16/03/2009

Moriscos expulsados y vascos exiliados 1/5

Moriscos expulsados y vascos exiliados 1/5

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Con ocasión de las navidades y del año nuevo 2005, comienzo del cuarto centenario de El Quijote, dediqué un trabajo sobre los Moriscos en El Quijote a quienes piensan conmigo que no debemos repetir nuestros errores del pasado, sobre todo los que conculcan los derechos humanos fundamentales.

La coincidencia del cuarto centenario de la expulsión de los Moriscos con el trigésimo aniversario del comienzo de la salida masiva de vascoespañoles del País Vasco hacia el exilio, debida a la intolerancia de los nacionalistas separatistas, me incita a haceros ver, mediante el paralelismo de ambas injusticias históricas, la urgencia de resolver el acuciante problema actual del exilio vasco, al imaginar la formación de un nuevo gobierno en esta región autónoma del Estado Español, cuya promesa fundamental es el cambio.

Los formadores de este nuevo gobierno, quienesquiera que ellos sean, deben saber que si el cambio que prometen no permite la vuelta a su país de los exiliados vascos, su pretendido cambio no será tal, sino un nuevo engaño como el que nos ha impuesto, sobre todo a los exiliados, durante treinta años el Partido Nacionalista Vasco.

Esta vez dedico este trabajo a quienes piensan conmigo que no debemos tolerar que se sigan repitiendo y empeorando ni en el País Vasco, ni en el resto de España, ni en ningún otro rincón de Europa, por el motivo que sea, nuestros peores errores del pasado, que son precisamente los que conculcan los derechos humanos fundamentales.

El primero de estos derechos, el que yo califico como "derecho humano y divino, uno y trino", recogido en el Artículo 3 de la Declaración Universal de los Derechos humanos, es el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad personal de todo ser humano:

"Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona."
Declaración Universal de los Derechos humanos, Artículo 3.

No podemos seguir admitiendo que este triple derecho primario sea indefinidamente conculcado en nuestro propio suelo, sin que las autoridades que deben garantizarlo cumplan con su obligación de hacerlo, invocando para no garantizarlo inadmisibles disculpas lingüísticas, culturales, étnicas, folklóricas e incluso religiosas, en contradicción flagrante con las creencias esenciales de toda civilización. El fundamento de estas disculpas es notoriamente seudocientífico, seudohistórico, anticonstitucional, sectario, heterodoxo, blasfemo, discriminatorio y contrario a los derechos humanos.

Si la expulsión de los moriscos debe seguir avergonzándonos e incitándonos a corregir en nuestra vida presente el error de nuestros antepasados; el exilio de los vascos, dramatizado hasta el absurdo de la más cruel tragedia por los incesantes crímenes terroristas, nos obliga en conciencia a salir sin más tardar del sistema mentiroso que el nacionalismo separatista vasco ha mantenido, para nuestra vergüenza colectiva, en el seno de España y de Europa, durante treinta años.

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Imagen: Leyenda de la Peña de los Enamorados de Antequera (Málaga). En esta pintura, hecha por encargo del político andalucista Blas Infante, el pintor Juan Alonso Garzón representa uno de sus recuerdos de infancia, fruto de las ensoñaciones románticas. La leyenda narra una historia de amor entre un morisco y una cristiana, que sufren los problemas de sus diferencias culturales y religiosas durante la reconquista cristiana, que termina en la trágica muerte de los enamorados.

La decoración de la Casa Museo Blas Infante, donde se encuentra esta pintura, se inspira en el arte islámico y andalusí, y en el Regionalismo sevillano de principios del siglo XX. En el edificio conviven la decoración de lacería, la epigrafía en aljamiado, la filigrana de la yesería, azulejos de factura trianera con escenas del Quijote, pinturas murales de inspiración orientalista o arcos de herradura derivados de modelos hispanomusulmanes.

En el interior pueden encontrarse una selección de motivos que se enmarcan en siete grupos: arquitectura, azulejería y cerámicas, obra pictórica, símbolos, yeserías, arqueología y otros.

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Moriscos en El Quijote, 4° centenario

Hace cuatro siglos y dos meses bien cumplidos, el Consejo de Estado votó por unanimidad el acuerdo de expulsión de los moriscos, invocando la razón de Estado. Era el 30 de enero de 1608. El 9 de diciembre de 1609 se publicó el primer bando de expulsión de los moriscos de Murcia y parte de Andalucía; el 10 de julio de 1610 el que afectaba a los de Extremadura y las dos Castillas, comprendiendo la Mancha, y todavía en 1613 aparecieron disposiciones semejantes.

La deplorable expulsión de los moriscos fue obra de unos pocos y nunca contó con las simpatías y el apoyo del resto de la población; de ahí que los moriscos no estén solos el día del destierro, y que a sus lágrimas y lamentos se una, en muchos lugares, el desconsuelo de los cristianos que los ven marchar. En el pueblo de Don Quijote las relaciones entre ambas comunidades son cordiales, y el episodio de la expulsión adquiere, según el relato testimonial de Sancho, perfiles trágicos.

Frecuencias léxicas en El Quijote: morisca: 11; moriscas: 1; morisco: 10: [alfanje morisco: 2]; moriscos: 3; morisma: 3; moro: 49; mor-1: moro

morisco (doc. 966, der. de moro ) m. y f. y adj. 'moro bautizado que se quedó en España terminada la reconquista o relativo a él'

«MORISCOS. Los convertidos de moros a la Fe católica, y si ellos son católicos, gran merced les ha hecho Dios y a nosotros también.», Cov. 815.a.1. El lexicógrafo Covarrubias expresa así el sentimiento de una minoría activista de los cristianos viejos de la época, cuyo deseo era el terminar en España con la diversidad de religiones, acogiendo a los judíos y a los moros en el seno de la iglesia católica.

Numerosos historiadores demuestran que no era una mayoría: «La expulsión no procedía de ningún clamor popular ni produjo el menor entusiasmo colectivo, contra lo que afirma una historia vindicativa y llena de mala conciencia. La España de 1610 quedaba sólo estupefacta y sumida en un penoso silencio que las vociferaciones del puñado de apologistas vuelve aún más profundo y elocuente.», FMV, p. 360. «La expulsión no procede nunca al aliento de un clamor popular, sino al de una minoría activista radicada en las más altas esferas de la política, de la Iglesia y de la Inquisición», FMV, p. 316.

Este sentimiento había provocado la expulsión de los judíos en 1492 y provoca en 1609 la expulsión de los moriscos.

«La expulsión de los moriscos no podía ser considerada por ninguna persona consciente en el mismo plano de otras importantes medidas políticas. España no podía poner su mano en aquella minoría sin tomar graves decisiones acerca de sí misma.…

[¿Cuántas expulsiones puede soportar un pueblo sin desintegrarse o sin volverse en parásito de sí mismo?] Con la expulsión se franqueaban límites de hecho y de derecho vedados hasta entonces tanto por la prudencia política como por la conciencia cristiana. Era el más firme paso por la cuesta abajo moral de la dictadura irresponsable del duque de Lerma, dispuesto ahora a probar que su poderío no aceptaba las barreras que la duda jurídico-moral había impuesto a sus antecesores en el gobierno.

Muchos españoles conscientes (y nadie lo era más que Cervantes) debieron darse cuenta de que algo irreparable se había roto para siempre y que desde aquel momento no tenían ya rey, sino amo. Cervantes entreveía tal vez un torvo futuro, preñado de infinitas exclusiones y discordias fratricidas, hacia el cual se daba un firme paso con los decretos de Felipe III y su «Atlante» el de Lerma.

El destierro de los moriscos no sólo ha puesto fin a la última presencia islámica en suelo español: ha cambiado el tono de la vida, se han vuelto ahora inconcebibles muchas cosas, y la primera de ellas es todo asomo de «política» en el manejo de los negocios públicos. De ahí el júbilo, tan justificado, del sector de opinión más inquisitorial.

El caso de Ricote es paradigma de la suerte reservada al individuo (hombre o mujer cristiano nuevo o viejo) en un mundo regido por el pragmatismo anticristiano de la razón de estado.», FMV, p. 257 & 276 & 306 & 322 & 328.

«1610 será año importante; Felipe III quiere terminar la operación destinada a la expulsión de los moriscos, completando así la tarea de los Reyes Católicos, de su abuelo Carlos I y de su padre Felipe II. El 10 de enero se dictará la real cédula por la que se ordena su apartamiento de España.», M.L., Cervantes, c.7, p. 178.

«En el capítulo II.54 del Quijote trata Cervantes un asunto de suma actualidad cuando apareció la segunda parte del Quijote: la expulsión de los moriscos. El problema venía desde que los Reyes Católicos ganaron Granada, lo que dejó en incómoda situación a los musulmanes de España, minoría difícilmente asimilable, pues persistía en la religión mahometana en usos y costumbres moros y obligada a vivir como los cristianos, sólo lo hacía en apariencia.

Tras muchos intentos de solución, y la sublevación de los moriscos de las Alpujarras en tiempos de Felipe II, el acuerdo de expulsión lo votó por unanimidad el Consejo de Estado el 30 de enero de 1608, invocando la razón de Estado, o sea, la "conveniencia" y la seguridad de la nación; también se justificó por la reciente conquista de Marruecos por Muley Cidán, enemigo de España; el 9 de diciembre de 1609 se publicó el primer bando de expulsión de los moriscos de Murcia y parte de Andalucia; el 10 de julio de 1610 el que afectaba a los de Extremadura y las dos Castillas, comprendiendo la Mancha, y todavía en 1613 aparecieron disposiciones semejantes.

El destierro de los moriscos, que de toda evidencia es sentido por el Autor como algo no sólo concreto, sino particularmente grave en uno de los pasajes en que más sentimos en filigrana la personalidad de Cervantes tras la suya, es «un asunto suyo, porque es asunto de sus vecinos inmediatos».

«Al tiempo de la expulsión salieron del Toboso cincuenta y cuatro familias de moriscos, compuestas de doscientas sesenta y nueve personas, según dice Fray Marcos de Guadalajara en su Prodición y destierro de los moriscos de Castilla, citado por Pellicer.», Clem. 1824.a.

Esta tragedia de la joven nación española, una nación que ha sacrificado a la nueva unidad católica, celosamente controlada por la Inquisición, las variedades nacionales y religiosas que la han caracterizado durante siglos, es dramatizada en el Quijote por la doble tragedia de Ricote y de su hija Ana Félix, que son presentados como paisanos y vecinos de Sancho Panza. (® Ricote ® Félix) La trayectoria del padre le lleva a países protestantes, que resultan ser mucho más liberales que los países católicos. La trayectoria de la hija, la más común de las trayectorias de los moriscos expulsados de la patria, la lleva a Argel.

Como los moros tienen prohibido por su ley el beber vino, Ricote, de vuelta en España como peregrino, muestra su condición de moro auténticamente convertido al cristianismo bebiéndolo tanto o más que lo otros peregrinos, lo cual queda significado por las dimensiones excepcionales de su bota de vino: «hasta el buen Ricote, que se había transformado de morisco en alemán o tudesco, sacó la suya, que en grandeza podía competir con las cinco.», II.54.15.

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Fuente: Salvador García Bardón, Taller cervantino del “Quijote”, Textos originales de 1605 y 1615 con Diccionario enciclopédico, Academia de lexicología española, Trabajos de ingeniería lingüística, Bruselas, Lovaina la Nueva y Madrid, apareció en 2005, con ocasión del 4° centenario de "El Quijote".

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