06/03/2018

Quince alusiones a la Universidad de Salamanca en once pasajes de  El Quijote

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—Si el criado es tan discreto, ¡cuál debe de ser el amo! Yo apostaré que si van a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser alcaldes de corte; que todo es burla, sino estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura, y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza.
 
Aquella noche la pasaron amo y mozo en mitad del campo, al cielo raso y descubierto...
 
El Q.II.66.24-25.
 
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1. El Q.I.12.10-19
 
CAPÍTULO XII. De lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote
 
9. Y don Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era aquel y que pastora aquélla; a lo cual Pedro respondió que lo que sabía era que el muerto era un hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, el cual había sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de los cuales había vuelto a su lugar, con opinión de muy sabio y muy leído.
10. —Principalmente, decían que sabía la ciencia de las estrellas y de lo que pasan, allá en el cielo, el sol y la luna, porque puntualmente nos decía el cris del sol y de la luna.
11. —Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares mayores —dijo don Quijote.
12. Mas Pedro, no reparando en niñerías, prosiguió su cuento, diciendo:
13. —Asimesmo adevinaba cuándo había de ser el año abundante o éstil.
14. —Estéril  queréis decir, amigo —dijo don Quijote.
15. —Estéril o éstil—respondió Pedro—, todo se sale allá. Y digo que con esto que decía se hicieron su padre y sus amigos, que le daban crédito, muy ricos, porque hacían lo que él les aconsejaba, diciéndoles: «Sembrad este año cebada, no trigo; en éste podéis sembrar garbanzos y no cebada; el que viene será de guilla de aceite; los tres siguientes no se cogerá gota.»
16. —Esa ciencia se llama astrología—dijo don Quijote.
17. —No sé yo cómo se llama—replicó Pedro—; mas sé que todo esto sabía; y aún más. Finalmente, no pasaron muchos meses, después que vino de Salamanca, cuando un día remaneció vestido de pastor, con su cayado y pellico, habiéndose quitado los hábitos largos que como escolar traía; y juntamente se vistió con él de pastor otro su grande amigo, llamado Ambrosio, que había sido su compañero en los estudios. Olvidábaseme de decir como Grisóstomo, el difunto, fue grande hombre de componer coplas; tanto, que él hacía los villancicos para la noche del Nacimiento del Señor, y los autos para el día de Dios, que los representaban los mozos de nuestro pueblo, y todos decían que eran por el cabo. Cuando los del lugar vieron tan de improviso vestidos de pastores a los dos escolares, quedaron admirados, y no podían adivinar la causa que les había movido a hacer aquella tan estraña mudanza. Ya en este tiempo era muerto el padre de nuestro Grisóstomo, y él quedó heredado en mucha cantidad de hacienda, ansí en muebles como en raíces, y en no pequeña cantidad de ganado, mayor y menor, y en gran cantidad de dineros; de todo lo cual quedó el mozo señor desoluto, y en verdad que todo lo merecía, que era muy buen compañero y caritativo y amigo de los buenos, y tenía una cara como una bendición. Después se vino a entender que el haberse mudado de traje no había sido por otra cosa que por andarse por estos despoblados en pos de aquella pastora Marcela que nuestro zagal nombró denantes, de la cual se había enamorado el pobre difunto de Grisóstomo. Y quiéroos decir agora, porque es bien que lo sepáis, quién es esta rapaza; quizá, y aun sin quizá, no habréis oído semejante cosa en todos los días de vuestra vida, aunque viváis más años que sarna
18. —Decid Sarra —replicó don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los vocablos del cabrero.
19. —Harto vive la sarna —respondió Pedro—, y si es señor, que me habéis de andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un año.
20. —Perdonad, amigo—dijo don Quijote—; que por haber tanta diferencia de sarna a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien, porque vive más sarna que Sarra, y proseguid vuestra historia, que no os replicaré más en nada. 
 
2. El Q.I.39.01-03
 
 CAPÍTULO XXXIX. Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos.
 
1. En un lugar de las montañas de León tuvo principio mi linaje, con quien fue más agradecida y liberal la naturaleza que la fortuna, aunque en la estrecheza de aquellos pueblos todavía alcanzaba mi padre fama de rico, y verdaderamente lo fuera si así se diera maña a conservar su hacienda como se la daba en gastalla. Y la condición que tenía de ser liberal y gastador le procedió de haber sido soldado los años de su joventud; que es escuela la soldadesca donde el mezquino se hace franco, y el franco, pródigo; y si algunos soldados se hallan miserables, son como monstruos, que se ven raras veces. Pasaba mi padre los términos de la liberalidad y rayaba en los de ser pródigo, cosa que no le es de ningún provecho al hombre casado y que tiene hijos que le han de suceder en el nombre y en el ser. Los que mi padre tenía eran tres, todos varones y todos de edad de poder elegir estado. Viendo, pues, mi padre que, según él decía, no podía irse a la mano contra su condición, quiso privarse del instrumento y causa que le hacía gastador y dadivoso, que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismo Alejandro pareciera estrecho.
2. Y así, llamándonos un día a todos tres a solas en un aposento, nos dijo unas razones semejantes a las que ahora diré: —"Hijos, para deciros que os quiero bien basta saber y decir que sois mis hijos; y para entender que os quiero mal basta saber que no me voy a la mano en lo que toca a conservar vuestra hacienda. Pues para que entendáis desde aquí adelante que os quiero como padre, y que no os quiero destruir como padrastro, quiero hacer una cosa con vosotros que ha muchos días que la tengo pensada y con madura consideración dispuesta. Vosotros estáis ya en edad de tomar estado, o, a lo menos, de elegir ejercicio, tal, que cuando mayores, os honre y aproveche. Y lo que he pensado es hacer de mi hacienda cuatro partes: las tres os daré a vosotros, a cada uno lo que le tocare, sin exceder en cosa alguna, y con la otra me quedaré yo para vivir y sustentarme los días que el cielo fuere servido de darme de vida. Pero querría que después que cada uno tuviese en su poder la parte que le toca de su hacienda, siguiese uno de los caminos que le diré. Hay un refrán en nuestra España, a mi parecer muy verdadero, como todos lo son, por ser sentencias breves sacadas de la luenga y discreta experiencia; y el que yo digo dice: Iglesia, o mar, o casa real, como si más claramente dijera: «Quien quisiere valer y ser rico, siga, o la Iglesia, o navegue, ejercitando el arte de la mercancía, o entre a servir a los reyes en sus casas»; porque dicen: «Más vale migaja de rey que merced de señor.» Digo esto porque querría, y es mi voluntad, que uno de vosotros siguiese las letras, el otro la mercancía, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es dificultoso entrar a servirle en su casa; que ya que la guerra no dé muchas riquezas, suele dar mucho valor y mucha fama. Dentro de ocho días os daré toda vuestra parte en dineros, sin defraudaros en un ardite, como lo veréis por la obra. Decidme ahora si queréis seguir mi parecer y consejo en lo que os he propuesto." Y mandándome a mí, por ser el mayor, que respondiese, después de haberle dicho que no se deshiciese de la hacienda, sino que gastase todo lo que fuese su voluntad, que nosotros éramos mozos para saber ganarla, vine a concluir en que cumpliría su gusto, y que el mío era seguir el ejercicio de las armas, sirviendo en él a Dios y a mi rey. El segundo hermano hizo los mesmos ofrecimientos, y escogió el irse a las Indias, llevando empleada la hacienda que le cupiese. El menor, y, a lo que yo creo, el más discreto, dijo que quería seguir la Iglesia, o irse a acabar sus comenzados estudios a Salamanca.
3. Así como acabamos de concordarnos y escoger nuestros ejercicios, mi padre nos abrazó a todos, y con la brevedad que dijo puso por obra cuanto nos había prometido; y dando a cada uno su parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada tres mil ducados en dineros (porque un nuestro tío compró toda la hacienda y la pagó de contado, porque no saliese del tronco de la casa), en un mesmo día nos despedimos todos tres de nuestro buen padre, y en aquel mesmo, pareciéndome a mi ser inhumanidad que mi padre quedase viejo y con tan poca hacienda, hice con él que de mis tres mil tomase los dos mil ducados, porque a mí me bastaba el resto para acomodarme de lo que había menester un soldado. Mis dos hermanos, movidos de mi ejemplo, cada uno le dio mil ducados; de modo que a mi padre le quedaron cuatro mil en dineros, y más tres mil, que, a lo que parece, valía la hacienda que le cupo, que no quiso vender, sino quedarse con ella en raíces. Digo, en fin, que nos despedimos dél y de aquel nuestro tío que he dicho, no sin mucho sentimiento y lágrimas de todos, encargándonos que les hiciésemos saber, todas las veces que hubiese comodidad para ello, de nuestros sucesos, prósperos o adversos. Prometímosselo, y abrazándonos y echándonos su bendición, el uno tomó el viaje de Salamanca, el otro de Sevilla, y yo el de Alicante, adonde tuve nuevas que había una nave ginovesa que cargaba allí lana para Génova.
 
3. El Q.II.01.18-27
 
  CAPÍTULO PRIMERO. De lo que el cura y el barbero pasaron  con don Quijote cerca de su enfermedad.
 
18. —¡Cuerpo de tal!—dijo a esta sazón don Quijote—. ¿Hay más sino mandar su Majestad por público pregón que se junten en la corte para un día señalado todos los caballeros andantes que vagan por España, que aunque no viniesen sino media docena, tal podría venir entre ellos, que solo bastase a destruir toda la potestad del Turco? Esténme vuestras mercedes atentos, y vayan conmigo. ¿Por ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero andante un ejército de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran una sola garganta, o fueran hechos de alfeñique? Si no, díganme: ¿cuántas historias están llenas destas maravillas? ¡Había, en hora mala para mí, que no quiero decir para otro, de vivir hoy el famoso don Belianís, o alguno de los del inumerable linaje de Amadís de Gaula; que si alguno déstos hoy viviera y con el Turco se afrontara, a fee que no le arrendara la ganancia! Pero Dios mirará por su pueblo, y deparará alguno que, si no tan bravo como los pasados andantes caballeros, a lo menos no les será inferior en el ánimo; y Dios me entiende, y no digo más.
19. —¡Ay!—dijo a este punto la sobrina—. ¡Que me maten si no quiere mi señor volver a ser caballero andante!
20. A lo que dijo don Quijote:
21. —Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando él quisiere y cuan poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.
22. A esta sazón dijo el barbero:
23. —Suplico a vuestras mercedes que se me dé licencia para contar un cuento breve que sucedió en Sevilla; que, por venir aquí como de molde, me da gana de contarle.
24. Dio la licencia don Quijote, y el cura y los demás le prestaron atención, y él comenzó desta manera:
25. —En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes habían puesto allí por falto de juicio. Era graduado en cánones por Osuna; pero aunque lo fuera por Salamanca, según opinión de muchos, no dejara de ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos años de recogimiento, se dio a entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta imaginación escribió al arzobispo suplicándole encarecidamente y con muy concertadas razones le mandase sacar de aquella miseria en que vivía, pues por la misericordia de Dios había ya cobrado el juicio perdido; pero que sus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le tenían allí, y a pesar de la verdad, querían que fuese loco hasta la muerte. El arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mandó a un capellán suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo que aquél licenciado le escribía, y que asimesmo hablase con el loco, y que si le pareciese que tenía juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo así el capellán, y el retor le dijo que aquel hombre aún se estaba loco; que puesto que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al cabo disparaba con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a sus primeras discreciones, como se podía hacer la esperiencia hablándole. Quiso hacerla el capellán, y, poniéndole con el loco, habló con él una hora, y más, y en todo aquel tiempo jamás el loco dijo razón torcida ni disparatada, antes habló tan atentadamente, que el capellán fue forzado a creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijo fue que el retor le tenía ojeriza, por no perder los regalos que sus parientes le hacían porque dijese que aún estaba loco, y con lúcidos intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia tenía era su mucha hacienda, pues por gozar della sus enemigos, ponían dolo y dudaban de la merced que Nuestro Señor le había hecho en volverle de bestia en hombre. Finalmente, él habló de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos y desalmados a sus parientes, y a él tan discreto, que el capellán se determinó a llevársele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la mano la verdad de aquel negocio. Con esta buena fee, el buen capellán pidió al retor mandase dar los vestidos con que allí había entrado el licenciado; volvió a decir el retor que mirase lo que hacía, porque, sin duda alguna, el licenciado aún se estaba loco. No sirvieron de nada para con el capellán las prevenciones y advertimientos del retor para que dejase de llevarle; obedeció el retor viendo ser orden del arzobispo, pusieron al licenciado sus vestidos, que eran nuevos y decentes, y como él se vio vestido de cuerdo y desnudo de loco, suplicó al capellán que por caridad le diese licencia para ir a despedirse de sus compañeros los locos. El capellán dijo que él le quería acompañar y ver los locos que en la casa había. Subieron, en efeto, y con ellos algunos que se hallaron presentes; y llegado el licenciado a una jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, le dijo: —"Hermano mío, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que ya Dios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yo merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca del poder de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianza en Él, que pues a mí me ha vuelto a mi primero estado, también le volverá a él, si en Él confía. Yo tendré cuidado de enviarle algunos regalos que coma, y cómalos en todo caso; que le hago saber que imagino, como quien ha pasado por ello, que todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos vacíos y los celebros llenos de aire. Esfuércese, esfuércese; que el descaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte." Todas estas razones del licenciado escuchó otro loco que estaba en otra jaula, frontero de la del furioso, y levantándose de una estera vieja donde estaba echado y desnudo en cueros, preguntó a grandes voces quién era el que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondió: —"Yo soy, hermano, el que me voy; que ya no tengo necesidad de estar más aquí, por lo que doy infinitas gracias a los cielos, que tan grande merced me han hecho." —"Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe el diablo", replicó el loco; "sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa y ahorraréis la vuelta".—"Yo sé que estoy bueno", replicó el licenciado, "y no habrá para qué tornar a andar estaciones" —"Vos bueno", dijo el loco.—"Agora bien, ello dirá; andad con Dios; pero yo os voto a Júpiter, cuya majestad yo represento en la tierra, que por solo este pecado que hoy comete Sevilla en sacaros desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un tal castigo en ella, que quede memoria dél por todos los siglos de los siglos, amén. ¿No sabes tú, licenciadillo menguado, que lo podré hacer, pues, como digo, soy Júpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo y suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero castigar a este ignorante pueblo; y es con no llover en él ni en todo su distrito y contorno por tres enteros años, que se han de contar desde el día y punto en que ha sido hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú sano, tú cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado...? Así pienso llover como pensar ahorcarme." A las voces y a las razones del loco estuvieron los circunstantes atentos; pero nuestro licenciado, volviéndose a nuestro capellán y asiéndole de las manos, le dijo:—"No tenga vuestra merced pena, señor mío, ni haga caso de lo que este loco ha dicho; que si él es Júpiter y no quisiere llover, yo, que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las veces que se me antojare y fuere menester." A lo que respondió el capellán:—"Con todo eso, señor Neptuno, no será bien enojar al señor Júpiter: vuestra merced se quede en su casa; que otro día, cuando haya más comodidad y más espacio, volveremos por vuestra merced." Rióse el retor y los presentes, por cuya risa se medio corrió el capellán; desnudaron al licenciado, quedóse en casa, y acabóse el cuento.
26. —Pues ¿éste es el cuento, señor barbero—dijo don Quijote—, que por venir aquí como de molde, no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor rapista, señor rapista, y cuán ciego es aquel que no vee por tela de cedazo! Y ¿es posible que vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje son siempre odiosas y mal recebidas? Yo, señor barbero, no soy Neptuno, el dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo; sólo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que está en no renovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la orden de la andante caballería. Pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tanto bien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros tomaron a su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de los soberbios y el premio de los humildes. Los más de los caballeros que agora se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas de que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero que duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los estribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, el sueño, como lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que saliendo deste bosque entre en aquella montaña, y de allí pise una estéril y desierta playa del mar, las más veces proceloso y alterado, y hallando en ella y en su orilla un pequeño batel sin remos, vela, mástil ni jarcia alguna, con intrépido corazón se arroje en él, entregándose a las implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le bajan al abismo; y él, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos se cata, se halla tras mil y más leguas distante del lugar donde se embarcó, y saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosas dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces. Mas agora ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía, y la teórica de la práctica de las armas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los andantes caballeros. Si no, díganme: ¿Quién más honesto y más valiente que el famoso Amadís de Gaula? ¿Quién más discreto que Palmerín de Inglaterra? ¿Quién más acomodado y manual que Tirante el Blanco? ¿Quién más galán que Lisuarte de Grecia? ¿Quién más acuchillado ni acuchillador que don Belianís? ¿Quién más intrépido que Perión de Gaula, o quién más acometedor de peligros que Felixmarte de Hircania, o quién más sincero que Esplandián? ¿Quién más arrojado que don Cirongilio de Tracia? ¿Quién más bravo que Rodamonte? ¿Quién más prudente que el rey Sobrino? ¿Quién más atrevido que Reinaldos? ¿Quién más invencible que Roldán? Y ¿quién más gallardo y más cortés que Rugero, de quien decienden hoy los duques de Ferrara, según Turpín en su Cosmografía? Todos estos caballeros, y otros muchos que pudiera decir, señor cura, fueron caballeros andantes, luz y gloria de la caballería. Déstos o tales como éstos, quisiera yo que fueran los de mi arbitrio; que a serlo, su Majestad se hallara bien servido y ahorrara de mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas, y, con esto, no quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capellán della; y si Júpiter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aquí estoy yo, que lloveré cuando se me antojare. Digo esto porque sepa el señor Bacía que le entiendo.
27. —En verdad, señor don Quijote—dijo el barbero—, que no lo dije por tanto, y así me ayude Dios como fue buena mi intención, y que no debe vuestra merced sentirse.
 
4. El Q.II.02.14-39
 
 CAPÍTULO II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos
 
14. En tanto, don Quijote se encerró con Sancho en su aposento, y estando solos, le dijo:
15. —Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué de tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis casas; juntos salimos, juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una vez, a mi me han molido ciento, y esto es lo que te llevo de ventaja.
16. —Eso estaba puesto en razón—respondió Sancho—, porque, según vuestra merced dice, más anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a sus escuderos.
17. —Engáñaste, Sancho—dijo don Quijote—; según aquello, quando caput dolet..., etcétera.
18. —No entiendo otra lengua que la mía —respondió Sancho.
19. —Quiero decir —dijo don Quijote— que cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen; y así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tú mi parte, pues eres mi criado; y por esta razón el mal que a mí me toca, o tocare, a ti te ha de doler, y a mí el tuyo.
20. —Así había de ser—dijo Sancho—; pero cuando a mí me manteaban como a miembro, se estaba mi cabeza detrás de las bardas, mirándome volar por los aires, sin sentir dolor alguno, y pues los miembros están obligados a dolerse del mal de la cabeza, había de estar obligada ella a dolerse dellos.
21. —¿Querrás decir tú agora, Sancho —respondió don Quijote—, que no me dolía yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses; pues más dolor sentía yo entonces en mi espíritu que tú en tu cuerpo. Pero dejemos esto aparte por agora, que tiempo habrá donde lo ponderemos y pongamos en su punto, y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía, qué de mis hazañas y qué de mi cortesía? ¿Qué se platica del asumpto que he tomado de resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca? Finalmente, quiero, Sancho, me digas lo que acerca desto ha llegado a tus oídos: y esto me has de decir sin añadir al bien ni quitar al mal cosa alguna; que de los vasallos leales es decir la verdad a sus señores en su ser y figura propia, sin que la adulación la acreciente o otro vano respeto la disminuya; y quiero que sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras edades serían tenidas por más de hierro que la nuestra, que entiendo que de las que ahora se usan es la dorada. Sírvate este advertimiento, Sancho, para que discreta y bienintencionadamente pongas en mis oídos la verdad de las cosas que supieres de lo que te he preguntado.
22. —Eso haré yo de muy buena gana, señor mío—respondió Sancho—, con condición que vuestra merced no se ha de enojar de lo que dijere, pues quiere que lo diga en cueros, sin vestirlo de otras ropas de aquellas con que llegaron a mi noticia.
23. —En ninguna manera me enojaré—respondió don Quijote—. Bien puedes, Sancho, hablar libremente y sin rodeo alguno.
24. —Pues lo primero que digo—dijo—, es que el vulgo tiene a vuestra merced por grandísimo loco, y a mí por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que no conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía, se ha puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con seda verde.
25. —Eso—dijo don Quijote—no tiene que ver conmigo pues ando siempre bien vestido, y jamás remendado; roto, bien podría ser; y el roto, más de las armas que del tiempo.
26. —En lo que toca—prosiguió Sancho—a la valentía, cortesía, hazañas y asumpto de vuestra merced, hay diferentes opiniones : unos dicen : «Loco, pero gracioso», otros «Valiente, pero desgraciado»; otros, «Cortés, pero impertinente»; y por aquí van discurriendo en tantas cosas, que ni a vuestra merced ni a mí nos dejan hueso sano.
27. —Mira, Sancho —dijo don Quijote—: donde quiera que está la virtud en eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que pasaron dejó de ser calumniado de la malicia. Julio César, animosísimo, prudentísimo y valentísimo capitán, fue notado de ambicioso, algún tanto no limpio, ni en sus vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus hazañas le alcanzaron el renombre de Magno, dicen dél que tuvo ciertos puntos de borracho. De Hércules, el de los muchos trabajos, se cuenta que fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, se murmura que fue más que demasiadamente rijoso; y de su hermano, que fue llorón. Así que, ¡oh Sancho!, entre las tantas calumnias de buenos bien pueden pasar las mías, como no sean más de las que has dicho.
28. —¡Ahí está el toque, cuerpo de mi padre! —replicó Sancho.
29. —Pues ¿hay más?—pregunto don Quijote.
30. —Aún la cola falta por desollar—dijo Sancho—. Lo de hasta aquí son tortas y pan pintado, mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de las caloñas que le ponen, yo le traeré aquí luego al momento quien se las diga todas, sin que les falte una meaja; que anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió.
31. —Yo te aseguro, Sancho—dijo don Quijote—, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.
32. —Y ¡cómo—dijo Sancho—si era sabio y encantador, pues (según dice el bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!
33. —Ese nombre es de moro—respondió don Quijote.
34. —Así será—respondió Sancho—; porque por la mayor parte he oído decir que los moros son amigos de berenjenas
35. —Tú debes, Sancho —dijo don Quijote—, errarte en el sobrenombre de ese Cide, que en arábigo quiere decir señor.
36. —Bien podría ser—replicó Sancho—; mas si vuestra merced gusta que yo le haga venir aquí, iré por él en volandas.
37. —Harásme mucho placer, amigo—dijo don Quijote— que me tiene suspenso lo que me has dicho, y no comeré bocado que bien me sepa hasta ser informado de todo.
38. —Pues yo voy por él—respondió Sancho.
39. Y dejando a su señor, se fue a buscar al bachiller, con el cual volvió de allí a poco espacio, y entre los tres pasaron un graciosísimo coloquio.
  
5. El Q.II. 07.01-11.
 
CAPÍTULO VII. De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros sucesos famosísimos.
 
1. Apenas vio el ama que Sancho Panza se encerraba con su señor, cuando dio en la cuenta de sus tratos, y, imaginando que de aquella consulta había de salir la resolución de su tercera salida, y tomando su manto, toda llena de congoja y pesadumbre se fue a buscar al bachiller Sansón Carrasco, pareciéndole que por ser bien hablado y amigo fresco de su señor, le podría persuadir a que dejase tan desvariado propósito.
2. Hallóle paseándose por el patio de su casa, y viéndole, se dejó caer ante sus pies, trasudando y congojosa. Cuando la vio Carrasco con muestras tan doloridas y sobresaltadas, le dijo:
3. —¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha acontecido, que parece que se le quiere arrancar el alma?
4. —No es nada, señor Sansón mío, sino que mi amo se sale; ¡sálese, sin duda!
5. —Y ¿por dónde se sale, señora?—preguntó Sansón—. ¿Hásele roto alguna parte de su cuerpo?
6. —No se sale—respondió ella—sino por la puerta de su locura. Quiero decir, señor bachiller de mi ánima, que quiere salir otra vez, que con ésta será la tercera, a buscar por ese mundo lo que él llama venturas, que yo no puedo entender cómo les da este nombre. La vez primera nos le volvieron atravesado sobre un jumento, molido a palos. La segunda vino en un carro de bueyes, metido y encerrado en una jaula, adonde él se daba a entender que estaba encantado; y venía tal el triste, que no le conociera la madre que le parió: flaco, amarillo, los ojos hundidos en los últimos camaranchones del celebro; que para haberle de volver algún tanto en sí, gasté más de seiscientos huevos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y mis gallinas, que no me dejarán mentir.
7. —Eso creo yo muy bien —respondió el bachiller—, que ellas son tan buenas, tan gordas y tan bien criadas, que no dirán una cosa por otra, si reventasen. En efecto, señora ama: ¿no hay otra cosa, ni ha sucedido otro desmán alguno sino el que se teme que quiere hacer el señor don Quijote?
8. —No, señor—respondió ella.
9. —Pues no tenga pena—respondió el bachiller—, sino váyase en hora buena a su casa, y téngame aderezado de almorzar alguna cosa caliente, y, de camino, vaya rezando la oración de Santa Apolonia, si es que la sabe, que yo iré luego allá, y verá maravillas.
10. —¡Cuitada de mi! —replicó el ama—. ¿La oración de Santa Apolonia dice vuestra merced que rece? Eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas, pero no lo ha sino de los cascos.
11. —Yo sé lo que digo, señora ama; váyase, y no se ponga a disputar conmigo, pues sabe que soy bachiller por Salamanca, que no hay más que bachillear—respondió Carrasco.
12. Y con esto, se fue el ama, y el bachiller fue luego a buscar al cura, a comunicar con él lo que se dirá a su tiempo.
 
6. El Q.II.10.05-11. 
 
CAPÍTULO X. Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos.
 
5. —Por cierto, Sancho—dijo don Quijote—, que siempre traes tus refranes tan a pelo de lo que tratamos cuanto me dé Dios mejor ventura en lo que deseo.
6. Esto dicho, volvió Sancho las espaldas y vareó su rucio, y don Quijote se quedó a caballo, descansando sobre los estribos y sobre el arrimo de su lanza, lleno de tristes y confusas imaginaciones, donde le dejaremos, yéndonos con Sancho Panza que no menos confuso y pensativo se apartó de su señor que él quedaba; y tanto, que apenas hubo salido del bosque, cuando, volviendo la cabeza y viendo que don Quijote no parecía, se apeó del jumento, y sentándose al pie de un árbol comenzó a hablar consigo mesmo y a decirse:
7. —Sepamos agora, Sancho hermano, adónde va vuesa merced. ¿Va a buscar algún jumento que se le haya perdido? —No, por cierto.—Pues, ¿qué va a buscar?—Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la hermosura y a todo el cielo junto.—Y ¿adónde pensáis hallar eso que decís, Sancho? —¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso.—Y bien; ¿y de parte de quién la vais a buscar?—De parte del famoso caballero don Quijote de la Mancha, que desface los tuertos, y da de comer al que ha sed, y de beber al que ha hambre.—Todo eso está muy bien. Y ¿sabéis su casa, Sancho?—Mi amo dice que han de ser unos reales palacios o unos soberbios alcázares. —Y ¿habéisla visto algún día por ventura?—Ni yo ni mi amo la habemos visto jamás.—Y ¿paréceos que fuera acertado y bien hecho que si los del Toboso supiesen que estáis vos aquí con intención de ir a sonsacarles sus princesas y a desasosegarles sus damas, viniesen y os moliesen las costillas a puros palos, y no os dejasen hueso sano?—En verdad que tendrían mucha razón, cuando no considerasen que soy mandado, y que
8. Mensajero sois, amigo | no merecéis culpa, non.
9. —No os fiéis en eso, Sancho, porque la gente manchega es tan colérica como honrada y no consiente cosquillas de nadie. Vive Dios que si os huele, que os mando mala ventura.—¡Oxte, puto! ¡Allá darás, rayo! ¡No, sino ándeme yo buscando tres pies al gato por el gusto ajeno! Y más, que así será buscar a Dulcinea por el Toboso como a Marica por Ravena, o al bachiller en Salamanca. ¡El diablo, el diablo me ha metido a mi en esto; que otro no!
10. Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo que sacó dél fue que volvió a decirse:
11. —Ahora bien: todas las cosas tienen remedio, si no es la muerte, debajo de cuyo yugo hemos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de la vida. Este mi amo, por mil señales, he visto que es un loco de atar, y aun también yo no le quedo en zaga, pues soy más mentecato que él, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero el refrán que dice: «Dime con quién andas, decirte he quién eres», y el otro de «No con quien naces, sino con quien paces.» Siendo, pues, loco, como lo es, y de locura que las más veces toma unas cosas por otras, y juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco, como se pareció cuando dijo que los molinos de viento eran gigantes, y las mulas de los religiosos dromedarios, y las manadas de carneros ejércitos de enemigos, y otras muchas cosas a este tono, no será muy difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aquí, es la señora Dulcinea; y cuando él no lo crea juraré yo; y si él jurare, tornaré yo a jurar; y si porfiare, porfiaré yo más, y de manera que tengo de tener la mía siempre sobre el hito, venga lo que viniere. Quizá con esta porfía acabaré con él que no me envíe otra vez a semejantes mensajerías, viendo cuán mal recado le traigo dellas, o quizá pensará, como yo imagino, que algún mal encantador de estos que él dice que le quieren mal la habrá mudado la figura por hacerle mal y daño.
 
7. El Q.II.16.26-35.
 
 CAPÍTULO XVI. De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de la Mancha.
 
26. Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos del hidalgo; y pareciéndole buena y santa y que quien la hacía debía de hacer milagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fue a asir del estribo derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchas veces.
27. Visto lo cual por el hidalgo le preguntó:
28. —¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son éstos?
29. —Déjenme besar —respondió Sancho—; porque me parece vuesa merced el primer santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.
30. —No soy santo—respondió el hidalgo—, sino gran pecador; vos, sí, hermano, que debéis de ser bueno como vuestra simplicidad lo muestra.
31. Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la profunda melancolía de su amo y causado nueva admiración a don Diego. Preguntóle don Quijote que cuántos hijos tenía, y díjole que una de las cosas en que ponían el sumo bien los antiguos filósofos, que carecieron del verdadero conocimiento de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los de la fortuna, en tener muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos.
32. —Yo, señor don Quijote —respondió el hidalgo—, tengo un hijo, que, a no tenerle, quizá me juzgara por más dichoso de lo que soy; y no porque él sea malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera. Será de edad de diez y ocho años: los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina y griega; y cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tan embebido en la de la poesía, si es que se puede llamar ciencia, que no es posible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que estudiara, ni de la reina de todas, la teología. Quisiera yo que fuera corona de su linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes premian altamente las virtuosas y buenas letras; porque letras sin virtud son perlas en el muladar. Todo el día se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero en tal verso de la Ilíada; si Marcial anduvo deshonesto, o no, en tal epigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versos de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones son con los libros de los referidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo; que de los modernos romancistas no hace mucha cuenta; y con todo el mal cariño que muestra tener a la poesía de romance, le tiene agora desvanecidos los pensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de Salamanca, y pienso que son de justa literaria.
33. A todo lo cual respondió don Quijote:
34. —Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso; y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante, que le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado; y aunque la de la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio; hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo. Y así, el que con los requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo. Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doyme a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y siendo esto así, razón sería se estendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno, que escribe en la suya. Pero vuestro hijo, a lo que yo, señor, imagino, no debe de estar mal con la poesía de romance, sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni otras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso, y aun en esto puede haber yerro; porque, según es opinión verdadera, el poeta nace; quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta; y con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más estudio ni artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: est deus in nobis..., etcétera. También digo que el natural poeta que se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el arte quisiere serlo; la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perficiónala; así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la naturaleza, sacarán un perfectísimo poeta. Sea, pues, la conclusión de mi plática, señor hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama; que, siendo él tan buen estudiante como debe de ser, y habiendo ya subido felicemente el primer escalón de las esencias, que es el de las lenguas, con ellas por sí mesmo subirá a la cumbre de las letras humanas, las cuales tan bien parecen en un caballero de capa y espada, y así le adornan, honran y engrandecen como las mitras a los obispos, o como las garnachas a los peritos jurisconsultos. Riña vuesa merced a su hijo si hiciere sátiras que perjudiquen las honras ajenas, y castíguele, y rómpaselas; pero si hiciere sermones al modo de Horacio, donde reprehenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo hizo, alábele; porque lícito es al poeta escribir contra la invidia, y decir en sus versos mal de los invidiosos, y así de los otros vicios, con que no señale persona alguna; pero hay poetas que a trueco de decir una malicia, se pondrán a peligro que los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos; y cuando los reyes y príncipes veen la milagrosa ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran, los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del árbol a quien no ofende el rayo como en señal que no han de ser ofendidos de nadie los que con tales coronas [se] veen honrados y adornadas sus sienes.
35. Admirado quedó el del verde gabán del razonamiento de don Quijote, y tanto, que fue perdiendo de la opinión que con él tenía, de ser mentecato. 
 
8. El Q.II.18.47-48.
 
 CAPÍTULO XVIII. De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes
 
47. En acabando de decir su glosa don Lorenzo, se levantó en pie don Quijote, y en voz levantada, que parecía grito, asiendo con su mano la derecha de don Lorenzo, dijo:
48. —¡Viven los cielos donde más altos están, mancebo generoso, que sois el mejor poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre ni por Gaeta, como dijo un poeta, que Dios perdone, sino por las academias de Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven de París, Bolonia y Salamanca! Plega al cielo que los jueces que os quitaren el premio primero, Febo los asaetee y las Musas jamás atraviesen los umbrales de sus casas.
 
9. El Q.II. 19.14-17.
 
CAPÍTULO XIX. Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros en verdad graciosos sucesos
 
14. —Fiscal has de decir —dijo don Quijote—; que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, que Dios te confunda.
15. —No se apunte vuestra merced conmigo—respondió Sancho—, pues sabe que no me he criado en la corte, ni he estudiado en Salamanca, para saber si añado o quito alguna letra a mis vocablos. Sí, que ¡válgame Dios! no hay para qué obligar al sayagués a que hable como el toledano, y toledanos puede haber que no las corten en el aire en esto del hablar polido.
16. —Así es—dijo el licenciado—; porque no pueden hablar tan bien los que se crían en las Tenerías y en Zocodover como los que se pasean casi todo el día por el claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos. El lenguaje puro, el propio, el elegante y claro, está en los discretos cortesanos, aunque hayan nacido en Majalahonda: dije discretos porque hay muchos que no lo son, y la discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña con el uso. Yo, señores, por mis pecados, he estudiado Cánones en Salamanca, y pícome algún tanto de decir mi razón con palabras claras, llanas y significantes.
17. —Si no os picáredes más de saber más menear las negras que lleváis que la lengua—dijo el otro estudiante—, vos llevárades el primero en licencias, como llevastes cola
 
 
10. El Q.II.33.19.
 
 CAPÍTULO XXXIII. De la sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note
 
19. —Eso digo yo—dijo Sancho Panza—; que si mi señora Dulcinea del Toboso está encantada, su daño; que yo no me tengo de tomar, yo, con los enemigos de mi amo, que deben de ser muchos y malos. Verdad sea que la que yo vi fue una labradora, y por labradora la tuve, y por tal labradora la juzgué; y si aquélla era Dulcinea, no ha de estar a mi cuenta, ni ha de correr por mí, o sobre ello, morena. No, sino ándense a cada triquete conmigo a dime y diréte, «Sancho lo dijo, Sancho lo hizo, Sancho tornó ySancho volvió», como si Sancho fuese algún quienquiera, y no fuese el mismo Sancho Panza, el que anda ya en libros por ese mundo adelante, según me dijo Sansón Carrasco, que, por lo menos, es persona bachillerada por Salamanca, y los tales no pueden mentir si no es cuando se les antoja o les viene muy a cuento; así, que no hay para qué nadie se tome conmigo, y pues que tengo buena fama, y, según oí decir a mi señor, que más vale el buen nombre que las muchas riquezas, encájenme ese gobierno, y verán maravillas; que quien ha sido buen escudero será buen gobernador.
 
 
11. El Q.II.66.13-24.
 
CAPÍTULO LXVI. Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá el que lo escuchare leer
 
12. En estas razones y pláticas se les pasó todo aquel día, y aun otros cuatro, sin sucederles cosa que estorbase su camino; y al quinto día, a la entrada de un lugar, hallaron a la puerta de un mesón mucha gente, que, por ser fiesta, se estaba allí solazando. Cuando llegaba a ellos don Quijote, un labrador alzó la voz diciendo:
13. —Alguno destos señores que aquí vienen, que no conocen las partes, dirá lo que se ha de hacer en nuestra apuesta.
14. —Sí, diré, por cierto—respondió don Quijote—, con toda rectitud, si es que alcanzo a entenderla.
15. —Es, pues, el caso—dijo el labrador—, señor bueno, que un vecino deste lugar, tan gordo, que pesa once arrobas, desafió a correr a otro su vecino, que no pesa más que cinco. Fue la condición que habían de correr una carrera de cien pasos con pesos iguales; y habiéndole preguntado al desafiador cómo se había de igualar el peso dijo que el desafiado, que pesa cinco arrobas, se pusiese seis de hierro a cuestas, y así se igualarían las once arrobas del flaco con las once del gordo.
16. —Eso no —dijo a esta sazón Sancho, antes que don Quijote respondiese—. Y a mí, que ha pocos días que salí de ser gobernador, y juez, como todo el mundo sabe, toca averiguar estas dudas y dar parecer en todo pleito.
17. —Responde en buen hora—dijo don Quijote—, Sancho amigo; que yo no estoy para dar migas a un gato, según traigo alborotado y trastornado el juicio.
18. Con esta licencia, dijo Sancho a los labradores, que estaban muchos alrededor dél, la boca abierta, esperando la sentencia de la suya:
19. —Hermanos, lo que el gordo pide no lleva camino, ni tiene sombra de justicia alguna; porque si es verdad lo que se dice, que el desafiado puede escoger las armas, no es bien que éste las escoja tales que le impidan ni estorben el salir vencedor; y así, es mi parecer que el gordo desafiador se escamonde, monde, entresaque, pula y atilde, y saque seis arrobas de sus carnes, de aquí o de allí de su cuerpo, como mejor le pareciere y estuviere, y desta manera, quedando en cinco arrobas de peso, se igualará y ajustará con las cinco de su contrario, y así podrán correr igualmente.
20. —¡Voto a tal—dijo un labrador que escuchó la sentencia de Sancho—que este señor ha hablado como un bendito y sentenciado como un canónigo! Pero a buen seguro que no ha de querer quitarse el gordo una onza de sus carnes, cuanto más seis arrobas.
21. —Lo mejor es que no corran—respondió otro—, porque el flaco no se muela con el peso, ni el gordo se descarne; y échese la mitad de la apuesta en vino, y llevemos estos señores a la taberna de lo caro, y sobre mí..., la capa cuando llueva
22. —Yo, señores—respondió don Quijote—, os lo agradezco; pero no puedo detenerme un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me hacen parecer descortés y caminar más que de paso.
23. Y así, dando de las espuelas a Rocinante, pasó adelante, dejándolos admirados de haber visto y notado así su estraña figura como la discreción de su criado, que por tal juzgaron a Sancho. Y otro de los labradores dijo:
 
24. —Si el criado es tan discreto, ¡cuál debe de ser el amo! Yo apostaré que si van a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser alcaldes de corte; que todo es burla, sino estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura, y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza.
25. Aquella noche la pasaron amo y mozo en mitad del campo, al cielo raso y descubierto...
 
Fuente: Salvador García Bardón, Taller cervantino de“El Quijote”, Textos originales de 1605 y 1615 con Diccionario enciclopédico, Academia de lexicología española, Trabajos de ingeniería lingüística, Bruselas, Lovaina la Nueva y Madrid, 2005.
 
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17:34 Écrit par SaGa Bardon dans El Quijote | Lien permanent | Commentaires (0) |  Facebook |

23/01/2018

Burla, burlado, burlador, burlar, burlas, burlería, burlón en el DE de El Quijote

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burl-: burla: 51: [burla dél: 2; hacer burla: 4]; burlaban: 1; burlada: 2; burladas: 1; burlado: 5; burlador: 2; burladora: 1; burladores: 4; burlados: 4; burláis: 1; burlando: 1; burlar: 3; burlaron: 1; burlarse: 2; burlas: 32; burle: 1; burlé: 2; burléis: 1; burlería: 1; burlesco: 2; burló: 2; burlo: 3; burlón: 2; burlonas: 1

burla (doc. 1330, ◊ del lat. vg. *burrula 'borra' µ 'chanza', del lat. burræ 'chanzas') f. 'acción de poner en ridículo a uno'. • Dichos proverbiales: ««A la burla, dexarla kuando más agrada.» Porke no se torne en veras.», Corr. 6.a.  ««La burla, dineros kuesta; o dineros kiere.» Porke muchas vezes sale a veras.», Corr. 191.a. «No ai peor burla ke la verdadera.», 242.b. Refrán: «Ia basta la fiesta un rrato. Ia basta la burla un rrato.», Corr. 159.a. • Covarrubias nos ha dejado un cuadro admirable de la burla ofensiva y humillante o escarnio: «si los señores tuvieran ojos en el cogote [como Jano], pudieran ver la burla y el escarnio que van haciendo dellos esos mismos que delante hincan la rodilla en el suelo, y no osan alzar los ojos a mirarlos. Esto advirtió Persio a aquellos grandes caballeros romanos de sangre patricia y noble, que yendo por la calle, hinchados y pomposos, les iban sus criados detrás haciendo la ciconia (que hoy día en Roma tiene este nombre la irrisión) y sacando un palmo de lengua, como la suele sacar el perro cansado y sediento, poniendo las manos en los oídos las meneaban imitando las orejas del asno», Cov. 711.b.38. || burla dél: La única burla que Sancho Panza hace de don Quijote tiene lugar en el epílogo de la aventura de los batanes: «Viendo, pues, Don Quijote que Sancho hacía burla dél, se corrió y enojó en tanta manera, que alzó el lanzón y le asestó dos palos tales, que si, como los recibió en la espaldas, los recibiera en la cabeza, quedara libre de pagarle el salario, si no fuera a sus herederos.», I.20.63. • El apaleamiento de Sancho por DQ con su lanza recuerda, incluso en su estructura sintáctica consecutiva, el apaleamiento del primer harriero por el mismo DQ en la venta, durante la vela de armas de Don Quijote: «alzó la lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le derribó en el suelo tan maltrecho, que si segundara con otro, no tuviera necesidad de maestro que le curara.», I.3.13. • Sancho confiesa que se burla (¿bromea?): «Viendo Sancho que sacaba tan malas veras de sus burlas, con temor de que su amo no pasase adelante en ellas, con mucha humildad le dijo: —Sosiéguese vuestra merced; que por Dios que me burlo.». DQ interpreta que SP se burla de él  como si hubiera sentido miedo, como él, por el ruido de los batanes: —Pues porque os burláis no me burlo yo», I.20 § 61-63. Ante este texto, cabe preguntarse: ¿se burla Sancho Panza del miedo de ambos, al constatar que ha sido producido por una causa desproporcionada, o bien del miedo de Don Quijote, cuyas palabras habituales sobre su destino ha repetido burlonamente en este mismo contexto? • «Dorotea, que era discreta y de gran donaire, como quien ya sabía el menguado humor de don Quijote y que todos hacían burla dél, sino Sancho Panza, no quiso ser para menos», I.30.5. ® burlarse || burla pensada: 'burla deliberada' y, por juego de palabras paronímico: 'burla pesada'  «—Si ya no es que esto sea burla pensada, no me puedo persuadir que hombres de tan buen entendimiento como son, o parecen, todos los que aquí están, se atrevan a decir y afirmar que ésta no es bacía, ni aquélla albarda», I.45.19. || hacelle alguna burla: la hija de la ventera y Maritornes su criada «determinaron las dos de hacelle alguna burla, o, a lo menos, de pasar un poco el tiempo oyéndole sus disparates.», I.43.26. • Es un tópico de los libros de caballerías: «En algunas ocasiones el caballero es engañado por otros personajes (encantadores y doncellas principalmente) con falsas aventuras, urdidas para conseguir su favor, tomarlo prisionero o simplemente burlarlo y pasar un rato de regocijo. Estas aventuras fingidas están diseñadas como pequeños montajes teatrales con una cuidada puesta en escena (vestuario, gestos, diálogos) lo suficientemente verosímil como para confundir al caballero. Confiado cae en la trampa de la aventura, la acomete ignorante del trasfondo que esconde y acaba burlado y casi siempre malparado. De carácter bélico o amoroso, muchos de los engaños y las burlas caballerescas tienen un valor distensivo, provocan la risa y algunas de ellas entroncan con los divertimientos cortesanos. Platir, por ejemplo, sufre las del sabio y risueño Caballero Encubierto, que con su magia burla a los caballeros andantes que transitan sus dominios sin dejarles quebrar la lanza en las justas y engaña a Platir con una fingida aventura de una doncella en apuros, menos compleja en cualquier caso que la ideada por el cura, el barbero y Dorotea (I, 26) para devolver a don Quijote a su casa o que las tramadas después por los Duques.», M.C. Marín Pina, en Rico 1998 b, p. 889. ||  no sabía de burlas, viendo con cuántas veras le maltrataban, I.52.7. El narrador traduce la experiencia del cabrero Eugenio, nada dispuesto a soportar los insultos de don Quijote, mediante la oposición burlas vs veras , que encontramos en el Quijote trece veces.

burlado (doc. s. XIII, de burlar) p.p. y adj. • El canónigo explica al cura sus razones para haber renunciado a continuar la escritura de su libro de caballerías: «puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo, a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros.», I.48.2. • El canónigo dice «burlado de los muchos necios», cuando se espera: «vitoreado de los muchos necios», como corrigen algunos editores, por contraste con «loado de los pocos sabios». No corrijo la ed. pr. porque el contexto inmediato hace comprender que el ser «vitoreado de los muchos necios» equivaldría a ser «burlado», porque sería sujetarse «al confuso juicio del desvanecido vulgo».

burlador (doc. s. XIV, de burlar) adj. y s. «Burlador, el engañador mentiroso, fementido, perjudicial.», Cov. 247.a.35. Refranes: «Kien burla al burlador, zien días gana de perdón.», Corr. 402.b. «Si el burlador fuere burlado, el rrostro ledo, no enoxado.», Corr. 277.a. |•| El burladoracadémico argamasillesco, ofrece un soneto a Sancho Panza, en cuyo primer cuarteto le acusa irónicamente de bobo, cobarde y bajo de estatura: «Sancho Panza es aquéste, en cuerpo chico, | pero grande en valor, ¡milagro estraño!», I.52.70. ® Argamasilla. • Doña Rodríguez se refiere a quien ha burlado a su hija, cuyo padre presta dineros al duque, que por ello no se decide a hacer justicia: «como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por fiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar», II.48.25. || burladores burlados: el Mayordomo del gobernador Sancho Panza confiesa que está admirado de ver que un hombre tan sin letras como él, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias y de avisos; como burlador de SP que es, concluye así su discurso admirativo: «Cada día se ven cosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven veras y los burladores se hallan burlados.», II.49.7. • Dar solución inteligente a los casos que le someten en la Insula «supone en Sancho una sagacidad fuera de lo común o una cultura que excede sus posibilidades (¿será legítimo evocar en esta ocasión el cuerdo loco de la Moria erasmiana?). Se podrá admitir que llegaran a su noticia dichas sentencias a través de un sermón o por algún otro cauce oral. Sorprende, con todo, que no prefiriera C. prestarle a un campesino iletrado una de las sentencias chistosas propias de la tradición oral, sentencias extensamente difundidas en la España de 1600. • Dictaminaban los preceptistas que el escritor debía huir de lo posible inverosímil, y C. no ignoraría esta regla. Pero quiso, prescindiendo de la verosimilitud tal como la entendía el siglo, que su campesino iletrado participara hasta cierto punto de la cultura escrita. «Los burladores se hallan burlados», ha de confesar más adelante el mayordomo (II, 49): el lector se queda, si no burlado, por lo menos mixtificado.» Maxime Chevalier, en Rico 1998 b, p. 188. || como el padre del burlador es tan rico…: Doña Rodríguez denuncia, a través del caso concreto de su hija, la alianza entre los labradores ricos y la nobleza (tema del campesino rico): el duque hace oídos sordos a la demanda de doña Rodríguez, porque el riquísimo padre del burlador de su hija «le presta dineros y le sale por fiador de sus trampas...». La cruel crítica de la dueña contra la duquesa, que aparecerá más adelante, parece obedecer al deseo de venganza de la dueña por esta complicidad: «desta mi muchacha se enamoró un hijo de un labrador riquísimo que está en una aldea del duque mi señor, no muy lejos de aquí. En efecto, no sé cómo ni cómo no, ellos se juntaron, y debajo de la palabra de ser su esposo, burló a mi hija, y no se la quiere cumplir; y aunque el duque mi señor lo sabe, porque yo me he quejado a él, no una, sino muchas veces, y pedídole mande que el tal labrador se case con mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme; y es la causa que como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por fiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar, ni dar pesadumbre en ningún modo.», II.48.26. || tan locos los burladores como los burlados: Esta reflexión de Cide Hamete tras la burla de la resurrección de Altisidora parece un eco de la frase del Mayordomo del gobernador SP: «Y dice más Cide Hamete: que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahinco ponían en burlarse de dos tontos. Los cuales, el uno durmiendo a sueño suelto y el otro velando pensamientos desatados, les tomó el día y la gana de levantarse; que las ociosas plumas, ni vencido ni vencedor, jamás dieron gusto a Don Quijote.», II.70.12. • Nótese en este texto la analogía entre las dos figuras de derivación: burlador : burlado :: vencedor : vencido.

burlar (doc. s. XIII, de burla) v.tr. y prnl. 'bromear': «que me burlo»: 'que bromeo' :: 'que no es de veras'. • Refrán: ««Burlando se dizen las verdades.» Lo del otro rrefrán: «Alguno se burla, ke se konfiesa».», Corr. 366.a. |•| En el epílogo de la aventura de los batanes, Sancho, que al ser escudero sólo goza del poder corrosivo de la ironía, justifica su risa incontenible diciendo que bromea: «—Sosiéguese vuestra merced; que por Dios que me burlo.», I.20.62. Don Quijote, colérico, después de haberle asentado dos palos con el lanzón, replica: «Pues, porque os burláis, no me burlo yo», I.20.63, dejando de emplear el  y tratando de vos  a Sancho, (Rgz Marín). Aunque la intervención de Sancho no constituye una amenaza abierta a la autoridad de don Quijote, éste no puede admitir que su escudero ponga en tela de juicio la jerarquía social que regula sus relaciones. ® burla dél || burlarse con [una mujer]: en germanía: 'tener trato sexual ilícito' • Declaración del galeote que iba en hábito de estudiante: «tanto me burlé con todas, que resultó de la burla crecer la parentela tan intricadamente que no hay diablo que la declare.», I.22.42.

||…burlas…|| déjense burlas aparte: 'dejen de burlarse'. Se decía también fuera de burlas: «Hablar en seso, hablar con cordura y fuera de burlas», Cov. 935.b.48.  El tema de la muerte no admite burlas. Cervantes había escrito en el prólogo de las Novelas ejemplares : «Una cosa me atreveré a decirte: que si por algún modo alcanzara que la lección de estas novelas pudiera inducir a quien las leyera a algún mal deseo o pensamiento, antes me cortara la mano con que las escribí que sacarlas en público: mi edad no está ya para burlarse con la otra vida, que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano.» • Muerte de don Quijote: «Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento; que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma», II.74.12. || en burlas: 'de broma': «le llamarán el de la Triste Figura ; y créame, que le digo verdad; porque le prometo a vuestra merced, señor, y esto sea dicho en burlas, que le hace tan mala cara la hambre y la falta de las muelas, que, como ya tengo dicho, se podrá muy bien escusar la triste pintura. », I.19.42. || ¡Esasburlas, a un cuñado…!: 'esas burlas, a mi suegra': ® cuñado || no saber de burlas :  «No saber de burlas ser hombre severo o poco de palacio, o arriscado», Cov. 247.a.25. |•| «Los mozos, que no sabían de burlas», I.8.36. • Shelton tradujo: «which understood not the jest». Puede suponerse que los mozos entendieron la malicia del engaño o chanza. ||no son burlas las que duelen: refrán: «No son buenas las burlas ke salen a veras.», Corr. 253.b. • Don Antonio Moreno «viendo en su casa a don Quijote, andaba buscando modos cómo, sin su perjuicio, sacase a plaza sus locuras; porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan si son con daño de tercero.», II.62.1. || [Pase] por burlas: «—[Pase] por burlas, pues la venganza no puede pasar en veras», I.21.28. La añadidura [Pase], seguida por la mayoría de los editores, aunque en rigor es superflua, como lo hizo notar Cejador y lo repite Gaos, sobre todo en boca de Sancho, es de la ed. de Bruselas 1. || segundar en sus burlas: 'continuar en sus burlas, en su farsa' • Satisfechos los duques de haber conseguido su intención, «se volvieron a su castillo, con prosupuesto de segundar en sus burlas; que para ellos no había veras que más gusto les diesen.», II.35.29. • Nótese el juego verbal del narrador con dos de los motivos fundamentales de la fábula: «las burlas» y las «veras», y el homenaje que hay en filigrana detrás de las burlas: «Un sector de la crítica ha subrayado con razón que a pesar de la burla, a veces cruel, de DQ y Sancho, los Duques y el resto de personajes están rindiendo un homenaje a los populares personajes, pues todos se confiesan lectores entusiastas de la Primera parte y partícipes vivos de la aún no escrita Segunda parte.», Rico, 929.

burlería (doc. 1439, dburlar) f. «Acción como continuada de burlar, u obrar, o hablar de burlas», Dicc.Aut. «Zahorí. El que dice ver lo que está debajo de la tierra o detrás de una pared o encerrado en un arca, o lo que otro trae en el pecho, como no tenga algún aforro de grana. Ésta es una muy gran burlería y manifiesto error; pues naturalmente no puede ser, bien que el que llamaron Linceo, fue uno de tan larga vista, que de mucha distancia veía las cosas.», Cov. 390.b.15. • Sancho proclama su verdad y la de su amo: «todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño.», II.72.20.

burlón (doc. s. XV, de burla) adj. «Burlón, el que es amigo de burlarse con otros, pero sin perjucio. Burlador, el engañador mentiroso, fementido, perjudicial.», Cov. 247.a.34. |•| Teresa Panza, que necesitaba ayuda para escribir sus cartas a la duquesa y a su marido, «no quiso que el Bachiller [Sansón Carrasco] se metiese en sus cosas, que le tenía por algo burlón», II.50.72.

 

20:08 Écrit par SaGa Bardon dans Cervantes, El Quijote, Novela | Lien permanent | Commentaires (0) |  Facebook |

26/12/2017

La hermosa pastora Marcela en el Quijote

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Marcela: 28: [amantes de Marcela: 2; hermosa Marcela: 2; la pastora Marcela: 5]

Marcela (doc. 1511, de Marcelo < lat. marcellus 'martillito' < marcus 'martillo') f. la hermosa mujer, hija de Guillermo el rico, por quien ha muerto desesperado Grisóstomo (nótese que el eufemismo «desesperado» significa 'suicidado', palabra inexistente entonces), cuya proclamación de inocencia por esta muerte se confunde con un canto apasionado a la libertad personal de la mujer, en general, y a la suya propia de mujer hermosa, en particular, frente al capricho de los deseos masculinos: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos… no me llame cruel ni homicida aquél a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito», I.14.28.

• Llamándola seis veces «pastora Marcela» el narrador pone de relieve que está parodiando el género pastoril al igual que lo hace llamando a Grisósomo pastor estudiante: «—Pues sabed —prosiguió el mozo— que murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquella que se anda en hábito de pastora por esos andurriales.», I.2.3. ® Grisóstomo

• El discurso autodefensivo de Marcela funciona como contestación inmediata a la «Canción de Grisóstomo» y como conclusión sumaria de una serie de hilos temáticos que se han ido dejando sueltos. Marcela denuncia las contradicciones de la literatura pastoril, por vincular el concepto de belleza a la filosofía amorosa que rige sus historias. Esta vinculación conduce al caos. Si en la «teoría» se defiende que «todo lo hermoso es amable»), la vida se encarga de probar que «algunas [hermosuras] alegran la vista y no rinden la voluntad». El discurso de Marcela destruye la ficción bucólica y exalta el nuevo mito de la libertad personal del auténtico amor, cuya garantía será la honestidad. Precisamente, apelando a la «honestidad», Marcela no elige ni el claustro ni el matrimonio, sino que prefiere «vivir en perpetua soledad», I.14.28. 

|| lo que habían oído de Marcela y de Grisóstomo: «Preguntóles don Quijote qué era lo que habían oído de Marcela y de Grisóstomo… Finalmente, él contó todo lo que Pedro a don Quijote había contado.», I.13.5. • El relato de Pedro (I.12.3-23) «gravita en torno a la descripción de las dramatis personae del episodio. Pedro confunde los vocablos, pero es absolutamente ortodoxo con las leyes de la retórica respecto a los argumenta a persona que pautan una descripción (genusnatiopatriaaetaseducatiohabitus corporisfortunaacta et dicta, etc.). De Grisóstomo subraya sus estudios en Salamanca, sus conocimientos de astrología, su habilidad con los villancicos y con los autos sacramentales, la importancia de su hacienda, su generosidad y liberalidad; de Marcela, su hermosura, su honestidad, su virtud y la alteración que su condición ha venido a ejercer sobre los «ricos mancebos, hidalgos y labradores» de su tierra, enamorándolos y, a la vez, desengañándolos y desesperándolos. Afirmando de Marcela que «hace más daño en esta tierra que si por ella entrara la pestilencia», Pedro la hace responsable de la mudanza de hábitos y de costumbres que conducirá a Grisóstomo a la muerte.», Javier Blasco, en Rico 1998 b, p. 44.

◊ El entierro del pastor estudiante Grisóstomo ◊

Articulación diegética del texto ilustrado: El cuento del pastor estudiante Grisóstomo, muerto de amores por la pastora Marcela.

Texto ilustrado por Gustave Doré (dibujo) y por Salvador Tusell (pintura):

" murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquella que se anda en hábito de pastora por esos andurriales."

El Q.I.12.3.

Légende de l'édition française :

[Tome I. Première partie. Fig. en bandeau du chap. XII : Le récit de l'amour de l'étudiant Chrysostome pour la bergère Marcelle.]

Contexto del texto ilustrado:

Capítulo duodécimo.—De lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote.

1. Estando en esto, llegó otro mozo de los que les traían del aldea el bastimento, y dijo:

2. —¿Sabéis lo que pasa en el lugar, compañeros? —¿Cómo lo podemos saber? —respondió uno dellos.

3. —Pues sabed —prosiguió el mozo— que murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquella que se anda en hábito de pastora por esos andurriales.

4. —¿Por Marcela dirás?—dijo uno.

5. —Por ésa digo—respondió el cabrero—. Y es lo bueno que mandó en su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea al pie de la peña donde está la fuente del alcornoque, porque, según es fama, y él dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde él la vio la vez primera. Y también mandó otras cosas, tales, que los abades del pueblo dicen que no se han de cumplir ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. A todo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante, que también se vistió de pastor con él, que se ha de cumplir todo, sin faltar nada, como lo dejó mandado Grisóstomo, y sobre esto anda el pueblo alborotado; mas, a lo que se dice, en fin se hará lo que Ambrosio y todos los pastores sus amigos quieren; y mañana le vienen a enterrar con gran pompa adonde tengo dicho. Y tengo para mí que ha de ser cosa muy de ver; a lo menos, yo no dejaré de ir a verla, si supiese no volver mañana al lugar.

6. —Todos haremos lo mesmo —respondieron los cabreros—; y echaremos suertes a quién ha de quedar a guardar las cabras de todos.

El Q.I.12.1 -6.

Fuente: Salvador García Bardón: "El Quijote ilustrado por G. Doré (dibujo) y por S. Tusell (pintura): Los textos ilustrados y su contexto textual":

G. Doré (dibujo): <a href="https://www.flickr.com/photos/sagabardon/2434358238/in/album-72157604812708319/">www.flickr.com/photos/sagabardon/2434358238/in/album-7215...</a>

S. Tusell (pintura): <a href="https://www.flickr.com/photos/sagabardon/32321695523/in/album-72157604812708319/">www.flickr.com/photos/sagabardon/32321695523/in/album-721...</a>

Album:
<a href="https://www.flickr.com/photos/sagabardon/albums/72157604812708319">www.flickr.com/photos/sagabardon/albums/72157604812708319</a>

 

23:54 Écrit par SaGa Bardon dans Cervantes, El Quijote | Lien permanent | Commentaires (0) |  Facebook |