09/10/2005

Melilla, Ceuta, Europa

 Melilla, Ceuta, Europa

Reemplacemos la Melivalla euroafricana por el diálogo con los inmigrantes y la adopción generosa de estos “hijos voluntarios” de Europa.

 

Yo fui un día emigrante, porque preferí exiliarme a vivir en un sistema que no podía ni admitir, ni compartir, ni soportar. Acababa de comprender en mi puesto de jovencísimo profesor de Ética de un Seminario Mayor que ni mi pensamiento ni mi voluntad podían digerir lo que otros más adaptables que yo digerían e incluso encomiaban.

Con mis frágiles veinticinco años no cumplidos, una falta total de experiencia de la picaresca de la vida civil, una maleta de cartón con una muda de verano dentro, tres mil pesetas en el bolsillo, algunos libros que había logrado obtener y un pasaporte donde aparecía mi foto con sotana, que ya no vestía, porque ni era sacerdote ni quería parecerlo, atravesé las fronteras de Francia y de Bélgica.

Dios tuvo que tener piedad de mí, porque a pesar de mi inexperiencia y de la falta total de espontaneidad hospitalaria rayana en la xenofobia del país que me recibía, logré salir adelante trabajando duro desde el primer día, no sólo para poder divertirme, sino para poder alimentarme y alojarme, y así sobrevivir. Creo firmemente que si no perecí en el intento fue porque, a pesar de la falta de interés por mi persona que encontré en la mayoría de la gente del país de mi inmigración, disfruté de la acogida de una cuantas personas dialogantes.

Mi reacción ante el enorme drama que está sucediendo tanto en las vallas fronterizas de Melilla y Ceuta como en las playas de Andalucía no es solamente de una enorme compasión, sino de una profunda tristeza y de una violenta irritación, por no ver en la actitud de los mandatarios que nos gobiernan la voluntad de diálogo que yo encontré como emigrante. En su lugar, como si los emigrantes africanos fueran fieras salvajes de las que hay que protegerse, estos pobres mandatarios sin entrañas, en lugar de dialogar como se lo imponen los derechos humanos, añaden vallas a los espacios vallados existentes, para que los emigrantes lleguen a comprender, encerrados en sus jaulas, que su ciega esperanza y su confianza en nosotros, sus semejantes, es una loca ilusión.

Mi desilusión es tan intensa como la de estos miles de africanos que están aprendiendo día a día que su capacidad de diálogo no cuenta, ya que se les trata igual o peor que a animales irracionales. Digo igual, porque se les separa de nosotros mediante vallas, tanto que parece que se quiere transformar el dulce oasis de Melilla, cuyo prefijo “meli-”  hace pensar en la miel, en una agria Melivalla. Y digo peor, porque nadie de sensato, excepto ciertos cazadores bestias, comete la burrada de ponerles vallas o pegarles tiros a los miles de aves inmigrantes y emigrantes que atraviesan dos veces cada año nuestras fronteras.

Yo sé que no es nuestro pueblo el responsable de la actitud inhumana que estoy deplorando. Lo sé porque lo he visto y lo llevo grabado en mi memoria como un símbolo emblemático: la humanidad de nuestro pueblo es tan fuerte, que una cualquiera de nuestras jóvenes madres, una madre anónima, viendo a un bebé que se moría de hambre, colgado del seno seco materno, se sacó del escote su propio pecho materno y alimentó con su leche al pequeño africano que su madre no lograba amamantar. Yo sé que lo hizo no solamente por impulso de sus propias entrañas maternales, sino en nombre de su marido y de todos nosotros que, cuando nos portamos como seres humanos, nos sentimos entrañablemente unidos a los niños, a sus padres y a todos nuestros semejantes por nuestra común humanidad.

Este es el tipo de Ética que yo enseñé durante la época inhumana que me tocó vivir como joven profesor, que sigo enseñando como profesor emérito y que no dejaré de enseñar hasta que me muera: la  Ética que impulsó a una joven madre española a darle el pecho a un bebé africano que se moría de sed y de hambre, al naufragar sobre una playa andaluza, española y europea.

¿Qué se me ocurre según esta Ética maternal, visceral, entrañable, natural que deben hacer nuestras autoridades con los emigrantes, que tanto abusan del término de mi disciplina sin saber lo que se traen entre manos?

En vez de añadir vallas y enviar soldados, confíen en los sentimientos maternales de nuestros religiosos de todas las creencias y de los movimientos humanitarios de todos los colores que están deseando entablar con los emigrantes el diálogo que necesitan y al que tienen por su condición humana derecho.

Sugiero que se confíe al santo Obispo dimisionario de Málaga, el padre Ramón Buxarrais Ventura, que como todo el mundo sabe se ocupa en Melilla de este tipo de problemas asistenciales desde que renunció a su obispado, la animación del movimiento ciudadano que ha de resolver humanamente este problema. Los funcionarios euro-españoles de la inmigración han de articularse dentro de este movimiento ciudadano como lo que deben ser: servidores del bien común en un momento en que la inmigración es una necesidad vital de Europa y de España.

No permitamos que ni uno más de estos semejantes nuestros africanos tengan que afrontar la muerte para hacernos comprender que desean recomenzar su vida en Europa. Ellos saben como lo sabemos nosotros que en su propio país ya no hay manera de vivir una vida normal y que en Europa los necesitamos, por falta de hijos.

Tengamos la generosidad de acoger a estos hijos voluntarios de Europa con la misma generosidad con que acogemos a nuestros propios hijos biológicos, sabiendo que unos y otros han de ser hermanos.


13:58 Écrit par SaGa Bardon | Lien permanent | Commentaires (0) |  Facebook |

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