Press" publishes the finest academic and educational writing from around the world. As a department of the University of Cambridge, its purpose is to further the University's objective of advancing knowledge, education, learning, and research. Cambridge is not just a leading British publisher, it is the oldest printer and publisher in the world and one of the largest academic publishers globally.

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EFE - Londres - 06/04/2009. El País.

"Cambridge University Press" emplea a más de 1.000 personas en esta ciudad del sureste de Inglaterra y a otros 800 trabajadores en el resto del mundo. Sin embargo, la generalización en el uso de las nuevas tecnologías y la publicación en línea de los trabajos de muchos profesores de la propia Universidad han minado en los últimos años los ingresos de la editorial, que tiene ahora el 80 por ciento de su mercado fuera del Reino Unido.

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Imagen: "Cambridge University Press". Gran formato.

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Reflexión sobre esta crisis

Uno de mis mayores sufrimientos durante toda mi actividad universitaria ha sido el tener que asistir a la falta de sensibilidad de este mundillo a las diferentes revoluciones en los medios de comunicación social. Hago salvedad para la Open University británica y para la Universidad a distancia española.

A pesar de mi bibliofilia personal, debo confesar que la Universidad en su conjunto no ha sabido apreciar a tiempo, frente al prestigio de la letra impresa y de las bibliotecas, la utilidad de la informática y de las mediatecas, en sus tareas universitarias de investigación, enseñanza y servicio a la sociedad.

La crisis que sufre actualmente "Cambridge University Press" es una prueba más de este retraso. Por paradójico que parezca, esta crisis tenía que haberse presentado hace muchos años ya. No creo exagerar al decir que llega con un cuarto de siglo de retraso.

Yo defiendo las publicaciones informatizadas desde que pude comprar con mis medios propios mi primera computadora. Desde aquél entonces, que coincidió con la llegada del primer Macintosh, en 1984, todos los trabajos de investigación de mis estudiantes tenían que llegarme informatizados.

Por desgracia durante muchísimos años prediqué en el desierto como San Juan Bautista: los estudiantes me comprendían y se organizaban para compartir ordenadores, pero mis colegas, excepto casos aislados, no. Para muchos de ellos la informática era una moda pasajera frente a la multisecularidad de la letra impresa. Así que, viéndome privado de las herramientas necesarias en mi despacho universiario y en las salas de clase, me vi forzado a imprimir mis manuales para las clases en la cooperativa universitaria, a pesar de mi preferencia por la ediciones sin papel.

Este retraso de la cultura informática en las Universidades me hace pensar que un porcentaje muy importante de la oferta educativa universitaria, sobre todo en las ciencias humanas, resulta no solamente anacrónico sino incluso "inocentemente mentiroso". Empleo el adverbio "inocentemente" como atenuador eufemístico, para no dejar salir de mi teclado la indignación que me produce este inadmisible anacronismo, que tanto me ha hecho sufrir como formador de jóvenes.

Quiero dejar claro, para concluir estas reflexiones, que las editoriales y las bibliotecas seguirán siendo útiles, pero a condición de transformar gran parte de su oferta en servicios de mediateca.

Mi experiencia personal como lexicólogo: Desde que los ordenadores personales existen, yo paso toda mi jornada laboral trabajando con ellos. Gran parte de mi trabajo lo hago en diálogo con documentos impresos muy antiguos (en particular griegos, latinos y protorománicos). En cuanto me fue posible numericé muchos de estos documentos, para disponer de mis propias concordancias personales. Fruto de este trabajo fueron muy pronto las herramientas que me han permitido la mayor parte de mis trabajos desde hace ya más de un cuarto de siglo. ¿Con qué derecho privaría yo a mis alumnos de esta ayuda indispensable?

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