25/01/2007

“L’abbé Pierre”, voz de los sin voz

 

“L’abbé Pierre”, voz de los sin voz

Permalink 25.01.07 @ 18:15:00. Archivado en Sociogenética, Ética, Religiones, Pro justitia et libertate

Francia se ha identificado durante más de medio siglo a este simple sacerdote, viendo en él al profeta, al camarada de todos los condenados de la tierra y sostén de las víctimas de la miseria, al que fue resistente en tiempos de guerra, diputado a la hora de la necesaria reconstrucción de la dignidad francesa, que siguió a la segunda guerra mundial, y al defensor hasta su muerte de las personas sin domicilio fijo y de las mal alojadas, víctimas de la especulación inmobiliaria, que olvida el derecho de todo ser humano a una vivienda digna.

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El abad Pedro a la altura del mito,
por Henri Tincq
Tradución y adaptación de Salvador García Bardón

El abate Pedro era una excepción francesa y Francia, durante más de medio siglo, ha estado fascinada por esta excepción. Un país fácilmente dividido, descristianizado, replegado sobre sus privilegios, se ha identificado, hasta el estrépito mediático que sigue a su muerte, a este simple sacerdote, a este profeta, a este camarada de todos los condenados de la tierra y sostén de la miseria, que fue resistente en tiempos de guerra y diputado a la hora de la paz. Sin fanfarronada, sin los medios de la telerealidad y del Téléthon (1), el abad Pedro se impuso como una gran voz moral, la de los últimos barrios de chabolas de la región parisina y la del rincón más escondido de África. Voz de todas las personas sin hogar, de las personas sin papeles, de todos los sin-voz. Voz de la Francia frágil y precaria.

Francia necesita figuras consensuales, para darse la ilusión de que sigue estando unida y de que puede avanzar en compañía de tales mitos. El abad Pedro fue una de estas raras figuras que reúnen, que no se discuten nada o poco, que imponen el silencio respetuoso en torno a ellas, como lo ha atestado, a pesar del desgaste del tiempo, la regularidad de sus cuotas de popularidad y como siguen probándolo aún la multitud de los testimonios de todos los horizontes que siguen a su muerte y el homenaje nacional que se prepara.

Providencia de los mal-alojados y de los viñetistas de la prensa (“un óvalo a manera de boina, dos redondeles para las gafas y dos puntos en medio de los ojos, bastan para evocar al abad Pedro”, decía el dibujante Cabu), apóstol con las mejillas pálidas, devoradas por la barba, sotana manchada, grandes zapatos maculados por el lodo de los barrios de chabolas, el abad Pedro estaba sobre todos los frentes de la miseria. Odiando el sentimentalismo beatífico, daba la palabra a sus compañeros de viaje, entre los más modestos y los más famosos como un Bernard Kouchner, para quien el abad Pedro fue uno de los principales agitadores de nuestro tiempo. Y viajaba con ellos hasta Israel, Gaza, África, Bosnia, sobre todos los teatros del mundo en conflicto.

Pero cómo explicar la permanencia de tal mito basado en la rebelión y el no conformismo, más allá de todos los criterios conocidos del éxito mundano: juventud, dinero, fortuna, belleza, salud.

En primer lugar la explicación sociológica: “En un presente caracterizado por lo transitorio, los métodos, la velocidad, el cambio, el abad Pedro hace surgir otra temporalidad, una constancia, una eternidad”, escribían a Denis Bertrand, profesor de París-VIII, en un fuera de serie de la revista la Vida de 2004, consagrado a los cincuenta años de combate del fundador de Emaús.

Luego la explicación política: de 1954 a 2007, el abad Pedro habría personificado en Francia una especie de mala conciencia colectiva, vinculada a la persistencia de situaciones de extrema precariedad e injusticia y a la impotencia de la clase política. ¿Quién habría podido prever, en 1954, que su llamada “mis amigos, ¡socorro!” guardaría, tantos años después, en un país tan desarrollado, una tan radical actualidad y urgencia? Su grito ha congregado a generaciones de militantes, sin distinción de pensamiento y confesión, cristianos y laicos, bajo las etiquetas más distintas. Generaciones de estos hombres y mujeres que siempre han preferido los actos a los grandes discursos, la solidaridad concreta a la retórica política, tendiendo la mano al desheredado “sin temer el cansancio”, según la palabra del mismo que acaba de morir.

Por fin la explicación por la permanencia de un cristianismo solidario, que sigue siendo activo, aunque Francia se diga cada vez menos religiosa. A quién no vio al abad Pedro en su célula del monasterio normando de Saint-Wandrille, orando al pie del tablero de madera que le servía de cama, o en el altar celebrando la misa, le cuesta trabajo comprender lo que estaba en el centro de su acción: su fe. Este sacerdote, más místico y más espiritual que teólogo, nunca fue infiel. Lo cual no le impedía el mantenerse libre en su vida y en sus compromisos, permaneciendo libre en su Iglesia con una fidelidad ajena al dogmatismo, cuya rigidez no aceptaba.

No fue un socio acomodaticio ni para su jerarquía ni para el mundo político. Él prefería una Iglesia que quería más movilizada contra la injusticia, “dispuesta a mojarse de arriba abajo, desde los prelados más altos, hasta el más humilde niño pequeño que tiene la fe”. Soñaba con un catolicismo puro de todo compromiso con el dinero y los honores. Con respecto a los viajes de Jean Paul II, decía: “No puedo soportar que la Iglesia haga teatro, que soporte, cuando el papa debe desplazarse, que se hagan para él mayores gastos que los que se hacen para los hombres más poderosos del universo.”

Cuando lo estimaba justo defendía lo contrario de lo que defendía su jerarquía, predicaba en favor del matrimonio de los sacerdotes y de la ordenación de las mujeres: “ ¿Dónde se lee en el Evangelio que el sacramento del orden debería reservarse al hombre?” Ya anciano, se declaró favorable a la homo-paternidad y no temió confesar, en un último libro de confesiones, en 2005, que había violado su promesa de celibato y cometido el pecado de la carne. Con respecto al SIDA, a partir de 1989 demostraba una infinita sensatez, afirmando que el mejor preservativo era la fidelidad, pero añadiendo: “Si pecáis, al menos no cometáis la cobardía de no tomar entonces el preservativo.” Posición recogida, siguiéndole, por numerosos obispos en el mundo.

Sus relaciones con el episcopado francés no han sido siempre serenas. Como fuera el caso con Mgr Gaillot, obispo de Evreux, depuesto en 1995, su omnipresencia en los medios de comunicación hacía resaltar la incapacidad de comunicar de su Iglesia. Del mismo modo, su habilidad política lo había puesto en el centro de redes que escapaban al control de la jerarquía y despertaban su desconfianza y sus celos.

Nunca consultaba ni a obispos, ni a historiadores, ni a teólogos; aprovechaba los espacios de libertad, ignorando las imposiciones de la institución. Una única vez, fue desautorizado (él dirá “censurado”) por el episcopado, en 1996, cuando se precipitó a socorrer a Roger Garaudy, antiguo dirigente comunista convertido al islam, autor de una obra de carácter antisemita (“los mitos fundadores de la Shoah”) que se había convertido en objeto de polémica. Reanudando los tópicos más gastados, el abad Pedro acusó al “grupo de presión sionista internacional”. Fue amonestado por el cardenal Lustiger, con quien sus relaciones fueron siempre de confianza, excepto en este episodio.

Su pérdida de popularidad fue de corta duración. El abate Pedro siempre ha simbolizado una determinada imagen de la Iglesia en los medios no creyentes, alejados de ella, que buscaban en figuras carismáticas y mediáticas razones de vivir, de identificarse, o incluso modelos de santidad, tanto cristiana como laica. Del hombre de acción, tenía todas las calidades, pero seguramente también el defecto de creerse investido de una competencia universal, por lo tanto, de cerrarse al estudio y al consejo.

Henri Tincq
24.01.07.

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(1) El Téléthon, contracción de las palabras television y marathon, es un término que designa un programa televisivo de varias horas. El objetivo es recoger fondos para una obra caritativa. Jerry Lewis lanzó el concepto en los Estados Unidos por primera vez en 1966.

Habitualmente numerosos artistas (cantantes, músicos, actores) apoyan la causa del Téléthon y piden al público que haga subvenciones. Las promesas de subvenciones se recogen mediante una centralita telefónica confiada a voluntarios y un contador situado en el plató indica instantáneamente el importe de dinero recogido.

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