24/11/2007

Para que no olvidemos a Fernán-Gómez 2/2

Para que no olvidemos a Fernán-Gómez 2/2

Permalink 23.11.07 @ 23:58:58. Archivado en Sociogenética, Antropología, Educación, Teatro, Novela, Cine

Nos lo afirma su médico personal: "su imagen pública tenía poco que ver con la persona generosa, respetuosa, entrañable y tímida que era. Jugaba a enfadarse con los medios de comunicación y con algún coleccionista de autógrafos".

"Su generosidad -sin límites- le llevaba a desprenderse de algo valioso e irrepetible si con ello hacía feliz a alguno de sus amigos".

"Jamás se quejó de dolor o incomodidad alguna".

Con las frases que estos días han pronunciado quienes le han tratado más de cerca, es posible componer un voluminoso florilegio para el recuerdo del inolvidable Fernando Fernán-Gómez. Aunque mi tentación ha sido grande de confeccionarlo, me ha parecido mucho más acorde con la visión que tengo yo mismo de este espléndido humanista el darle la palabra a dos de sus amigos más leales, que han tenido el privilegio de vivir su sencilla grandeza más de cerca; uno como su médico personal y el otro como entrañable compañero de trabajo ante las cámaras cinematográficas.

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La dimensión humana de Fernando
SANTIAGO MARTÍNEZ-FORNÉS. Médico

Pocos afortunados hemos tenido el privilegio de compartir la intimidad de F. F-G. durante cuarenta años, y comprobar que su imagen pública tenía poco que ver con la persona generosa, respetuosa, entrañable y tímida que era. Jugaba a enfadarse con los medios de comunicación y con algún coleccionista de autógrafos -Círculo de Bellas Artes-. Pero, a veces se desmadraba. Me recordaba a los dos únicos enfados explosivos que presencié en otro gran tímido, mi maestro Don Gregorio Marañón.

Al día siguiente de la disputa en el Círculo Bellas Artes se dolía en la consulta: «Este mal carácter mío, Santiago, me juega malas pasadas que luego soy el primero en lamentar». Se tranquilizó por completo cuando le convencí de que, al contrario, tenía muy buen carácter. «Lo que te traiciona es el temperamento». Desde entonces, cuando empezaba a sentirse incómodo con algún periodista poco respetuoso terminaba la entrevista: «Y no me enfado más con usted porque me lo tiene prohibido mi médico por razones de salud».

Ingresé en su círculo más íntimo en mayo del 68 -¡buena fecha para estrechar lazos!-, cuando apareció en mi consulta con un «síndrome de la pedrada» en la pantorrilla derecha, que había surgido bruscamente -como una pedrada- durante la representación de una obra de Alonso Millán en la que encarnaba a un rico patán. Le aconsejé una sencilla medicación y que le adquiriesen un garrote a tono con el papel que representaba. Le permitió seguir las representaciones con dolor moderado y una leve cojera, tan frecuente antes en el medio rural.

Quedé admirado al contemplar cómo manejaba el garrote y cómo lo convirtió en órgano expresivo del cazurro rural que personificaba. Tanto que -desaparecida la cojera- siguió con el garrote hasta finalizar el contrato. Hoy forma parte del museo que guardo en mi consulta. *** Su generosidad -sin límites- le llevaba a desprenderse de algo valioso e irrepetible si con ello hacía feliz a alguno de sus amigos.

A medida que iba estrenando obras de teatro o películas estableció la impagable costumbre de regalarme el texto original con todas las anotaciones que hacía durante los ensayos o dirección del filme. Encuadernadas en cuero por el último gran artesano del gremio que ejerce en Madrid y dedicadas todas por Fernando sobre el cuero en letras de oro. Las últimas, acompañadas de un fascículo con 30-40 deliciosos cómics, pintados a plumilla y coloreados para ilustrar a sus colaboradores cómo imaginaba el maestro la localización, los personajes, su expresión, gestos, indumentaria.

Esa mezcla de creatividad, riqueza expresiva y gracia de sus cómics constituye una joya. Las tres tesis doctorales sobre su obra -dos, para la Sorbona- utilizaron los textos en mi consulta. Soy plenamente consciente de que este tesoro -que guardo como oro en paño- deberá ser expuesto en alguna ocasión para gozo de los devotos de Fernando.

Cada dedicatoria es única e irrepetible. Por ejemplo, el de su libro de poemas «A Roma por algo»: «Al Dr. Santiago Martínez-Fornés. A veces uno piensa mudarse de casa. ¿Cómo voy a hacerlo yo, que tengo en la mía la salud y la amistad?» Jamás agradeceré al maestro la confianza y el privilegio de cuidar su voz y su salud. Siguió fumando -pese a los consejos del doctor Loredo y los míos- hasta que empezó a quebrársele la voz. Esa voz única e irrepetible de Fernando, que tanto echamos de menos en los escenarios y películas de hoy. Nos fue fácil entonces motivarle para que hiciese el gran esfuerzo de abandonar el tabaco.

En los últimos años -cuando se trasladó de la Castellana a la Urbanización de Santo Domingo-, compartí el cuidado de su salud con los doctores Pilar Guíu y López de Letona. Al final, dos graves episodios exigieron su ingreso hospitalario. Primero, en la Clínica de la Concepción y posteriormente en La Paz, donde falleció.

Jamás se quejó de dolor o incomodidad alguna. Emma Cohen se convirtió en su ángel de la guarda, y vivía exclusivamente para cuidarle y mimarle. Murió tranquilo, relajado, como pidiendo perdón por las molestias que pudiese ocasionar.

No he conocido a nadie que jugase con las palabras con el talento, la cultura y la ironía de Borges o Fernán-Gómez. Pero no conseguí -por ceguera de los posibles responsables- que alguien montase y filmara este diálogo para la posteridad. Mientras tus textos originales tiemblen en mis manos, tú y yo seguiremos vivos. Gracias, Fernando, por haber sido tú.

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El talento descomunal
por ALFEDRO LANDA

Conocí personalmente a Fernando Fernán-Gómez durante el rodaje de la película «Ninette y un señor de Murcia», en la mitad de los años sesenta, que él dirigió, escribió e interpretó el papel protagonista, el de Andrés Martínez. Papel que estrenó Juanjo Menéndez, y que luego le sustituyó José María Montiel. Fernando la dirigió y la interpretó magníficamente. Yo hice de Armando Espinosa. Fue un rodaje maravilloso, basado en la función que yo estaba haciendo en el Teatro de La Comedia, y desde el primer momento -aparte de la admiración que sentía por él, porque le conocía de su trabajo como actor- nos comunicamos: fue el conocimiento personal, y una especie de locura. Porque Fernando era un hombre que es posible que no tenga una Prensa muy proclive a la admiración, pero él sí era un hombre absolutamente admirable, simpático, gracioso, entrañable. Fernando era amigo tuyo y tenía un talento descomunal. Y una persona muy tierna.

Yo tuve la gran ventaja de hacer, en el año 1991, una película con él titulada «Marcelino pan y vino», que era un «remake» de la película de Ladislao Vajda. Viajamos juntos a Italia, a un pueblecito de la Umbria llamado Pié di Lucco, y estuve prácticamente dos meses pegado a Fernando: menos dormir con él lo hice todo. Allí en los Apeninos íbamos a rodar a un sitio que se llama San Pietro in Valle. Allí, al pie de los Apeninos, desayunábamos juntos, viajábamos hasta San Pietro juntos, comíamos juntos, merendábamos juntos, y luego volvíamos otra vez a Pié di Lucco juntos, y nos quedaba sólo cenar juntos, sentarnos en la terraza juntos, tomarnos un par de pelotazos, y hablar, y hablar, y hablar, juntos.

Fue maravilloso compartir esos días italianos hasta las dos de la mañana, hora en la que nos acostábamos, pero tengo que aclarar una cosa: no juntos, era la única vez que no estábamos juntos. Fernando era único. Podías hablar de todo con él: siempre tenía la palabra, el comentario adecuado fino, inteligente, maravilloso. Yo entablé una amistad entrañable, la pena es que luego no ha tenido una relación continua, pero una vez aquí cada uno tiende a hacer su trabajo, y a vivir la vida que tenía establecida desde hace años. Pero siempre que hemos coincidido nos hemos llevado muy bien.

Yo sólo albergo ahora un sentimiento: tristeza. Estoy triste, porque aunque no coindíamos mucho, el recuerdo de él, lo entrañable de Fernando Fernán-Gómez lo voy, y lo vamos, a echar muchísimo en falta.

Era descomunal, único, un continente, como escribe Oti en ABC. Fernando era culto, simpático, agradable. Y es cierto que es un «grande de España», como ha escrito en estas páginas José Luis Garci, porque Fernando Fernán-Gómez ha ocupado los primeros lugares en todos los sectores importantes de este país: literatura, poesía, ensayo, teatro, televisión, cine... Fernando Fernán-Gómez tocaba todos los palos de una forma eminente, de una manera admirable.

00:55 Écrit par SaGa Bardon dans Actualidad | Lien permanent | Commentaires (0) | Tags : sociogenetica, antropologia, educacion, teatro, novela, cine |  Facebook |

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