06/09/2007

Cide Hamete Benengeli, autor del Quijote

Cide Hamete Benengeli, autor del Quijote

Permalink 06.09.07 @ 20:15:46. Archivado en Escritura bloguera, El Quijote, Poética, Sociogenética, Novela

Cide Hamete Benengeli es la última instancia, la más radical, de la FICCIÓN DE AUTORÍA DEL QUIJOTE, hasta el punto que el propio Cervantes, que lógicamente habría que situar en el cero del sistema como su punto de partida, queda obstinadamente neutralizado, por no decir evacuado, en favor de «su primer autor Cide Hamete Benengeli», II.24.1.

Ofrezco esta reflexión narratológica a mis colegas blogueros seducidos por la ficción, como un botón de muestra del interés que puso Cervantes como Autor del Quijote en elegir un "punto de vista" particularmente alejado del narcisismo autodiegético y lo más cercano posible de la escritura polifacética de la interactividad plural que pretendemos los blogueros. De haber disfrutado de los privilegios de la interactividad y de la intertextualidad que nos ofrecen los blogues, podríamos considerarlo como el más interactivo, intertextual y polifacético de los blogueros. En todo caso, y sin incurrir en anacronismos, tenemos argumentos suficientes para declararlo el protobloguero por antonomasia. Con el elemento compositivo prefijo proto-, del gr. proto-, 'primero', indicamos 'prioridad, preeminencia o superioridad'. Protomártir, protomédico, prototipo. DRAE

Benengeli: 19: [Cide Hamete Benengeli: 13: [cuenta Cide Hamete Benengeli: 3; cuenta el sabio Cide Hamete Benengeli: 1]; dice Benengeli: 3]

Benengeli (arabismo cervantino en 1605, del árabe 'hijo del Ciervo'): Benengeli significa, según el orientalista José Antonio Conde, 'hijo del Ciervo, cerval o cervanteño', etimología que hace pensar a algunos cervantistas que Benengeli podría ser la arabización del apellido Cervantes, una de cuyas etimologías lo hace derivar del signum visigótico Cervantius, derivado a su vez del lat. cervus 'ciervo'. • Otra etimología, propuesta por Bencheneb y Marcilly: Ben-engeli 'hijo del Evangelio' y, como tal, no musulmán sino cristiano.

|| Cide Hamete Benengelise sitúa en el centro de una constelación de calificaciones minuciosamente articuladas, mediante las cuales se pretende hacernos sentir la importancia que da Cervantes a su FICCIÓN DE AUTORÍA DEL QUIJOTE:

[[autor: autor arábigo y manchego; autor desta historia; autor desta grande historia; su primer autor; su autor primero]; coronista desta grande historia; filósofo mahomético; [historiador: flor de los historiadores; historiador arábigo; historiador muy curioso y muy puntual]; puntualísimo escudriñador de los átomos desta verdadera historia; [sabio: sabio; sabio y atentado historiador]].

He aquí, por su orden de aparición en la novela, los pasajes donde se atribuyen estas calificaciones a Cide Hamete Benengeli: • «Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo», I.9.9. • «el sabio Cide Hamete Benengeli», I.15.1. • «Cide Mahamate Benengeli fue historiador muy curioso y muy puntual en todas las cosas», I.16.18. • «Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego», I.22.1. • «el sabio y atentado historiador Cide Hamete Benengeli», I.27.31. • «su primer autor Cide Hamete Benengeli», II.24.1. • «Cide Hamete, coronista desta grande historia», II.27.1. • «Cide Hamete, su autor primero», II.40.1. • «Cide Hamete, puntualísimo escudriñador de los átomos desta verdadera historia», II.50.1. • «Cide Hamete, filósofo mahomético», II.53.1. • «Cide Hamete su primer autor», I.59.53. • «Cide Hamete Benengeli, flor de los historiadores», II.61.5. • «Cide Hamete, autor desta grande historia», II.70.7. • «Cide Hamete, su primer autor», II.70.20. • «el prudentísimo Cide Hamete», II.74.32.

Cide Hamete Benengeli es la última instancia, la más radical, de la FICCIÓN DE AUTORÍA DEL QUIJOTE, hasta el punto que el propio Cervantes, que lógicamente habría que situar en el cero del sistema como su punto de partida, queda obstinadamente neutralizado, por no decir evacuado, en favor de «su primer autor Cide Hamete Benengeli», II.24.1.

Digamos ante todo que mediante esta ficción se trata de parodiar un aspecto del estilo de los libros de caballerías, en los cuales es muy frecuente que los autores finjan que no son ellos mismos los autores primeros del libro que presentan a sus lectores, sino sus editores o traductores. La ficción consiste en pretender que han hallado el original en condiciones misteriosas, que este original estaba en una lengua extranjera, de preferencia exótica, y que ellos se han limitado a traducirlo o a editarlo.

Cervantes disociará al máximo estas funciones e inventará algunas más, como la de buscador de manuscritos. También añadirá, como nota muy propia suya, el permitir que ciertas calificaciones con las que decora a su autor primero, cuya característica retórica más visible es la hipérbole humorística, sean puestas en duda sea por el editor, sea por cualquiera de los otros personajes, comenzando por el propio don Quijote, los cuales, tras leer la historia u oír comentarios de lectores sobre ella, critican el trabajo de autoría. La más dura de estas críticas es la que formula el editor al tratar de mentiroso y de perro al autor primero. No queremos esquivarla porque en ella se pasa de la pura autocrítica literaria al nivel propiamente ideológico de la animosidad interétnica, muy en carne viva por aquellos años. Hay que pensar que en este pasaje como en el de la expulsión de los moriscos, Cervantes deja entrar en su novela, sin criticarlos pero sí ridiculizando su exageración, sentimientos que se movían libremente por la calle como lugares comunes de los cristianos viejos:

«Si a ésta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos, aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me parece a mí, pues cuando pudiera y debiera extender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir… si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del sujeto.» I.9.11.

Estas críticas aparecen entremezcladas con alabanzas, en otra constelación de calificaciones que gravitan alrededor del término autor, cuando éste está disociado del hombre propio de Cide Hamete Benengeli, aunque con referencia inequívoca a él:

[autor: arábigo; celebérrimo; fidedigno; Cide Hamete Berenjena; galgo; moro: 2; [sabio: no sabio; sabio; sabio encantador; sabio mi enemigo]]

He aquí, por su orden de aparición en la novela, los pasajes donde se atribuyen estas calificaciones al autor primero: • «tu sabio autor», I.Versos prelim.21. • «autor arábigo», I.9.11. • «fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia», I.52.44. • «algún sabio encantador el autor de nuestra historia», II.2.31. • «desconsolóle pensar que su autor era moro», II.3.2. • Sansón a don Quijote y Sancho: «el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena», II.2.32. • «no ha sido sabio el autor de mi historia», II.3.41. • «si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras, divertiéndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la continuación de una verdadera historia.», II.8.9. • «¡Oh autor celebérrimo!», II.40.1.

Un indicio de la vigencia de esta ficción de autoría en tiempos del Quijote es que una novela de carácter totalmente diferente al de los libros de caballerías se publicó en 1595 con esta explicación en la portada:

«agora nuevamente sacada de un libro arábigo, cuyo autor de vista fue un moro llamado Abén Hamín, natural de Granada».

Se trataba de las Guerras civiles de Granada de Ginés Pérez de Hita.

«Muestra característica de este fenómeno es la forma en que va evolucionando, a partir del Amadís, la atribución a dos autores sucesivos, un redactor antiguo y un traductor moderno, del libro que se está leyendo, desdoblamiento iniciado por Montalvo y tan sutilmente aprovechado después por Cervantes en su creación de Cide Hamete Benengeli: en el Caballero de la Cruz (1521) los autores son un cronista moro y un cautivo cristiano capaz de verter al castellano el texto árabe; en el Amadís de Grecia (1530) coexisten dos responsables cuyos prólogos se oponen y contradicen; en el Palmerin de Inglaterra (1547) Francisco de Moraes finge que la biografía de su protagonista no es sino un extracto, vertido al portugués, de las viejas crónicas de Gran Bretaña conservadas en la biblioteca de un erudito parisino; y en el Felixmarte de Hircania (1556) aparecen nada menos que cuatro personajes: el griego Philosio, cuyo texto, supuestamente traducido al latín por Plutarco y retraducido por Petrarca al idioma toscano, pasa finalmente al castellano en la versión del oscuro Melchor Ortega.», S. Roubaud, en Rico 1998 a, p. CXVI.

Cabe añadir con Clemencín que «entre el libro del Caballero de la Cruz y el QUIJOTE hay una semejanza muy particular, «que es la del origen arábigo, tan verdadero en el uno como en el otro, pero acomodado a la opinión de los que creyeron que esta clase de libros nos vino de los árabes. Opinión contradicha, no sólo por los datos de la historia, sino también por la comparación entre las costumbres mahometanas y las que describen los libros caballerescos; entre el desprecio esencial que los musulmanes hacen de las mujeres y la especie de idolatría que los andantes profesaban a sus damas; entre las cadenas y sujeción del harem y la desenvoltura y vagancia de Angélica y demás doncellas andantes o guerreras. El caballero andante es el esclavo de la que ama; el musulmán es su tirano. Ningún musulmán llamó jamás mi Dios ni mi Diosa a su querida, como lo hicieron los caballeros; ni caballero alguno puso la suya bajo la custodia y férula de un eunuco. Las ideas y costumbres caballerescas tienen mucha más conexión con las de los pueblos antiguos del Norte, que, según el testimonio de Tácito, atribuían al bello sexo un carácter sagrado que, sin llegar a divino, sobrepujaba al común humano (Germán, cap. VIII).», Clem. 1064.a.

Sin perder de vista esta perspectiva intertextual, que ciertamente ha inspirado formalmente a nuestro autor, también hay que tener en cuenta que el desdoblamiento de la perspectiva narrativa era uno de los juegos favoritos de Cervantes.

No nos cabe duda que Cervantes tuvo muy en cuenta a este respecto los consejos del Pinciano en su Poética de 1596:

«Del narrar la cosa por persona agena del poeta nacen muchas cosas buenas a la acción; primeramente que, hablando assí, le es más honesto el alabar o vituperar las cosas que [pág. 486] ama y aborrece, y dar su sentencia y parecer más libre; lo otro, que, dichas por vna y otra persona, varía la lección y no cansa tanto como si él solo fuesse el que narrasse; lo otro, para el mouimiento de los affectos es importantíssimo, porque, si otro que Vlyses contara sus errores y miserias, y otro que Eneas contara sus trabajos y desuenturas, no fuera la narración tan miserable, y, como el deleyte de la épica, ansí como el de la trágica, viene parte mayor de la compassión y misericordia, faltara mucho al deleyte de la tal acción», Ph.A.Poética, Epístola vndécima, § 163.

El nuevo recurso narrativo introducido por el Quijote no es tanto la narración en tercera persona cuanto la ficción de autoría bastante enriquecida y la superposición de mundos: un buscador de manuscritos; Cide Hamete Benengeli, como autor verdadero; un traductor, un editor, y la interacción entre apariencia y realidad, entre historia inventada e historia verdadera, cuyo momento culminante será el de la entrada de los lectores de la Primera parte como personajes de la fábula en la Segunda parte. Para decirlo con una fórmula feliz, acuñada por Gilman en un libro sobre Galdós: «the fictionality of fiction pretending to be non fiction».

En el conjunto del texto del Q. funcionan por los menos los niveles siguientes de autoría y lectoría, presentados en su orden genético:

0) Cervantes,
1) Cide Hamete = coronista = autor verdadero,
2) traductor,
3) editor (¿Cervantes?),
4) lector personaje de la historia,
5) desocupado lector.
6) El tema de la verdad aparece bajo múltiples formas (® verdad): como una preocupación central del protagonista, que sabe quien es él en I, y que no permite que otro don Quijote lo reemplace en II; como una garantía permanente de la autentididad de los sucesos narrados, ofrecida por el autor verdadero; y como un criterio de selección del autor y de edición del editor, para contar fielmente la historia de don Quijote, evitando incoherencias y prolijidades.

Llaman la atención, en II.24, las reflexiones de Cide Hamete Benengeli sobre la verosimilitud del relato de don Quijote acerca de lo ocurrido en la cueva de Montesinos:

«La intervención directa del primer autor del Quijote en la narración, invitando al lector a que intervenga en el proceso de estructuración de la novela, como si fuera el juez del comportamiento de los personajes y el que hubiese de sopesar la autenticidad de la historia narrada, revela la misma esencia estética del naciente género narrativo. Es la cumbre del movimiento de la narración cervantina hacia el autoconocimiento.», S. Piskunova, en Rico 1998 b, p. 152.

En el Persiles , donde los niveles de autoría y lectoría son mucho más simples, hay sin embargo un tardío recuerdo de este juego del Quijote en el primer párrafo del libro II:

«Parece que el autor de esta historia sabía más de enamorado que de historiador, porque casi este primer capítulo de la entrada del segundo libro le gasta todo en una definición de celos ocasionados de los que mostró tener Auristela por lo que le contó el capitán del navío; pero en esta traducción, que lo es, se quita por prolija, y por cosa en muchas partes referida y ventilada, y se viene a la verdad del caso, que fue que, cambiándose el viento y enmarañándose las nubes, cerró la noche oscura y tenebrosa», Persiles , II, c. 1, § 1.

En esta forma simplificada de la ficción de autoría cabe distinguir:

1) autor,
2) traductor (¿= editor?),
3) editor (¿= traductor?),
4) lector;
5) el tema de la verdad aparece como un criterio de edición para evitar prolijidades.

Terminemos sugiriendo con L. Spitzer la razón profunda de esta ficción de autoría:

«Cervantes destruye a sabiendas la ilusión artística: él, que mueve los títeres, nos permite ver los hilos con que los mueve, como diciéndonos: 'mira, lector, esto no es la vida; esto es sólo ficción, novela, en una palabra, arte: reconoce el poder vivificador del artista como algo distinto de la vida.».

® arriero ® cartapacios ® traducir ® traductor

Fuente: Salvador García Bardón, Taller cervantino del “Quijote”, Textos originales de 1605 y 1615 con Diccionario enciclopédico, Academia de lexicología española, Trabajos de ingeniería lingüística, Bruselas, Lovaina la Nueva y Madrid, 2005.

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