10/10/2005

Ética de las fronteras europeas

Ética de las fronteras europeas

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No podemos proteger nuestras fronteras europeas cometiendo crímenes contra la humanidad. Tampoco podemos cerrar los ojos cuando vemos que un país “amigo” comete estos crímenes para “hacernos un favor”. Quien admite este tipo de favor comparte enteramente la responsabilidad moral por el crimen cometido.

 

Los europeos no podemos seguir admitiendo que los subsaharianos sean tratados como animales irracionales o como criminales, porque han intentado recordarnos su necesidad imperiosa de un refugio para sobrevivir dignamente. Debemos saber que el derecho más fundamental, el derecho de sobrevivir, está de su parte; el cual implica no sólo el derecho a comer y beber, sino también el derecho a la dignidad en una tierra de asilo.

 

Europa es grande, no la hagamos nosotros pequeña, porque nuestra vejez nos hace incapaces de comprender que debemos compartir nuestra tierra con quienes han de sucedernos. Estos serán, si nosotros no nos oponemos al curso normal de los hechos, nuestros propios hijos y los hijos que nos ofrece la inmigración.  Tengamos la inteligencia de comprender que si negamos a los inmigrantes el derecho de entrar en nuestra familia europea, Europa desaparecerá, desvastada por su propio egoísmo: primero por su falta de hijos propios salidos de sus entrañas, y luego por su necedad con sus “hijos voluntarios”, tratados sin entrañas.

 

El testimonio que sigue demuestra que algo muy grave está sucediendo en Europa:

 

Marruecos envía a un millar de subsaharianos esposados al suroeste del país sin precisar destino

MANUEL ALTOZANO (ENVIADO ESPECIAL de EL PAÍS)  -  desde Errachidia (Marruecos), 10-10-2005

Esposados, sin agua ni comida, viajan hacia el sur con destino desconocido.

Unos 1.400 africanos, unos procedentes de Ceuta y Melilla y otros recogidos el sábado del desierto, tras ser abandonados a su suerte, fueron concentrados ayer en Bouarfa. Desde esta ciudad desértica del sureste de Marruecos partieron al menos 36 autobuses con clandestinos. Los de Malí y Senegal salieron hacia el norte, a Oujda, para luego regresar a sus países en avión.

El resto, un millar, tomaron el camino de Errachidia hacia Agadir (costa atlántica), sin que el Gobierno marroquí informase de qué va a hacer con ellos. El chófer de un autobús aseguró que le ordenaron viajar al Sáhara occidental para abandonarlos en la frontera con Mauritania, también en el desierto. La afirmación del conductor del autobús sobre el destino de los inmigrantes que, de ser cierto su destino, tendrán que recorrer más de 1.000 kilómetros esposados y bajo el calor, puso en alerta a Médicos sin Fronteras. Esta organización expresó su temor de que los extranjeros -salvo los de Malí y Senegal, que desde el sábado cuentan con protección diplomática- sean llevados a la zona del Sáhara Occidental tras el muro de defensa marroquí, en el desierto bajo control del Frente Polisario, una zona minada y donde no tienen acceso ni las ONG ni los medios de comunicación. El portavoz del Ejecutivo de Marruecos, Nadil ben Abdalá, calificó esa posibilidad de "rumores sin fundamento", informa Ignacio Cembrero.

El caso es que Bouarfa se convirtió en el nudo de comunicaciones donde los inmigrantes, tras ser concentrados allí por la Gendarmería Real, fueron dispersados. Al menos 24 autobuses partieron hacia Errachidia durante la madrugada de ayer sin que se conociera su destino. Algunas de las personas que viajaban en ellos aseguraron que a media tarde se encontraban en las cercanías de Ouarzazate, unos 600 kilómetros al oeste de Bouarfa.

Mahmadu Bahr, voluntario de la Asociación Amigos y Familias de las Víctimas de la Inmigración Clandestina (AFVIC), que siguió a tres autobuses procedentes de esa ciudad, aseguró que se dirigían hacia la localidad de Guelmine, a las puertas del Sáhara Occidental, según le explicaron las autoridades que los acompañaban. A los autobuses con origen en Bouarfa se sumaron otros cuatro procedentes de Nador, junto a Melilla, que pasaron por esa ciudad para continuar en dirección a Errachidia y Ouarzazate, cargados con 160 personas procedentes de Gambia, Ghana, Guinea-Conakry y Costa de Marfil, entre otros países. Todos viajaban esposados por parejas después de ser detenidos en los alrededores de la ciudad autónoma.

La comitiva se encontró con los periodistas y miembros de AFVIC en una estación de servicio situada a unos tres kilómetros del centro de Bouarfa, donde se produjo una escena dramática. Los africanos aprovecharon la parada para pedir ayuda a gritos a los observadores desde los vehículos, sacando con sus manos esposadas botellas de agua vacías y suplicando que se las llenaran. Uno de ellos incluso logró salir por una ventanilla, pero su compañero de esposamiento se quedó dentro y su imposible huida acabó de vuelta al autobús.

Los voluntarios de la organización trataron de obstaculizar su salida, pero los gendarmes se lo impidieron. En medio del pánico, algunos intentaron romper las ventanillas de los autobuses. Otros repetían sus historias atroces asomando sus cabezas por las ventanillas. "Todos deben saber que esta gente nos está matando", gritó desesperado Emmanuel Pastor, de Guinea-Bissau, detenido en los alrededores de Melilla el pasado jueves, después de participar en el intento fallido de saltar la verja que acabó con la muerte de seis subsaharianos del lado marroquí. "Yo he visto con mis propios ojos morir a cinco de nosotros", añadió. "Nos han quitado los teléfonos móviles y el dinero y llevamos tres días sin comida ni agua y vestidos con la misma ropa", continuó. "Creemos que nos quieren llevar al desierto para dejarnos morir. Nosotros no robamos, no matamos, ¿por qué nos tratan como a animales?".

Los autobuses emprendieron de nuevo el camino al suroeste media hora después, pero a la salida de Bouarfa en dirección a Errachidia tuvieron que volver a parar. Los chóferes decidieron dejar de conducir, apelando al peligro que entrañaba seguir después de 36 horas seguidas al volante. Los gendarmes que acompañaban a los inmigrantes también se negaron a continuar y pidieron refuerzos a sus superiores, mientras permitían salir a los inmigrantes a la cuneta para que hicieran sus necesidades, frente a todo el mundo y esposados de dos en dos.

Desde Bouarfa también salieron hacia las 13.00 los más afortunados de toda esta historia. Ocho autobuses, también fuertemente escoltados, recogieron a un gran grupo de malienses y senegaleses para llevarlos hacia Oujda, para que tomaran un avión que los devolverá a sus países. Los recogieron de unas granjas a las afueras de la ciudad, pero a diferencia de sus compañeros de otros países, estos no viajaron esposados. El primer consejero de la Embajada de Guinea Conakry en Rabat, Abu Bakar Silar, recorrió por la mañana una clínica veterinaria de Bouarfa, en varios de cuyos cobertizos fueron atendidos algunos de sus conciudadanos.

El suelo estaba lleno de ropa, dátiles, hogazas de pan y garrafas de agua entre las que revoloteaban las moscas. "Esto sólo puede ser reflejo del trato inhumano que han recibido nuestros compatriotas", dijo indignado el diplomático, a quien el gobernador de Bouarfa se negó a dar noticias, argumentando que se trataba de un asunto nacional y que debía dirigirse al Gobierno de Rabat.

Demandantes de asilo

La mayoría de los antedichos ciudadanos de Malí y Senegal fueron recogidos el sábado en Ain Chuater. Pero esta localidad, entre Bouarfa y Errachidia, no fue el único lugar poblado al que lograron llegar los subsaharianos abandonados en el pedregal. Vecinos de otras poblaciones como Ain Chair (a unos 100 kilómetros de ese poblado) afirmaron que durante los últimos días llegaron hasta allí otros 800 que se encontraban también en situación extrema. A todos se les condujo en autobuses escoltados por la gendarmería y la policía en la tarde del sábado hasta Bouarfa, donde se les alojó en granjas y edificios fuertemente vigilados.

Entre los deportados por Marruecos al desierto se encuentran también algunos demandantes de asilo detenidos en Rabat o Casablanca. John Abasi, de Gambia, estaba entre los reagrupados ayer en Bouarfa después de llegar, por casualidad, a Ain Chuater. Mientras los soldados lo trasladaban de un camión de ganado a otro militar, aprovechó para enseñar su carta de refugiado número 1188-05.

"La policía se presentó en mi casa de Rabat la pasada semana y me detuvo junto a mi mujer y mi hija", explicó. "Ahora no sé donde están porque cuando nos dejaron en el desierto se perdieron", aseguró el gambiano, que aprovechaba la luz del camión para mostrar su documento plastificado en el que se dice expresamente que nadie puede arrestarle sin permiso previo del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados. (ACNUR).





12:13 Écrit par SaGa Bardon | Lien permanent | Commentaires (0) |  Facebook |

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