05/05/2008

Testamento de Leopoldo Calvo-Sotelo

Testamento de Leopoldo Calvo-Sotelo

Permalink 05.05.08 @ 20:50:00. Archivado en Europa, España, Sociogenética, Pro justitia et libertate

En los momentos más difíciles de la Transición y con la lucidez y la determinación de un héroe solitario, Leopoldo Calvo Sotelo defendió la democracia contra el autoritarismo; la unidad de la nueva España vertebrada por las autonomías, contra el exceso de centralismo; la inserción de España en Europa, en Occidente y en el Mundo, contra su aislamiento dos veces secular; el espíritu de reconciliación nacional, el propósito de no repetir los errores del pasado, la voluntad de mantener un sólido consenso en las cuestiones fundamentales; la monarquía parlamentaria como forma de estado capaz de garantizar: 1) la continuidad histórica frente a su fractura periódica; 2) el bien común de todos los españoles como superior a los partidismos; 3) la representación apolítica de la soberanía popular; 4) la jefatura de las fuerzas armadas y 5) la garantía de la limpieza de las necesarias alternancias políticas.

No tiene nada de particular, sino que es sintomático el que Leopoldo Calvo-Sotelo haya defendido hasta su último suspiro la sociogenética verdadera de la auténtica Transición, en gran parte obra suya, de cuyos bienes nos beneficiamos desde hace tres décadas todos los españoles.

El texto que publicamos a continuación, aparecido este 4 de mayo de 2008, puede ser considerado como testamentario, aunque su redacción es imaginable en cualquier momento anterior al de la muerte de su Autor. De hecho fue publicado una primera vez cuando se estaba tramitando en el Congreso el borrador del Estatuto de Cataluña.

En él subrayamos las frases siguientes:

No es que me hiera la usurpación por unos recién llegados de una marca política prestigiosa, pero sí me irrita y me preocupa que bajo el rótulo de segunda transición se intente pasar una extraña y confusa mercancía que traiciona la esencia misma de la primera.

La desnaturalización empieza por las bases históricas de nuestra convivencia política, desarrolladas a lo largo de la Transición y cifradas en la Constitución de 1978. Todo edificio constitucional tiene sus cimientos históricos y los del nuestro son los llamados valores de la Transición: la Monarquía, el espíritu de reconciliación nacional, el propósito de no repetir los errores del pasado, la voluntad de mantener un sólido consenso en las cuestiones fundamentales.

...Pero he aquí que la izquierda, vencedora relativa en Marzo de 2004, no se limita al ejercicio normal de una alternativa de Gobierno, sino que, ignorando aquellos valores que muchos habíamos creído asentados, propone una segunda transición y parece como si quisiera edificar el futuro de España sobre los cimientos de la II República.

...¡Qué disparate volver la vista con nostalgia desde los brillantes años con los que empieza el siglo XXI hasta los sombríos años treinta del siglo pasado!

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La segunda transición
por LEOPOLDO CALVO-SOTELO

HEMOS venido llamando Transición al proceso que nos permitió sustituir el régimen de Franco y su centralismo autoritario por una Monarquía parlamentaria y el Estado de las autonomías.

Con la Transición quedaron atrás, muchos creímos que definitivamente, un par de siglos de fracasos, de dictaduras y de discordias civiles; España dejó de ser, muchos creímos que definitivamente, un problema congénito que esperaba su solución de Europa y pasó a ser un modelo de solución para muchos países europeos y de otros continentes que accedieron a la democracia en la última década del siglo XX.

A la vista de este éxito rotundo y brillante han ido apareciendo políticos que intentan ocupar la prestigiosa marca «Transición» con ideas o proyectos a los que dan el nombre de segunda transición. No es que me hiera la usurpación por unos recién llegados de una marca política prestigiosa, pero sí me irrita y me preocupa que bajo el rótulo de segunda transición se intente pasar una extraña y confusa mercancía que traiciona la esencia misma de la primera.

La desnaturalización empieza por las bases históricas de nuestra convivencia política, desarrolladas a lo largo de la Transición y cifradas en la Constitución de 1978. Todo edificio constitucional tiene sus cimientos históricos y los del nuestro son los llamados valores de la Transición: la Monarquía, el espíritu de reconciliación nacional, el propósito de no repetir los errores del pasado, la voluntad de mantener un sólido consenso en las cuestiones fundamentales.

Han pasado treinta años y creíamos haber integrado y asumido ya aquellos valores, con la tradición política que arranca de ellos -desde UCD y la alta figura fundacional de Adolfo Suárez y, luego, la prudente pasada por la izquierda de Felipe González, hasta los años prósperos de Aznar.

Muchos creíamos, y vuelvo a utilizar el pretérito imperfecto, que la Transición es, por fin, un referente aceptable para todos los españoles sobre el que asentar el futuro con los necesarios ajustes no esenciales. Un referente que tienen otras naciones (eso son los Padres Fundadores para los norteamericanos, o la etapa victoriana para los ingleses, o el General De Gaulle para los franceses). Y así muchos hacíamos nuestra la respetuosa ironía con la que Umbral ha acuñado el epíteto Santa Transición.

Pero he aquí que la izquierda, vencedora relativa en Marzo de 2004, no se limita al ejercicio normal de una alternativa de Gobierno, sino que, ignorando aquellos valores que muchos habíamos creído asentados, propone una segunda transición y parece como si quisiera edificar el futuro de España sobre los cimientos de la II República.

Es muy significativo, en efecto, que el preámbulo del proyecto de Estatuto catalán, que hoy se discute en las Cortes con el apoyo del Gobierno, cite dos veces la Generalidad de la II República y ni una sola vez la Constitución de 1978; o que cuando se decide a escribir el nombre de España lo haga pegándolo al epíteto de Estado plurinacional. Así como el famoso Proslogion de San Anselmo arranca de la blasfemia religiosa Non est Deus, Dios no existe, para refutarla contundentemente, la nueva transición española parece arrancar de la blasfemia histórica Non est Hispania, España no existe: Sintámonos convocados a refutarla contundentemente también.

Acaba de ver la luz un excelente libro del profesor Álvarez Tardío titulado «El camino a la democracia de España». Trae un prólogo de Rafael Arias Salgado cuyas últimas palabras -que suscribo íntegramente- son éstas: «Habrá que ahondar en la crisis intelectual y programática de la izquierda democrática. Es ella (la izquierda) la que debe renovarse antes de pretender suscitar una segunda transición para modificar las instituciones y las reglas de juego que emergieron de la primera». Y en el texto que sigue el profesor hace un análisis comparativo y riguroso de las dos transiciones políticas del siglo XX: la de 1931, cuya deriva condujo en cinco años a la guerra civil, y la de 1978 cuyo éxito nos ha dado hasta hoy los treinta mejores años de nuestra historia contemporánea. Atribuye el autor el fracaso de la primera al hecho de que sus protagonistas concibieran la democracia como «un sistema político al servicio de un objetivo de transformación revolucionaria de la sociedad española»; y el éxito de la segunda al hecho de que sus protagonistas entendieran desde el principio que «nadie podía arrogarse en exclusiva el título de demócrata, por lo que la participación de todos era imprescindible para elaborar las reglas del juego de una democracia duradera»; y practicaran, además, la «renuncia expresa a defender una memoria histórica que condujera nuevamente al enfrentamiento civil entre españoles».

¡Qué disparate volver la vista con nostalgia desde los brillantes años con los que empieza el siglo XXI hasta los sombríos años treinta del siglo pasado!

Algunos tuvimos el privilegio de saber esto muy pronto. En 1943 me afilié a las Juventudes Monárquicas de Joaquín Satrústegui porque en aquellos tiempos, tan próximos a la guerra civil, decirse partidario del Conde de Barcelona era decir que no se estaba ni con el franquismo triunfante ni con la República derrotada. O, en palabras de Julián Marías, que no se estaba ni con los justamente vencidos en la guerra civil ni con los injustamente vencedores en ella. El Conde de Barcelona propugnaba entonces una tercera vía: la que iba a hacerse realidad, es cierto que muchos años más tarde, en la Monarquía Parlamentaria de Juan Carlos I.

Nada tiene mucho sentido en esta que se proclama segunda transición. Al cumplir treinta años la España de la primera Transición es un país sólido (así lo calificó el presidente Pujol la semana pasada en Madrid) lo bastante sólido para navegar -si gobernado por un buen piloto- este mar de dificultades en buena parte exageradas, cuando no inventadas, que parece amenazarnos.

Nunca segundas partes fueron buenas. Suele citarse como excepción que confirma esta regla el caso de la segunda parte de El Quijote; y, precisamente, al final de ella incluyó Cervantes una copla dirigida a quienes pretendieron ocupar la marca prestigiosa por él registrada. Voy a reproducirla como colofón de estas líneas poniéndola, sin su permiso, en los labios de Adolfo Suárez, autor de la primera Transición, y referida a ella:

«Tate, tate, folloncicos,
de ninguno sea tocada;
porque esta empresa, buen rey,
para mí estaba guardada».

LEOPOLDO CALVO-SOTELO
EX PRESIDENTE DEL GOBIERNO

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Florilegio elaborado por EFE

Sobre la figura del Rey

23 aniversario del 23-F: "El Rey se ganó el Trono aquella noche y revalidó la legitimidad de origen que tenía desde la muerte de Franco", mientras que su Gobierno "cumplió el objetivo de hacer justicia civil y de devolver a los españoles la fe quebrantada en la monarquía parlamentaria"

Sobre el ex presidente Adolfo Suárez

Abril de 1999: "Su ejemplaridad fue máxima cuando creyó que resistir en la Moncloa era un mal servicio a España". "Su decisión no fue hija de la desgana de poder, porque en pocas personas se habrá dado tanta y tan noble ambición de Gobierno como en Adolfo Suárez".

Sobre el ex presidente Felipe González

Noviembre de 2006: "Echo de menos todos los días a Felipe González. El PSOE era entonces un partido de Estado y con sentido de la responsabilidad".

Sobre el ex presidente José María Aznar

Julio de 2004: "Creo que ha gobernado durante muchos años bien, con errores, sobre todo al final, que le han costado la Presidencia".

"Tengo solidaridad de ex presidente con Aznar, porque somos pocos, debemos apoyarnos y vamos a hacer un sindicato de ex presidentes, porque además lo de 'ex' es el único puesto vitalicio que se conserva hasta la muerte".

Sobre el presidente José Luis Rodríguez Zapatero

Noviembre de 2006: "Es preocupante que este Gobierno diga que la Transición no vale y que hay que hacer otra. Es un error de gente joven imprudente e ignorante creer que cada veinte años se puede andar rehaciendo las estructuras básicas de España".

Sobre la Transición

Noviembre de 2005: "La Transición española constituye un punto y seguido de la historia de España y nunca fue una solución final como algunos malévolamente pretenden".

Sobre la UCD

Abril de 1999: "Las razones del éxito de UCD fueron las mismas que la de su rotundo fracaso. UCD nació para hacer lo que hizo y estaba condenada a desaparecer cuando ya estuviera hecho".

Sobre el intento de golpe de Estado del 23-F

Febrero 2006: "Creo que mi Gobierno cumplió el objetivo de hacer justicia civil y de devolver a los españoles la fe quebrantada en la monarquía parlamentaria".

Primer discurso tras el 23-F

28 de febrero de 1981: "Es momento para proclamar nuestra fe en el orden constitucional y declarar paladinamente que hoy un auténtico grito de "¡Viva España!" no encierra una verdad distinta que la de "¡Viva la Constitución!" y "¡Viva la democracia!".

Sobre el terrorismo

Discurso de investidura del 18 de febrero de 1981: "El problema del terrorismo no es sólo, como se dice a menudo, un problema de Estado, sino que es el gran problema que pone en riesgo la propia realidad del Estado".

Recetas para combatir el paro

18 de febrero de 1981: "Allí donde existen políticas monetarias y presupuestarias holgadas, por no decir expansivas, no hay menor inflación sino mayor crecimiento de los precios y no hay mayor ocupación sino más paro".

Sobre la unidad territorial y el Estado de las autonomías

18 de febrero de 1981: "Sí, sin vacilaciones ni reservas mentales ni de ningún orden, a las autonomías (..) Pero no, claramente no, a un entendimiento ligero de las autonomías como disolución de una patria común forjada por la historia".

21 de marzo de 2006: "Es un melón abierto que no se sabe qué se va a hacer con él".

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