27/03/2008

El derecho a morir en la dignidad

El derecho a morir en la dignidad

Permalink 27.03.08 @ 20:40:00. Archivado en Sociogenética, Ética, Religiones, Educación, Ciencias biomédicas

Ni la Sra. Sébire, ni Hugo Klaus, ni los defensores del "Derecho a morir en la dignidad" sostienen el suicidio, sino que defienden el derecho de ser asistidos por la biomedicina, para morir como seres humanos y no como condenados a una muerte atroz, en el suplicio de un dolor insoportable, o como seres humanos privados de su conciencia.

Tanto el dolor insoportable como la pérdida de la conciencia privan al ser humano de su razón y de su libertad.

La razón y la libertad constituyen el dominio intocable de la autonomía personal, que hace del ser humano un ser responsable. Ninguna autoridad tiene en justicia el derecho de neutralizar las decisiones de esta autonomía en lo referente a su propio bien personal, si estas decisiones no provocan el mal de otra persona neutralizando su autonomía.

La instancia suprema de todo ser humano responsable es su propia conciencia. Si se niega este principio ético, la vida en sociedad se transforma en alienación y esclavitud.

Imagen: Gran formato. Source: Le droit de mourir dans la dignité a-t-il un prix.

Las actuales insuficiencias de la biomedicina ante casos excepcionales, nos obligan a oír con suma atención y a tener en cuenta los argumentos que ha defendido hasta su último suspiro la Sra. Sébire.

Chantal Sébire, 52 años, sufría de un estesioneuroblastoma, un tumor evolutivo de los senos paranasales y del tabique nasal, que le deformaba cruelmente la cara. Esta enfermedad rarísima e incurable, con un pésimo pronóstico vital, le había hecho perder la vista hacía algunos meses, tras haberle hecho perder el gusto y el olfato. Viendo que el tumor tomaba “proporciones insoportables”, sin remisión posible, la Sra. Sébire escribió, el 6 de marzo, al Presidente de la República, Nicolás Sarkozy, para reclamarle el derecho a morir.

Asistida por la Asociación para el derecho a morir en la dignidad (ADMD), la Sra. Sébire presentaría el miércoles 12 de marzo un recurso excepcional ante el presidente del tribunal administrativo de gran instancia de Dijon. Alegando el Convenio europeo de los derechos humanos, que protege el derecho a la libertad y al respeto de la vida privada, deseaba obtener de la justicia la autorización de procurarse en farmacia, para ser administrada por uno de sus médicos, una poción mortal, o sea “el tratamiento necesario para permitirle terminar su vida en el respeto de su dignidad”.

Entrevista de la Sra Sébire con el periódico Le Monde, traducida y adaptada por Salvador García Bardón.

Pregunta: ¿Desde cuándo está segura de querer poner fin a sus días?

Respuesta: Lo pido en serio desde el día de todos los santos de 2007, que fue el momento en que perdí la vista. Pero lo tenía pensado desde mucho antes, cuando constaté que no podía hacer ya nada, y que, hiciera lo que hiciera, ya no podría detener el tumor.

No hay ni solución quirúrgica ni solución medicamentosa para parar mi enfermedad, que evoluciona completamente sola, como una enredadera en torno del nervio olfativo. En la actualidad, simplemente ya no puedo aguantar más, mi situación se deteriora de día en día, el sufrimiento es atroz. Me siento literalmente devorada por el dolor.

P.: : ¿Por qué haber decidido interpelar las autoridades públicas, para pedir la legalización de la eutanasia?

R. Lo que justifica mi planteamiento, es la incurabilidad de mi enfermedad. La hice pública, para alegar que hay gente que soporta sufrimientos que no se pueden solucionar. Es el último combate que yo puedo realizar; si no me sirve directamente, que sirva al menos a otros después de mí.

La ley, actualmente en Francia, no permite, en mi caso, poder decidir el momento y las circunstancias de mi partida. Es verdad que ha abierto un camino, permitiendo que se “deje morir”, pero no ha llegado al final de su razonamiento.

Lo que reivindico es que el paciente, que está como yo en situación de incurabilidad y se mantiene aún consciente, pueda decidir de su muerte, de acuerdo con su médico de cabecera y tras conocer la decisión de un Comité médico.

P.: Usted vive en su casa, con la asistencia de enfermeros, en el marco de una hospitalización en su domicilio, y con seguimiento de su médico de cabecera. ¿Por qué no acepta hospitalizarse, medida que podría aliviar su dolor?

R. Porque en ese caso yo perdería toda conciencia. Lo que la medicina puede proponerme actualmente es hundirme en un estado comatoso o semicomatoso, para intentar abreviar mi dolor, con analgésicos a alta dosis, dado que no soporto la morfina.

En consecuencia, tendría que permanecer tendida, guardando cama, y esperaría así inconsciente la muerte. Rechazo esta situación, ya que no se adapta ni a mi temperamento ni a lo que yo sufro. No quiero que la sociedad me obligue a pasar por esta etapa, es una cuestión de dignidad. No quiero presentarme así a mis tres hijos, incluido mi pequeño, que sólo tiene doce años y medio.

Soy yo la única que sufre, soy yo quien tengo el derecho de decidir. Ya espero la muerte de un día para otro; puede llegar en cualquier momento, es como una espada de Damocles. Reclamo simplemente el derecho a poder anticiparla.

P.: ¿Qué responde Vd a los opositores a la eutanasia, que temen las derivas posibles de una legalización?

R. Que es responsabilidad del legislador el garantizar, en la formulación de la ley, que ninguna deriva sea posible. En Bélgica y en los Países Bajos, y desde hace poco en Luxemburgo, esta posibilidad dejada a los enfermos en situación de incurabilidad, se aplicó a muy pocas personas, sin implicar un aumento sospechoso del número de muertes.

En consecuencia, no se trata obviamente de hacer eutanasias a la ligera, ni de extender esta posibilidad a todos los casos de final de vida, ya que la mayoría de las personas no piden en absoluto la muerte. No se trata ni mucho menos de matar, sino de ofrecer un gesto de amor al ser humano que sufre frente a uno, de acompañarle para que tome consciente este último rumbo. No somos eternos vivientes, ni usted ni yo. Pido simplemente que se ponga fin a este calvario.

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El original francés de esta entrevista fue publicado por LE MONDE el 12.03.08.

25/03/2008

Homenaje de la AEU a monseñor Óscar Romero

Homenaje de la AEU a monseñor Óscar Romero

Permalink 24.03.08 @ 23:58:43. Archivado en Las Américas, Universidades, Sociogenética, Ética, Religiones, Pro justitia et libertate

Hoy se cumplen veintiocho años del día en que monseñor Óscar Romero murió asesinado en el ejercicio de su ministerio pastoral, justo "mientras celebraba el Sacrificio del perdón y reconciliación”, en El Salvador, el 24 de marzo de 1980.

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Imagen: Mural de Monseñor Óscar Arnulfo Romero en la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad de El Salvador.

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Óscar Arnulfo Romero y Galdámez (Ciudad Barrios, El Salvador, 15 de agosto de 1917 –† San Salvador, (Id.), 24 de marzo de 1980) fue un sacerdote católico salvadoreño, cuarto arzobispo metropolitano de San Salvador (1977-1980).

Se volvió mundialmente célebre por su predicación en defensa de los derechos humanos y murió asesinado en el ejercicio de su ministerio pastoral.

Como arzobispo, denunció en sus homilías dominicales numerosas violaciones de los derechos humanos y manifestó públicamente su solidaridad hacia las víctimas de la violencia política de su país.

Su asesinato provocó la protesta internacional en demanda del respeto a los derechos humanos en El Salvador.

Dentro de la Iglesia Católica se le consideró un obispo que defendía la "opción preferencial por los pobres". En una de sus homilías, Monseñor Romero afirmó: "La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres, así la Iglesia encuentra su salvación." (11 de noviembre de 1977).

En 1994, una causa para su canonización fue abierta por su sucesor Arturo Rivera y Damas; Monseñor Romero recibió el título de Siervo de Dios. El proceso de canonización continúa. En Latinoamérica muchos se refieren a él como San Romero de América.

Fuera de la Iglesia Católica, Romero es honrado por otras denominaciones religiosas de la cristiandad, incluyendo a la Comunión Anglicana. Él es uno de los diez mártires del siglo XX representados en las estatuas de la Abadía de Westminster, en Londres. (Fuente: Wikipedia).

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Monseñor Romero previó su propio martirio:

He estado amenazado de muerte frecuentemente.

He de decirles que como cristiano no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.

Lo digo sin ninguna jactancia, con gran humildad.

Como pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por aquellos a quienes amo, que son todos los salvadoreños,

incluso por aquellos que vayan a asesinarme.

Si llegasen a cumplirse las amenazas, desde ahora ofrezco a Dios mi sangre por la redención y por la resurrección de El Salvador.

El martirio es una gracia de Dios, que no creo merecerlo.

Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad.

Mi muerte, si es aceptada por Dios, sea para la liberación de mi pueblo

y como un testimonio de esperanza en el futuro.

Puede decir usted, si llegan a matarme, que perdono y bendigo a aquellos que lo hagan.

De esta manera se convencerán que pierden su tiempo.

Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, nunca perecerá.

(Entrevista, marzo 1980).

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Elogios papales a Monseñor Óscar Romero
Carlos Ayala Ramírez, Director de Radio Ysuca. El Salvador:
Adital

Cuando Juan Pablo Segundo vino por primera vez a El Salvador, en su plegaria ante la tumba de Monseñor Romero dijo:

“Reposan dentro de sus muros (de la Catedral) los restos mortales de monseñor Romero, celoso pastor a quien el amor de Dios y el servicio a los hermanos condujeron hasta la entrega misma de la vida de manera violenta, mientras celebraba el Sacrificio del perdón y reconciliación”

(El Salvador, marzo, 1983).

Y en su homilía pronunciada horas más tarde expresó:

”¡Cuántas vidas nobles, inocentes, tronchadas cruel y brutalmente!

También de sacerdotes, religiosos, religiosas, de fieles servidores de la Iglesia, e incluso de un pastor celoso y venerado, arzobispo de esta grey, monseñor Oscar Arnulfo Romero, quien trató, así como los otros hermanos en el Episcopado, de que cesara la violencia y se restableciera la paz”

(El Salvador, marzo, 1983).

Benedicto XVI, en el discurso que dirigió recientemente a los obispos de la Conferencia Episcopal de El Salvador, con motivo de la visita ad limina; manifestó que el pueblo salvadoreño se caracteriza por tener una fe viva y un profundo sentimiento religioso. Ello, gracias a los primeros misioneros y al fervor de “pastores llenos de amor de Dios, como Monseñor Óscar Romero” (cfr. Discurso con motivo de la visita “ad limina”, 28/02/08).

Estos elogios papales confirman lo que la fe viva del pueblo ha sostenido durante años, es decir, que Monseñor Romero fue un obispo testigo del Evangelio para la esperanza de El Salvador. Y lo fue de forma muy concreta. Acompañando y orientando al pueblo en sus anhelos de libertad: “Por eso pido al Señor, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento” (23/03/80).

Consolando a las víctimas: “No me interesa la política. Lo que me importa es que el Pastor tiene que estar donde está el sufrimiento, y yo he venido, como he ido a todos los lugares donde hay dolor y muerte, a llevar la palabra de consuelo para los que sufren” (30/08/77). Siendo voz de los que no se les permitía tenerla: “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor. Es un pueblo que empuja a su servicio a quienes hemos sido llamados para defender sus derechos y para ser su voz” (18/11/79). Arriesgando y dando su vida: “Como pastor estoy obligado por mandato divino a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aun por aquellos que vayan a asesinarme” (entrevista, marzo 1980).

Juan Pablo Segundo antes y Benedicto XVI hoy, con sus elogios ponen de manifiesto de que en Monseñor Romero, tenemos un pastor ejemplar. Es, precisamente, lo que ha creído el pueblo de Dios. Por eso uno de sus más sentidos clamores ha sido “Queremos obispos como Monseñor Romero”. Si hombres y mujeres de fe han hecho ese pedido y si los dos últimos papas reconocen de que Monseñor Romero ha sido un celoso y venerado pastor, lleno del amor de Dios, ¿por qué ese modo de ser pastor no inspira, predominantemente, en la elección de nuevos obispos?

Si pastores como Monseñor Romero son los que han posibilitado una fe viva y un profundo sentimiento religioso entre el pueblo, ¿por qué no se cultivan y favorecen esos rasgos en los futuros jerarcas de la Iglesia?

El padre Ellacuría sostuvo en su momento, que a lo mejor nadie olvida a Monseñor Romero, pero no todos lo recuerdan como resucitado y presente. Y agregaba: “Hasta puede considerarse (Monseñor Romero) un pasado glorioso, un pasado del que vana-gloriarse, pero que no ha de seguir dándose, por cuanto son otras las circunstancias”. A los que así podían pensar Ellacuría les replicaba: “pueden ser distintas las circunstancias y la situación, pero es más clara aún la ausencia del Espíritu, la pascua o paso del Señor, como se dieron en monseñor Romero”. (Cfr. Memoria de monseñor Romero, Carta a las Iglesias, nn.493-494, 2002).

Ese paso de Dios en monseñor Romero es lo que se elogia con toda razón, pero, más importante que el elogio, es hacerlo presente en los criterios para elegir a los nuevos pastores, es darle continuidad en el modo de ser obispos. Los desafíos actuales de la Iglesia en El Salvador, señalados por el propio papa Benedicto XVI, también lo exigirían: la situación de pobreza que lleva a muchos salvadoreños a emigrar en busca de mejores condiciones de vida, el problema de la violencia y sus víctimas cotidianas, la necesidad ineludible de mejorar las estructuras y condiciones económicas que permitan llevar una vida digna. Esos desafíos, entre otros, plantean la necesidad de una Iglesia y de unos pastores cuidadores de su pueblo, cercanos, solidarios, críticos y compasivos.

No se trata sólo de llevar a los altares a Monseñor Romero, tampoco de limitarnos a elogiar virtudes, sino de dejarnos inspirar por su ejemplo en la consecución de las causas que siguen vigentes: el Reino de Dios y su justicia, la opción por los pobres, la compasión con las víctimas, la indignación profética. Esas también deberían ser las causas de los nuevos pastores.

24/03/2008

La biomedicina paliativa científica

La biomedicina paliativa científica

Permalink 23.03.08 @ 23:58:52. Archivado en Universidades, Semántica, Pragmática, Sociogenética, Antropología, Ética, Religiones, Educación, Ciencias biomédicas

Hay cosas que no se pueden decir a la ligera, aunque quien las diga sea una autoridad civil, militar o religiosa, sin que el oyente sensato e informado reaccione. Tal es mi caso como oyente ante las contraverdades difundidas ampliamente estos últimos días sobre las respuestas que propone hoy la biomedicina paliativa científica a las situaciones más dolorosas y a los sufrimientos extremos de los enfermos incurables.

La noción de 'cuidados paliativos'

"Los cuidados paliativos son un concepto de la atención al paciente que incluye a profesionales de la salud y a voluntarios que proporcionan apoyo médico, psicológico y espiritual a enfermos terminales y a sus seres queridos. Los cuidados paliativos ponen el énfasis en la calidad de vida, es decir, en la paz, la comodidad y la dignidad. Una de las metas principales de los cuidados paliativos es el control del dolor y de otros síntomas para que el paciente pueda permanecer lo más alerta y cómodo posible. Los servicios de cuidados paliativos están disponibles para personas que ya no pueden beneficiarse de los tratamientos curativos; el paciente típico de cuidados paliativos tiene un pronóstico de vida de seis meses o menos. Los programas de cuidados paliativos proporcionan servicios en varias situaciones: en el hogar, en centros de cuidados paliativos, en hospitales o en establecimientos capacitados para asistir enfermos. Las familias de los pacientes son también un enfoque importante de los cuidados paliativos, y los servicios están diseñados para proporcionarles la asistencia y el apoyo que necesitan."

National Cancer Institute de los EE.UU.

Los pacientes con enfermedades crónicas incurables, tras haber sido objeto de atención durante siglos casi exclusivamente de las instituciones caritativas religiosas, especialmente las católicas, despertaron por fin las raíces compasivas de la medicina científica a mediados de 1960, en Inglaterra, dando nacimiento a los llamados cuidados paliativos (CP), que consisten en una nueva mirada sobre cómo enfrentar la muerte.

El foco se centra en la persona enferma y en sus distintas dimensiones, tanto síquicas como somáticas y sociales, y no exclusivamente en el doloroso proceso de la enfermedad terminal, como si se quisiera vencer lo invencible incluso a costa del enfermo.

Partiendo de esta base, se busca mejorar su calidad de vida y la de sus familiares, atendiendo la gama completa de sus necesidades físicas, emocionales y espirituales. Para lograr esta finalidad compleja, la medicina paliativa científica se concentra en el control del dolor, dando prioridad a la capacidad de autonomía del paciente.

La palabra “paliativo” deriva del vocablo latino pallium, que significa ‘manta’. Así, cuando la causa del dolor no puede ser curada, los síntomas son cubiertos con tratamientos específicos para hacer más llevadero el problema.

Los especialistas consultados concuerdan en que las características que tienen que tener los voluntarios que se dedican a cuidados paliativos son entrega, servicio, compasión, humildad y amor al prójimo, sabiéndose integrar lealmente en el propósito sanitario de la medicina paliativa científica.

Hugo Dopaso, médico especializado en cuidados paliativos explica:

"La mejor manera de acompañar a un paciente terminal es sabiendo qué necesita y que él esté al tanto de lo que le está pasando. La tarea más importante es prepararlo para que pueda morir en paz".

Armando García Querol, director médico del Hospice San Camilo dice: "El secreto es curar a veces, aliviar a menudo y acompañar siempre, porque estas personas están vivas hasta el final".

A continuaión traduzco adaptándolo el testimonio de Marie de Hennezel, prestigiosa psicóloga francesa especilizada en cuidados paliativos.

Acompañar y dejar morir,
testimonio de Marie de Hennezel
LE MONDE | 21.03.08

Hay cosas que no se pueden tolerar sin reaccionar: contraverdades sobre la ley Leonetti y sobre las respuestas que establece hoy una buena medicina paliativa a las situaciones más dolorosas y a los sufrimientos extremos de los grandes enfermos.

Durante diez años, en mi calidad de psicóloga en un equipo de cuidados paliativos, fui testigo de finales de vida extremadamente dolorosos, y de desamparos a los límites de lo soportable. Acogimos personas que sufrían de un deterioro profundo de la cara, tras cánceres de la esfera ORL. Alteraciones tan impresionantes como las que sufría Chantal Sébire. Estas personas, en su mayoría, nos expresaron su deseo de morir. Porque, ellas como Chantal, eran devoradas por el dolor, y porque no soportaban ya el imponer sus sufrimientos a su entorno.

Hemos estado confrontados con estas situaciones límite ante las cuales se inclina uno humildemente. Experimentamos entonces el sentimiento que puede ser más humano el acceder al deseo de morir de aquél o de aquélla que ya no puede aguantar más lo inaguantable.

Sí, ese drama lo hemos vivido con una enorme compasión. Pero no podíamos sin embargo dar deliberadamente la muerte a nuestros pacientes. No solamente porque no era legal, sino porque nuestra misión era ser lo más creativos posibles, para encontrar soluciones a las peores situaciones. Practicamos entonces el “dejar morir” mucho antes de que esta actitud esté instituida por la ley Leonetti. Nosotros dormíamos a la persona, gracias a una sedación controlada, y animábamos a los familiares a acompañarla, en una vigilia llena de suavidad.

Nuestra experiencia nos autorizaba a decir a las familias que podían seguir hablando, acariciando o meciendo al agonizante, en una palabra: dándole pruebas de este último afecto que deja luego el corazón aliviado. Porque el hecho es, aunque no esté probado científicamente, que innumerables ejemplos nos han convencido de que, incluso en el coma, la persona percibe la calidad emocional de las presencias que la rodean, de los gestos de ternura prodigados y de las palabras de adiós murmuradas a sus oídos.

Esta vigilia atenta podía durar algunos días, pero nunca mucho tiempo, ya que se sabe que las palabras de amor dichas al moribundo le ayudan a partir en paz. Son palabras que liberan. Las familias no han encontrado nunca este tiempo inútil o absurdo. Se turnaban a la cabecera de la persona agonizante, en este último ritual de oblación que da sentido a estos últimos momentos. A continuación su luto se caracterizaba por el apaciguamiento y por un sentimiento de realización.

Reconocimiento de los familiares

De lo que yo soy testigo y doy prueba aquí no tiene nada que ver con el acto de dar la muerte. Aunque la muerte esté al final, como un efecto secundario de la sedación, se trata de acompañar y de dejar morir, respetando hasta su final la vida. Sé que algunos encontrarán esta respuesta hipócrita. Temo que no hayan comprendido que actuando así nosotros permitimos a una persona, aniquilada por sus sufrimientos, el partir suavemente, y no violenta y brutalmente, como es el caso cuando se inyecta o administra una poción mortal. El agradecimiento y el apaciguamiento de los familiares, que habían tomado el tiempo de acompañar al agonizante, era la mejor prueba de la verdad de nuestro testimonio.

La verdad sicosocial es que esta ley no es conocida ni por la opinión pública ni por los profesionales de la salud. Lo cual hace que se aplique aún menos. La verdad es que las buenas prácticas del final de la vida no se difunden suficientemente y que no se fomenta en las familias la cultura del acompañamiento. Lo constaté durante mi encuesta de estos dos últimos años por las regiones de Francia.

El informe “Francia paliativa”, que dirigí al Ministro de la Salud, Roselyne Bachelot, en septiembre de 2007, describe la desigualdad entre las regiones en la difusión de la cultura paliativa a través de nuestro país. Los medios que se habían prometido, con ocasión del voto de la ley Leonetti, no han llegado a las diferentes regiones. El artículo 13 de la ley, que obliga a establecer cuidados paliativos a los establecimientos para ancianos dependientes, no se ha aplicado todavía.

¡El número de teléfono Azul “Acompañar el final de la vida, informarse, hablar de ello” (0811-020-300), instalado por Philippe Douste-Blazy en mayo de 2005, para responder a las cuestiones y a la angustia de la población ante los finales de vida difícíles, no fue sostenido por una campaña de comunicación! Resultado: ¡un servicio público desconocido de aquéllos que se supone pueden ser ayudados por él!

Pero este informe no se limita a hacer una radiografía de los avances y retrasos de la cultura paliativa en Francia. ¡Valoriza iniciativas interesantes de las que cabría inspirarse urgentemente, como es la creación de un grupo de reflexión sobre el acompañamiento en un hospital local, la adaptación del planteamiento paliativo en un servicio de reanimación, la creación de un equipo paliativo, que hizo caer del 40% al 10% el índice de transferencias de personas agonizantes “in extremis” hacia las urgencias!

Presenta, por fin, propuestas, y, en particular, la de invitar a todos los establecimientos sanitarios y médicosociales a organizar urgentemente un foro de información sobre la ley Leonetti y las buenas prácticas en final de vida. Esta medida no costaría caro, sino que supone la voluntad política de hacer una prioridad de esta pedagogía de la ley. Así, pues, ¿qué es lo que está esperando el Gobierno?