08/08/2008

Un jesuita coetáneo de Cervantes, matemático del Emperador de China

Un jesuita coetáneo de Cervantes, matemático del Emperador de China

Permalink 08.08.08 @ 13:20:29. Archivado en Universidades, Sociogenética, Pro amicitia universale, Educación

El jesuita italiano Mateo Ricci (1552 – 1610) fue destinado a las Indias Orientales con 25 años, tras haber manifestado a sus superiores sus deseos de ir a las misiones. Si exceptuamos las descripciones de los viajes de Marco Polo, Ricci llegaría a ser el primer estudioso europeo de la cultura china.

Estoy persuadido de que Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), sumamente atento a las informaciones jesuíticas sobre China, leyó en italiano o en español alguna de las obras de este protosinólogo jesuita, coetáneo suyo (1).

Mateo Ricci, tras haber conseguido llegar a presentarse ante el emperador de China ataviado con el hábito de bonzo budista, descubrió que, en su país de adopción, le escuchaban más vestido de erudito que vestido de monje. Se ganó al emperador y a toda la nobleza gracias a la exposición de sus conocimientos científicos y de su fe, una fe que en todo se mostraba conforme con las enseñanzas de la ciencia. Llegar a ser el matemático de la corte le permitió actuar como evangelizador. Recibió de los chinos el nombre de Li Ma-teu, o simplemente doctor Li.

Imagen: Sello chino de 1983 recordando la llegada de Ricci a China.

Ricci y su compañero español, el P. Pantoja, eran los únicos católicos en Pekín, la capital del Imperio Chino. Por consiguiente, no les faltaba a los dos trabajo apostólico. Sin embargo, Li Ma-teu, con una visión muy jesuítica de su trabajo humanista, como fundamento imprescindicble de su trabajo apostólico, bajo el signo del respeto tanto de la cultura china como de la ciencia universal, se dedicó a traducir al chino obras de matemáticas como los primeros seis libros de los Elementos de Euclides; escribió más de 20 libros de ciencias para los chinos y construyó multitud de instrumentos como los cuadrantes solares, esferas terrestres y celestes, relojes…

Li Ma-teu elaboró los primeros mapas de China que conoció Occidente y no tuvo empacho en demostrarle al mismo Emperador que China no era el centro de la tierra.

Li Ma-teu fue el primer europeo en entender la doctrina de Confucio y el primero en difundirla en Occidente, al traducir al latín las Analectas del filósofo chino. Aún más, fue él quien diseñó el primer sistema de latinización del chino; así, el maestro Kung Fu-tsé llegó a ser Confucio. Y entendiendo a Confucio, Occidente empezó a entender a China.

Li-Mateu escribió varias obras destinadas a los europeos en las que explicaba los avances del gran país que lo había acogido. Algunos pragmáticos lo pueden considerar como una manera de desviarse de su fin principal, que era la evangelización, pero gracias a su acción y prestigio, abrió el camino para que muchos otros misioneros le sucedieran y continuaran su labor.

Li Ma-teu no sólo llevaba su fe al Extremo Oriente, sino que se erigió él mismo en un puente a través del cual pudieran circular los conocimientos de una y otra cultura, un gran ejemplo de divulgación científica.

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Mateo Ricci: el jesuita que fue matemático del Emperador de China.
Autor: Francesc Gómez Morales

Matemático, filósofo, misionero y sinólogo, incluso la China comunista recuerda con veneración al jesuita Li-Mateu.

La “conciencia misionera” de la Iglesia a partir del s.XVI condujo a muchos hombres a entregar su vida, a veces hasta el martirio, por esta arriesgada empresa. Muchos eran los que se enrolaban en las embarcaciones que cruzaban el Atlántico, camino del Nuevo Continente, pero no fueron menos los que, siguiendo antiguas rutas comerciales, se encaminaban hacia los lugares más recónditos del Extremo Oriente.

Este es el caso del jesuita italiano Mateo Ricci (1552 – 1610) que, habiendo manifestado a sus superiores sus deseos de ir a las misiones, fue destinado a las Indias Orientales con 25 años. Si exceptuamos las descripciones de los viajes de Marco Polo, Ricci llegaría a ser el primer sinólogo (estudioso de la cultura china).

La ciencia como instrumento evangelizador

Mateo Ricci fue alumno del P. Clavio en el Colegio Romano, aprendiendo matemáticas y astronomía de labios de uno de los mejores maestros del siglo XVI.

Una vez en tierra de misión, estando en Macao, se aplicó con esmero al estudio del chino, y tiempo después conseguía entrar en China para predicar el Evangelio. Una vez allí compuso el primer catecismo en chino de la historia.

Sus años junto al P. Clavio fueron de inestimable valor, ya que sus conocimientos de matemáticas y astronomía le hicieron ganarse el favor de los mandarines y la libertad para predicar durante un tiempo, hasta que se le expulsó.

Ricci lo siguió intentando. Consiguió llegar a presentarse ante el emperador, ataviado con el hábito de bonzo budista. Se ganó al emperador y a toda la nobleza gracias a la exposición de sus conocimientos científicos y de su fe, una fe que en todo se mostraba conforme con las enseñanzas de la ciencia. Llegar a ser el matemático de la corte le permitió actuar como evangelizador.

Divulgador científico de primera magnitud

Ricci y otro compañero (el español P. Pantoja) eran los únicos católicos en Pekín, la capital del Imperio Chino. Por tanto, trabajo apostólico no les faltaba a los dos.

Por eso puede resultar bastante chocante que el P. Ricci se dedicara a traducir al chino obras de matemáticas como los primeros seis libros de los Elementos de Euclides, escribiera más de 20 libros de ciencias para los chinos y construyera multitud de instrumentos como los cuadrantes solares, esferas terrestres y celestes, relojes…

Elaboró los primeros mapas de China que conoció Occidente y al mismo Emperador le demostró –y no fue poca cosa- que China no era el centro de la tierra. Recibió de los chinos el nombre de Li Ma-teu, o simplemente doctor Li.

Fue el primer europeo en entender la doctrina de Confucio y en difundirla en Occidente, al traducir al latín las Analectas del filósofo chino. De hecho, fue él quien diseñó el primer sistema de latinización del chino; así, el maestro Kung Fu-tsé llegó a ser Confucio. Y entendiendo a Confucio, Occidente empezó a entender a China.

Ricci Li-Mateu escribió varias obras destinadas a los europeos en las que explicaba los avances del gran país que lo había acogido. Algunos pragmáticos lo pueden considerar como una manera de desviarse de su fin principal, que era la evangelización, pero gracias a su acción y prestigio, abrió el camino para que muchos otros misioneros le sucedieran y continuaran su labor.

El P. Ricci no sólo llevaba su fe al Extremo Oriente, sino que se erigió él mismo en un puente a través del cual pudieran circular los conocimientos de una y otra cultura, un gran ejemplo de divulgación científica.

Pionero de la inculturación de la fe

El talante de Ricci, siempre dispuesto a establecer lazos para un enriquecimiento mutuo, no podía dejar de reflejarse en la manera en que éste trató de evangelizar china. Fue un pionero de lo que hoy se conoce como la inculturación de la fe.

Ricci adaptó las formas litúrgicas a la mentalidad de los chinos, aceptando e incorporando los ritos tradicionales de culto a los antepasados. Esto le propició una serie de desencuentros con la curia romana –Roma estaba muy, muy lejos de la corte china- que se mostró incapaz de asimilar en un primer momento las innovaciones del jesuita.

El P. Ricci tiene el mérito de haber introducido el Evangelio de Cristo de la única manera en que podía entrar en un país como China: a través de la ciencia. El P. Ricci no sólo compaginó la misión apostólica con el cultivo de la ciencia sino que fue un paso más allá: hizo de la ciencia un instrumento de evangelización.

En una escuela de líderes comunistas

La estela de Mateo Ricci que marca su tumba en Beijing es hoy un lugar visitado y respetado. El lugar se llama Zhalan, un patio grande dentro de una escuela de formación de líderes del Partido Comunista. Destacan las estelas funerarias de Ricci y otros dos jesuitas, Schall y Verbiest, que fueron quienes levantaron el Observatorio Astronómico de los Jesuitas, en una colina junto a la Corte Imperial.

Hay en ese patio sesenta estelas de misioneros: jesuitas, franciscanos y otros, mayoría de portugueses, italianos y franceses... Ya no se encuentran allí los cuerpos, porque sus tumbas fueron profanadas hace un siglo, durante la revolución de los boxers (s.XIX). Pero el cementerio se cuida como monumento histórico importante.

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(1) Cervantes y el Quijote en China
Autor: Salvador García Bardón
01.03.05 @ 15:36:20. Archivado en "El taller del Quijote"

La palabra China, que aparece en castellano por la primera vez en un documento de un conquistador del s. XVI, viene del sánscrito Cina 'chinos', voz que procede a su vez del chino Qín, topónimo del noroeste del país unificado, y apellido de la dinastía imperial que comenzó la construcción de la Gran Muralla en el siglo III a.C.

Hablar de China o de su Emperador en tiempos del Quijote era hablar de uno de los descubrimientos más recientes y más prestigiosos.

En efecto, hacia 1519, fecha probable de nuestro primer documento conocido, todavía no estaba descubierta. Entiéndase que no lo estaba si se adopta el lenguaje europeo de la época, que consideraba como descubiertos los territorios donde los exploradores cristianos habían puesto el pie y declarado como cosa propia los territorios «conquistados para su fe y su rey» muy a pesar de sus habitantes naturales. Tanto es así, que Hernán Cortés se servía de la promesa de descubrirla, empleando si necesario la fuerza, para obtener mercedes de su joven rey Carlos I, en el momento en que éste pretendía la corona imperial, para convertirse poco después en el emperador Carlos V de Alemania. Su promesa rezaba así:

«Y si vuestra majestad fuere servido de mandarme conceder las mercedes que en cierta capitulación envié a suplicar se me hiciesen cerca de este descubrimiento, yo me ofrezco a descubrir por aquí toda la Especiería y otras islas, si hubiere arca de Maluco y Malaca y la China y aun de dar tal orden, que vuestra majestad no haya la Especiería por vía de rescate, como la ha el rey de Portugal, sino que la tenga por cosa propia y los naturales de aquellas islas le reconozcan y sirvan como a su rey y señor y señor natural. Porque yo me ofrezco, como el dicho aditamento, de enviar a ellas tal armada, o ir yo con mi persona, por manera que las sojuzgue y pueble y haga de ellas fortalezas y las bastezca de pertrechos y artillería de tal manera, que a todos los príncipes de aquellas partes y aun a otros, se puedan defender. », Hernán Cortés, Cartas de relación, 1519-1526, edic. de Mario Hernández, § 3, Historia 16 (Madrid), 1988.

Cuando el descubrimiento ya era cosa hecha desde hacía algún tiempo, no por los españoles sino por los portugueses, Sebastián de Covarrubias escribía en su Tesoro de la lengua castellana o española, en 1611:

«China. La provincia que de pocos años acá se ha descubierto en las Indias, de tanta riqueza y policía que admira. Hay historia propia y relaciones particulares enviadas por los padres de la Compañía de Jesús…», Cov. 435.b.48.

Cervantes, antiguo alumno y admirador perpetuo de la robusta pedagogía de sus maestros jesuitas, no puede resistir a la tentación de imaginar que el Emperador de la China le suplica que le envíe El Quijote, porque quiere fundar un colegio de lengua castellana, y quiere que el libro que se lea sea el de la historia de don Quijote. Tampoco puede resistir a la tentación de imaginar que se le ofrece un apoyo seguro, puesto que se le pide que sea el rector del tal colegio.

Mezclado con el tema de su propia seguridad económica como escritor (¡salario + ayuda de costa que le puede procurar el Emperador de la China!) Cervantes introduce el tema de la verdad literaria (verdad de la autoría y verdad de los personajes) anunciando al Conde de Lemos que don Quijote se ha puesto en camino para quitar el hámago y la náusea (‘las ganas incontenibles de vomitar’) que ha causado otro don Quijote, que con nombre de segunda parte se ha disfrazado y corrido por el orbe:

«el que más ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se le enviase, porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente con esto me decía que fuese yo a ser el rector del tal colegio.», II.Dedic.1.

Comentario de Clemencín:

«Este cuento festivo de Cervantes, las expresiones con que lo acompaña y el tono que en él se observa, indican un cierto estado de abatimiento, que manifiesta el de indigencia a que se veía reducido el autor del QUIJOTE… Don Antonio de Capmani en el Teatro de la elocuencia española (tomo Observaciones críticas, núm. 8) dice que Cervantes fué convidado con muy ventajosos partidos para ir a París a enseñar la lengua española, proponiendo sus propias obras por modelo de lenguaje. Esta noticia, de que no encuentro rastro en ninguna otra parte, hubo de nacer de la combinación del cuento de Cervantes en la presente dedicatoria, y de lo que refiere el Licenciado Márquez Torres en la censura que dió de la segunda parte del QUIJOTE, donde se halla impresa, acerca de las expresiones con que algunos caballeros franceses agregados a la embajada que vino de aquella nación el año de 1615 manifestaron al censor la estimación en que, así en Francia como en los reinos sus confinantes, se tenían sus obras admirándose de que a tal hombre no le tuviese España muy rico y sustentado del erario público.», Clem. 1504.a-b.

® ayuda de costa

 

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