30/11/2007

A la memoria de Ladrière, mi maestro belga

A la memoria de Ladrière, mi maestro belga

Permalink 29.11.07 @ 23:59:00. Archivado en Sobre el autor, Amistad Europea Universitaria, Hispanobelgas, Sociogenética, Filosofía

El filósofo belga Jean Ladrière murió el lunes pasado, 26 de noviembre 2007, a los 86 años. Profesor de la UCL, fue uno de los mayores espíritus de la posguerra.

Acabo de enterarme de la muerte de mi maestro, amigo y colega, el profesor Jean Ladrière, por una llamada de Alexandre von Sivers, mi primer camarada “de la Amistad Europea Universitaria”, doctor en derecho, actor, profesor y defensor de los derechos de los artistas, que representa por el momento en Mónaco “el Visitante” de Eric-Emmanuel Schmitt. Si pensó en hacerlo, en mitad de su trabajo, es porque sabe el gran afecto que siempre me unió con el profesor Ladrière, desde mi llegada a Bélgica en agosto de 1961.

Debo, en particular, al profesor Ladrière la dirección y codirección de mis tesis de doctorado, una de la cuales sostuve en Lovaina y la otra en la Sorbona; le debo igualmente el prólogo de mi obra sobre la Sémantique linguistique (“Semántica lingüística”), publicada en 1974 en los Cursos y documentos del Instituto de lingüística del UCL; le debo también un número incalculable de horas de conversaciones personales y seminarios compartidos.

Alexandre, yo mismo y todos nuestros camaradas “de la Amistad Europea Universitaria” le debemos el apoyo que nos prestó cuando lanzamos nuestro movimiento de solidaridad internacional contra la xenofobia en 1961-1962. Compartía con nosotros la convicción universalista que expresábamos con la frase que habíamos elegido como divisa de nuestro programa, tomada de Theilard de Chardin : “el futuro de los hombres depende del valor y de la destreza que empeñarán para superar las fuerzas de aislamiento”. Apreciaba también que nuestro movimiento no quisiera convertirse en una asociación burocrática, sino que se diera por tarea el despertar la conciencia de los universitarios sobre la responsabilidad universal de su vocación y su profesión al servicio de la Amistad Mundial, más allá de un europeismo narcisista, que corría el riesgo de convertirse en otra clase de xenofobia.

Así nació la AEU en el “Foyer des nations” (‘Hogar de las naciones’) de la universidad de Lovaina como una vacuna para protegernos de la xenofobia, que en aquél entonces era muy fuerte en Bélgica, debido a la mala coexistencia entre valones y flamencos, al fin desastroso de la colonización Belgo-congolesa y al recuerdo, por entonces todavía muy vivo, de la segunda guerra mundial.

La AEU sirvió también para prepararnos a trabajar fraternalmente en misiones internacionales, superando los chovinismos de nuestras diferentes nacionalidades. Este movimiento ha tenido el mérito, manteniéndose fiel al consejo del profesor Ladrière, de no haberse transformado nunca en una organización burocrática. Forma parte de él cualquier persona que vive su condición de universitario como un compromiso ético y deontológico activo de su persona y de su profesión con los valores universales de la humanidad.

Mi colega el filósofo Philippe Van Parijs, uno de sus “alumnos”, evoca la carrera del profesor Ladrière.

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Pensador de la esperanza
por Philippe Van Parijs
Profesor en la UCL, Cátedra Hoover de ética económica y social, y en el departamento de filosofía de la Universidad Harvard.

27/11/2007

Ayer 26 de noviembre, el filósofo Jean Ladrière se apagó pacíficamente en la Clínica Saint Pierre de Ottignies. Tenía 86 años. Tanto a nivel intelectual como a nivel humano, fue uno de los universitarios belgas más respetados del siglo pasado.

De origen armenio por su madre, era el hijo del arquitecto que renovó la colegiata de Nivelles, ciudad en la cual creció y a la cual volvió a vivir al llegar a su emeritado.

Después de los desórdenes de la guerra, durante la cual sirve en la Brigada Piron, prosigue en Lovaina los estudios de matemáticas y filosofía. Investigador FNRS, luego profesor en el Instituto superior de filosofía del UCL, consagra sus primeros grandes escritos a los fundamentos de la lógica formal y a la epistemología de las matemáticas. Pero sus publicaciones y sus enseñanzas se desarrollan rápidamente mucho más allá de estos ámbitos. Lovaina descubre por sus cursos a Wittgenstein y Popper, Chomsky y Habermas. Funda un centro de filosofía de las ciencias al cual ningún ámbito del conocimiento es extranjero. Sus míticos seminarios del viernes por la tarde exploran la cibernética y la teoría de las catástrofes, la teoría de la evolución y la teoría de la justicia, la metafísica de Whitehead y el marxismo contemporáneo.

Fe y razón

Bastante más allá de la simple apropiación crítica de una literatura científica y filosófica inmensa, Jean Ladrière es también el autor de una obra personal rica e influyente, que se expresó en una sucesión de obras redactadas con un gran cuidado y una gran elegancia, de las cuales las tres últimas (“La Fe cristiana y el destino de la razón”, “El tiempo de lo posible” y “la Esperanza de la razón”) aparecieron en 2004. En el centro de esta obra figura como tema mayor la relación entre la fe y la razón. “Lo que está en juego”, decía en una entrevista publicada por la revista Lovaina con motivo de su 80 aniversario, “no es una simple confrontación, es una relación justificable, a la vez reflejada y vivida, entre fe y razón. Es la perspectiva de esta relación lo que está, creo, subyacente en la gran mayoría de los textos que escribí, mientras que los otros son solamente intervenciones de circunstancia.”

Profesor y autor, Jean Ladrière fue también un miembro abnegado y eficaz de las numerosas instituciones de las que era uno de los pilares: el Instituto superior de filosofía de la UCL, que presidió mucho tiempo, en particular, durante la época del traslado de la UCL a Lovaina-la-Nueva; la Universidad católica de Lovaina en su conjunto, de la cual fue una de las grandes personalidades emblemáticas; la real Academia de Bélgica, donde fue elegido en 1977; el grupo Espíritu, que contribuyó a animar en los años 50; el CRISP, del cual fue uno de los fundadores; el Instituto internacional de filosofía; la Unión mundial de las sociedades católicas de filosofía; el Movimiento internacional de los intelectuales católicos; y muchos más. Por todas partes, dejará el recuerdo de una presencia modesta y competente, gozando de una autoridad moral e intelectual tan preciosa en el interior como en el exterior de la institución.

Católico comprometido, Jean Ladrière no era de los que consideraban deber imponer su fe a los otros o despreciar a los que no la compartían con él. Ofrecen testimonio de ello los fuertes lazos de amistad y de estima que ha mantenido, por ejemplo, con Chaim Perelman y Leo Apostel, con Jean Van Lierde y Jules Gérard-Libois. Para ellos como para todos los demás que lo conocieron, Jean Ladrière era de aquellos a propósito de los cuales era casi incorrecto hablar de tolerancia y de honestidad intelectual, por ser en él tan evidentes; era también de las personas cuya inmensa cultura no se acompañaba de ninguna necesidad de exhibirla. Poseía la extraordinaria capacidad de maravillarse de una anécdota como de un teorema y de hacer compartir esta admiración incluso por aquéllos que estaban lo menos predispuestos a hacerlo. Poseía también una facultad excepcional de escuchar atentamente a sus interlocutores, respetuosamente, generosamente, a los más modestos como a los más fanfarrones, de reformular más concretamente, a menudo con ilustraciones al apoyo, la parte fundamental de lo que intentaban expresar, a veces muy confusamente.

Ante la muerte

Jean Ladrière no ha tenio hijos, pero sus hijos espirituales, los innumerables candidatos doctores y licenciados a los cuales consagró miles de horas, han poblado las universidades de los cinco continentes, conscientes de lo que deben a sus consejos y a su inspiración. Y a los que hizo un favor de manera más limitada, aceptando dar una conferencia, de escribir un prólogo, de intervenir en un coloquio, de participar en un jurado, de apoyar una acción, son aún mucho más numerosos. Más allá de la muerte a la cual acaba de sucumbir, Jean Ladrière es de los que seguirán viviendo en aquéllos que guió y que sostuvo, que se codearon con él y que lo amaron.

Al final de la entrevista ya citada, expresa su actitud ante la muerte que se acerca: “He recibido este privilegio de vivir más allá de los ochenta años e incluso de poder aún proseguir un determinado trabajo, aunque fuera al ralentí. Podría decir que, desde este punto de vista, tuve una vida realizada. Pero guardo, hasta ahora en cualquier caso, el sentimiento de no haber podido realizar lo que creí deber realizar, y de tener siempre ante mí la perspectiva de una tarea a realizar… Por una parte, volviéndome hacia el pasado,… Veo sobre todo el carácter muy inadecuado, demasiado parcial y demasiado tímido de lo que pude expresar. Y por otra parte, al volverme hacia el futuro, lo veo como pidiéndome un trabajo que está aún por hacer, que de una determinada manera sería el sentido de lo que intenté hacer durante el tiempo pasado, y que sería un planteamiento último. [...] En cualquier caso, que haga lo que haga o que no lo haga, sé que no podrá haber adecuación entre lo que habré podido eventualmente hacer y lo que habría debido hacer. Esta es la razón por la que, desde ahora, confío enteramente en la misericordia de Dios.”

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