22/03/2007

Todavía quedan xenófobos

Todavía quedan xenófobos

Permalink 22.03.07 @ 17:38:06. Archivado en Sociogenética, Ética, Pro justitia et libertate

Cuando yo llegué a Bélgica, en agosto de 1961, lo que más me impresionó fue el altísimo grado de xenofobia con el que me encontré, en lugar de bienvenida, y con el que me pegué encontronazo tras encontronazo.

El primer encontronazo fue en el mismo tren que me trajo de París hasta la estación de Lovaina. El controlador de billetes no quería admitir que mi tique fuera auténtico, porque el número que figuraba en su ángulo inferior derecho resultaba ilegible. Ciertamente era yo, según él, quien lo había borrado, porque no lo había comprado, sino recogido en la papelera o en el suelo. De nada sirvió el que le dijera que era la primera vez que iba al destino donde se encontraban la papelera y el suelo que él imaginaba. Al bajarme del tren en la estación de Lovaina, el controlador me estaba esperando en el andén, para escoltarme personalmente ante el jefe de la estación, que desgraciadamente me obligó a pagar de nuevo mi trayecto desde París, sin oír ni una sola palabra de mis explicaciones en francés.

El segundo encontronazo lo tuve con el taxista que me trasladó de la estación de Lovaina a la casa del profesor que me había invitado a pasar unos días con su familia. Viendo que no conocía el país, en vez de cubrir en unos minutos la distancia de unos dos o tres kilómetros que separan la estación de mi destino, dio una gran vuelta, cuyo costo en el taxímetro equivalió a lo que me hubiera costado el alquiler de un kot (habitación de estudiante) durante un mes.

El tercer encontronazo fue con la propietaria del kot que alquilé, cuando se me terminó el periodo de invitado en casa de mi amigo profesor. Esta señora, cuyas medias encontraba yo en el lavabo del cuarto de baño cada vez que iba a lavarme por la mañana, pretendió al tercer día que tenía que pagarle un armario nuevo, porque la puerta del que ella había puesto a mi disposición se había tostado al haberla dejado yo, según ella, en contacto con la estufa. Si pude escapar al nuevo asalto a mi modesta economía de exiliado, que estaba ya cerca del cero, fue porque la señora de mi amigo profesor se personó conmigo en casa de mi propietaria y logró recuperar mi maleta, tras haber obtenido que la propietaria confesara en flamenco que había sido ella la que había abierto la puerta del armario, porque quería ver las fotos de una chica que había visto conmigo, que también le parecía extranjera y, por consiguiente poco digna de fiar, si yo la invitaba a entrar en su casa.

A pesar de que no me gusta exceder la dosis narrativa, les cuento el cuarto encontronazo, porque a los pocos días de mi cambio de residencia me puso a unos centímetros de la muerte. La culpa la tuvo el freno de la repintada Vespa que un avispado garagista había revisado a fondo, incluidos los frenos, antes de que yo comenzara a emplearla para acudir a la clase de español que había obtenido en una pedagogía lovaniense(residencia universitaria femenina). Cuando yo volvía, gozando por el éxito de mi primera clase particular, cuya alumna flamenca me había pedido que me quedara con ella dos horas seguidas, en lugar de una sola, tuve que atender a la evidencia de que mi Vespa no tenía en cuenta los frenos que yo le apretaba y se dirigía de más en más veloz al gran cruce de la puerta de Namur, lugar en el que desemboca la autovía de circunvalación, la arteria más nerviosa de Lovaina. Ciclista experimentado como yo soy, acudí al sistema clásico de arrastrar los pies, para moderar la marcha del vehículo. El resultado fue que la moto salió por un lado y yo por otro, que fue justo a unos cuantos centímetros de las ruedas anteriores de un coloso de la carretera, que me hubiera convertido en sello de correos pegado al suelo, si el santo del día no me hubiera protegido. Esto es al menos lo que me repitió una señora piadosa que se acercó a mi persona justo para decírmelo, tras lo cual me dejó, para que yo me arreglara a solas con mi santo protector, que resultó ser San Martín, el caritativo centurión romano que compartió su capa con un pordiosero.

Como era el 11 de noviembre, resultó que también era mi aniversario. Así que ese día volví a nacer. En ese preciso momento tuve la idea madre que unos días después engendraría el movimiento universitario contra la xenofobia que llevaría el nombre de la "Amistad Europea Universitaria por y para la amistad mundial". Yo había comprendido que el supremo recurso de todo ser humano no es tal o cual nación, que podía resultarnos xenófoba, sino el conjunto completo de la familia humana, que necesariamente cuenta con más humanidad que cada una de las naciones.

Desde aquel lejano agosto de 1961 Bélgica ha divagado bastante con el tema de la humanidad, llegando a extremos inconcebibles en su manía xenófoba. Todo el mundo sabe que incluso la Iglesia llegó a ensuciar sus manos jugando el juego de los nacionalistas flamencos, que exigieron la expulsión de Lovaina de la comunidad de lengua francesa, que desde 1425 compartía la Universidad católica de Lovaina con ellos. No se contentaban con tener su propia Universidad flamenca al lado de la francesa, sino que exigieron y obtuvieron su salida del territorio flamenco. Estas divagaciones llegaban a su momento más álgido en 1968, en vivo contraste con los movimientos de solidaridad social, de marcado signo internacionalista, que protagonizaban tanto las universidades francesas, sobre todo la Sorbona, como las del resto del mundo occidental, incluidas las españolas.

Privada de su revolución del 68, Bélgica ha tenido y tiene enormes dificultades para aceptar que su condición de antigua metrópoli colonizadora y su nuevo estatuto de centro de Europa la obliga a transformar en xenofilia su xenofobia, si quiere liquidar sus deudas morales del pasado y obtener un crédito solvente para el futuro.

Esperemos que el incidente racista de Sint-Niklaas sirva de vacuna para evitar mayores males xenófobos. El relato de Ana Carbajosa nos hace concebir esa esperanza. Esperemos sobre todo que los comportamientos cotidianos no la desdigan, porque a pesar de todos los pesares "Todavía quedan demasiados xenófobos".

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Casados por un negro.
700 parejas protestan contra el racismo con una boda simbólica en Bélgica.
Tres parejas habían rechazado que el concejal, de origen ruandés, celebrase su matrimonio.

por ANA CARBAJOSA
- Sint-Niklaas - 22/03/2007

El calabobos no deja de caer, pero a las 700 parejas que se han acercado hasta la plaza mayor de Sint-Niklaas parece no importarles. La ilusión puede más que la lluvia. "Estamos aquí para decirle al mundo que Bélgica acepta a todo el mundo. Queremos que nos case el concejal negro". Eddy, en silla de ruedas, viste traje de raya diplomática y corbata negra. Diana, toda de blanco, luce encajes y raso. Como las demás parejas hacían anoche cola para casarse en la gran boda simbólica que ayer ofició Wouter van Bellingen, el mismo concejal negro ante el que hace meses se negaron a casarse tres parejas flamencas. La noticia dio la vuelta al mundo y el Ayuntamiento de Sint-Niklaas, una ciudad de 70.000 habitantes al norte de Bélgica, organizó un casorio colectivo ayer, Día Internacional contra el Racismo.

La riada de parejas no cesó en toda la tarde. Moteros, hombres disfrazados de marineros, gente de todas las edades. "Han venido de Holanda, de Bélgica, de Reino Unido, han venido a apoyarnos", dice Josef de Witte, director del Centro para la Igualdad de Oportunidades, un organismo del Gobierno belga. Para De Witte, con este acto simbólico quieren demostrar "que cada uno tiene derecho a vivir su vida y a que se le respete, sea como sea". El organismo que dirige recibe cada año en torno a mil denuncias por racismo, aun así, De Witte piensa que vendrán tiempos mejores. "Es verdad que ahora hay partidos que se atreven a mantener abiertamente un discurso racista y antes eso no pasaba, pero es parte del proceso, no hay que tener miedo a la discusión. Esto muestra que ha empezado la transición hacia una sociedad menos racista". De Witte alude entre otros al todopoderoso Vlaams Belang, el partido de extrema derecha flamenca que en las municipales del pasado octubre cautivó a un cuarto del electorado.

A Eddy y a Diana, que han recorrido 80 kilómetros para acudir al casamiento, también les preocupa el Belang y les inquieta que extiendan el miedo entre la población. "Cuando pasa algo y hay un extranjero implicado, en seguida hacen mucho ruido. Cada fin de semana hay peleas serias entre belgas en las discotecas y entonces no dicen nada". Eddy deja de hablar porque le toca el turno para inscribirse en la lista de parejas, instalada en una jaima de inspiración marroquí.

"La actitud de unas personas estúpidas y racistas se ha convertido en un mensaje de tolerancia y solidaridad", dijo ayer el alcalde de Sint-Niklaas, el socialista Freddy Willockx, a la prensa. Luego le tocó el turno a Bellingen, el gran protagonista de la noche que se sentía abrumado por el respaldo masivo a su iniciativa. "Esto es increíble. El mundo cree que Flandes es intolerante, pero le estamos demostrando al mundo que Flandes no es racista. Esperemos que esto sirva para cambiar la mentalidad de la gente", dice el concejal, de origen ruandés y adoptado por una familia ultranacionalista flamenca al poco de nacer, hace 34 años. Mientras, el jolgorio continúa en la plaza mayor de Sint-Niklaas. A él se han unido también tres parejas de Guadatelba (Málaga), que estaban de viaje de trabajo cuando se enteraron de la iniciativa y les faltó tiempo para apuntarse. "Hay que apoyar esta causa", dice María Crucero, concejala de Juventud, que ayer se casó de forma simbólica con una compañera suya. "Que se note que en nuestro país se pueden casar los homosexuales", añadió.

A las ocho y media de la noche comenzó la ceremonia, después de horas de bailes y conciertos. Bellingen salió al escenario precedido de un aplauso descomunal. Vestido de blanco, dio las gracias a los asistentes y en seguida procedió a casar a las cerca de 700 parejas que se habían registrado. "Pueden besarse", dijo antes de apretarle un beso de tornillo a su mujer, también sobre el escenario. Un multitudinario beso colectivo, abrazo incluido, selló la ceremonia en la plaza mayor de Sint-Niklaas.

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